Luchad para vivir la vida, para sufrirla y para gozarla. La vida es maravillosa si no se le tiene miedo.
Sir Charles Chaplin
El gato la miró fijamente mientras se comía la galleta.La saboreaba, como si fuera la última, y tal vez lo era, sentada en su sofá, aparentemente ajena a todo lo que estaba sucediendo.
Fuera la lluvia caía con suavidad. Se oía un tren pasar de vez en cuando. Hacía frío, pese a que la primavera había llegado días atrás. Cuando febrero mayea, abril… No, no era así… Da igual. Ocho grados a las dos del mediodía de un extraño lunes de un no menos extraño mes de abril.
Olivia reflexionaba. Y eso que, de un tiempo a esa parte, había aprendido, sin saber exactamente cómo, a vivir el presente y a centrarse en cada momento, disfrutándolo como si fuera el último. Como con la galleta. Tenía muchas más en la despensa, pero lo olvidó completamente mientras saboreaba aquella como si fuera única, consciente de cada uno de sus mordiscos, de cómo la masticaba, la degustaba, la gozaba y la deglutía sin apenas esperar el siguiente bocado.
En tiempos de pandemia, pudiera preverse que Olivia reflexionaba sobre la situación, los casos reportados, los fallecidos, el confinamiento. Era cuestión de días que el virus llegase a su familia y así fue. El teléfono siempre cerca de ella, a la espera de no escucharlo sonar. Ni la mejor escena cinematográfica de un film postapocalítpico superaba la realidad de aquella especie de broma ingrata de la vida. Calles desiertas, terror en los ojos de la gente que se aventuraba por ellas en nombre de las necesidades consideradas esenciales. Distancias, mascarillas, guantes, gafas, recelo. La humanidad dejó de mirarse, de abrazarse, de tocarse, de besarse. Para salvaguardar la salud del planeta, para preservar la especie humana, y por simple supervivencia, muchos acabarían muertos o con el cerebro cosido a grapas, porque la salud mental de algunos no superaría la prueba de aquel surrealista infortunio.
Pero ella ya venía con rodaje previo. La vida había decidido enseñarle que el miedo es un amigo traidor. Es un parásito que se alimenta de la inseguridad y convence a su huésped de permanecer inmóvil, de callar lo que hay que decir, y de insistir cuando hay que callar. A veces incluso inocula un veneno paralizante y destructivo que aniquila la confianza. Y solo se puede vencer enfrentándose a él. Pero pocos tienen el valor de hacerlo, porque el miedo no se instala en los valientes. Pero sí en quienes creen no serlo.
A Olivia, la vida le fue quitando, poco a poco, las cosas que más amaba. Empezó siendo amable y le arrebató la calma. Luego, las ilusiones y la confianza. El parásito proliferaba en su cuerpo y la invadía, dejando poco espacio a una Olivia cada vez más pequeña y temerosa, incapaz de reaccionar y de tomar las riendas.
Así que al final, la vida le dio el golpe de efecto. La infectó con el miedo y Olivia enfermó. Curiosa enfermedad en un tiempo previo a una imprevisible pandemia. Primero ella no reaccionó, pero la vida le enseñó que era capaz de hacerlo. Olivia tenía una fiel amiga de cuatro patas a la que amaba hasta el punto de mantener una insostenible relación con ella. Cuanto más se esforzaban ambas en seguir unidas, más se distanciaban. Se esforzaban y no se percataban de que todos sus esfuerzos las empujaban en direcciones opuestas. Una paradoja que presagiaba un mal final. Y así fue. El primer día que Olivia no vio a su amiga felina, supo que ya no la vería nunca más. Cuántas veces el miedo le había inyectado la creencia de que el golpe sería mortal.
Pero no lo fue.
Se fueron esfumando los días junto con las esperanzas (que ella jamás albergó) de volver a verla. Hoy, mientras comía la galleta, miraba con ternura a su gato y la recordaba. El primer amor felino nunca se olvida, aunque le sigan otros, más amables, tranquilos, dulces, seguros y duraderos. Y muy bonitos y necesarios. Pero nunca como el primero. La vida le había arrebatado a su amiga, que al final tuvo que ser más valiente que ella. Pero a cambio, le dio un poco de antídoto contra el parásito del miedo. ¿Lo ves? Puedes. Hazlo.
Olivia creyó haber aprendido la lección, pero aquello solo había sido el preludio del temario completo. El objetivo de la prueba vital no era perder un poco el miedo. Era devorarlo. Comerse hasta sus entrañas, engullirlo, digerirlo, excretarlo e inmunizarse para siempre.
Aquella tarde, Olivia reflexionaba sobre los últimos meses, en los que la vida primero le arrebató a su amiga y después… todo lo demás. O así lo sintió ella. Su universo particular, su vida, su hogar, su refugio, su protección, incluso su idioma. De un plumazo. A traición, cuando menos lo esperaba. Se sintió pequeña, frágil y débil, y el miedo aprovechó para contraatacar a su organismo, volviendo a infestarla con su apestosa ponzoña. Pasó un breve y eterno infierno que no sabía cuánto iba a aguantar, porque sobrevivía sin apenas respirar, con el sabor de la sangre en la boca, con el corazón a punto de estallarle en el pecho porque quería salir de allí, porque le faltaba espacio.
Pero entonces recordó las anteriores lecciones que la vida le había enseñado. Había librado otras guerras. Fue corriendo a abrir el armario donde guardaba sus armas. Seguían allí, en lo más recóndito de su alma, llenas de polvo por falta de uso. Y se puso manos a la obra. Mientras limpiaba y desplegaba su arsenal, dejó que la rabia, el miedo, la culpa y el victimismo se adentraran en ella y se confiaran. Y cuando estuvieron tranquilos, Olivia lanzó el ataque sorpresa.
La guerra no fue fácil. Varias batallas se sucedieron, con diversas retiradas del escuadrón y alguna baja. Cuando parecía que remontaba, el enemigo lanzaba una granada y reventaba la trinchera. La cruenta lucha se fue equilibrando con la ayuda de los aliados que Olivia había creído no tener, y las persistentes acometidas empezaron a debilitar al agente subversivo. No había que bajar la guardia, pero la guerra estaba prácticamente ganada. Ya solo quedaba una cosa por hacer. Descansar.
Saboreando la galleta, Olivia recordó el día en que la creencia tajante y categórica de que volvería a ser feliz llamó a su puerta. La pilló desprevenida, en pijama, a última hora de la tarde, tumbada en el sofá viendo cualquier cosa en televisión. Tranquila, le dijo. No tienes que hacer nada. Ya no tienes que luchar. Deja de nadar a contracorriente y permite que el río te lleve hasta el mar. Y allí, cierra los ojos y descansa. Desapégate y suéltalo todo. Todo.
La sensación de paz fue infinita. Olivia se dio cuenta de que estaba desnuda, con