DÍA 3 – TRUENOS

El pasado no tiene poder sobre el momento presente.

(Eckhart Tolle)

Julio, cansado,  suspiró de alivio. Por fin llegaba el tren. Apenas había gente en la estación de San Luís con las últimas luces del atardecer, empañadas por unos espesos nubarrones grises. Tras una dura jornada de clases y biblioteca, el joven estudiante de ingeniería se disponía a dar por concluido el día académico. En poco menos de una hora, llegaría a casa, donde su madre tendría una deliciosa cena a punto para su ávido estómago. 

Subió al convoy y se acomodó en un vagón solitario. No le gustaba quedarse en la facultad hasta última hora, pero ya estaba en cuarto curso, y lo vencían las ansias por terminar los estudios, encontrar un trabajo y buscar un pequeño hogar para compartir con Carolina. A sus veintitrés años, era normal desear un espacio propio de intimidad con su pareja, a la que adoraba como no había adorado jamás a nadie. Cuántas tardes, y aquella no fue una excepción, había agotado la batería del teléfono móvil hablando con ella durante cada descanso entre clases o a la mínima oportunidad que se le presentaba. Lo cierto era que formaban una pareja cuando menos curiosa, él tan alto y escuálido, con el pelo largo y barba de cuatro días, y ella chiquita, algo entrada en carnes, con un llamativo cabello rubio muy rizado… y tan coqueta… Era preciosa. Tanto o más que cuando se conocieron, dos años atrás. Y seguían tan enamorados como el primer día.

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Julio estaba cansado. Mal asunto era estar cansado a mediados de septiembre, cuando el curso apenas había dado sus primeros pasos. Pero él estaba cansado de estudiar, de los viajes en tren, de convivir con su familia… Todo aquello estaba muy bien, y había supuesto una etapa feliz, pero sentía que se aproximaba el momento de dar un giro a su vida. Y cuanto más cerca lo veía, más lo colmaba la impaciencia.

El calor del verano ya era historia en los septiembres de San Luís, y a aquellas horas empezaba a refrescar con vehemencia. 

El tren, al fin, inició la marcha. A Julio le gustaban más los modelos de trenes más antiguos, que uno podía recorrer de pies a cabeza y donde podía pasear por todos los vagones, sin dejarse uno solo por visitar. En estos nuevos diseños, presuntamente por seguridad, no era posible siquiera cambiar de vagón.

El cielo cumplió su promesa y empezó a llover. Otra insignia del otoño. Julio miraba distraídamente por la ventanilla los mismos árboles, las mismas colinas, los mismos pueblos y las mismas estaciones de siempre. Aquella línea ferroviaria tenía el inconveniente de tener una única vía para ambos sentidos, lo que significaba que el tren debía esperar en cada estación, único tramo en que las vías se desdoblaban, a cruzarse con el tren que circulaba en sentido contrario, lo cual generaba retrasos con una facilidad tan esperada como habitual.

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La lluvia se envalentonó en tormenta. Julio miró el reloj, deseoso de llegar a casa. No se había abrigado lo suficiente y tenía frío. El traqueteo del tren no lo distrajo del dantesco paisaje que veía a través de la ventanilla. El temporal arreciaba por momentos y un viento terrible fustigaba las copas de los árboles. Las luces fluorescentes del vagón titilaban de vez en cuando. Generalmente, Julio prefería la soledad a según qué clase de compañía durante los trayectos —siempre se cruzaba con alguien que había olvidado la buena educación en alguna otra estación—, pero aquel día no le habría importado que hubiera alguna persona más con él. Ya había anochecido.

El tren se detuvo en la estación de Alameda, una pequeña localidad de unos dos mil habitantes, la última parada antes de la suya. En unos veinte minutos ya estaría en casa, empapado, pues debía caminar hasta allí y, como era costumbre, no llevaba paraguas. Julio rezó en silencio por que el tren que debía cruzarse con el suyo no llevase retraso ni hubiese sufrido ningún incidente. Y sus plegarias fueron atendidas al instante, pues el convoy que viajaba en dirección San Luís no se hizo esperar más de dos minutos. Bien. 

La estación de Alameda estaba bañada en la más absoluta de las penumbras. Ni siquiera la farola de neón que solía iluminar el andén estaba encendida. En realidad, apenas se veía luz en los alrededores, tal vez la tormenta había provocado un apagón. Ningún pasajero se apeó del tren, ninguno subió a él. Solo se veía la temblorosa luz del vagón y se oía el traqueteo del convoy, acallado de vez en cuando por algún trueno. La escena era tan tétrica que a Julio se le ralentizó el tiempo. Sentía que llevaban detenidos más rato de lo normal. El viento y la lluvia eran tan enérgicos  que apenas dejaban escuchar el sonido de la locomotora. De pronto, la trémula luz del tren se rindió y se apagó. 

Julio estaba solo en un vagón de tren, sumido en la más negra de las oscuridades, con la única compañía del sonido del viento y la lluvia. Con el ruido de la creciente tormenta, ni siquiera podía estar seguro de que la locomotora siguiera en marcha. De pronto, la luz de un rayo iluminó durante un segundo la cerrazón del exterior y Julio creyó estar delirando: al otro lado de la ventanilla no había rastro de la estación de Alameda. Aunque el relámpago apenas duró un instante, Julio llevaba más de tres años recorriendo el mismo trayecto y conocía cada detalle de cada estación al milímetro, y estaba seguro de no haber visto el viejo edificio de ladrillos donde había estado siempre, con su farola de neón, su letrero, las puertas metálicas y la verja oxidada. No sabía qué había allí fuera, pero sí sabía que sus ojos no lo habían engañado: la estación se había esfumado. 

Ahora que se había incorporado, a Julio le parecía más evidente que el tren ni siquiera estaba en marcha. A tientas, llegó hasta las puertas del vagón e intentó, aunque con la certeza de hacerlo en vano, pulsar el botón de apertura. Tenía la remota esperanza de subir a otro vagón con más pasajeros, o quizá de encontrar a alguien en su misma situación. Pero por más que Julio conociese aquellos trenes al detalle, la desorientación y la tensión debieron de aliarse contra él y ni siquiera encontró el maldito botón, por más que palpó y palpó, hasta que desistió. Decidió entonces buscar un extintor para reventar la ventanilla y huir a través de ella, pero sus intenciones se vieron truncadas por otro relámpago, acompañado del mayor estruendo que Julio hubiese oído jamás. El padre de todos los truenos. Tal fue su magnitud que el joven, del sobresalto, cayó al suelo de espaldas, con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con el filo de un asiento. Tumbado en el suelo, a Julio se le fue callando el ruido de la tormenta y se le cerraron los ojos. 


—¡Muchacho! ¡Joven! ¡Despierte! —Un hombre de mediana edad, de canosa barba, ataviado con un traje de chaqueta, capa y chaleco de lana de merino, zarandeaba a Julio, sujetándolo por los brazos.

—….. ¿Eh? ¿Cómo….? ¿Qué ha pasado? —murmuró Julio, que a duras penas conseguía volver en sí.

—Muchacho…. ¿Qué está haciendo ahí tirado? El tren está a punto de partir. 

El silbato de la locomotora inundó el silencioso ambiente de la mañana y una nube de vapor gris se mezcló con el soleado amanecer. 

—Había tormenta, el tren se paró… todo estaba oscuro…. ¿Cuánto tiempo llevo…?

A pocos metros del andén, una mujer de pelirrojos tirabuzones y tez blanca, con aire aburguesado, bajó de su carruaje. Se apresuró todo lo que le permitió su vaporoso y elegante vestido largo de color ocre, robustecido por una crinolina,  y con gráciles pasitos se subió al tren y  reconoció a un Julio todavía desorientado, que luchaba por incorporarse con la ayuda del hombre que lo había despertado.

—Ay, señor… —murmuró la mujer— Este joven Verne, siempre en la luna. A saber con qué historias habrá estado soñando esta vez. Al final tendrá razón cuando dice que nació con un siglo de adelanto. Siempre inventando cuentos futuristas, con aparatos inverosímiles, telégrafos transportables… Seguro que su madre está preocupada por él. No será jamás un hombre de provecho si no termina sus estudios de derecho y deja de dedicar el tiempo a fantasear con invenciones imposibles…

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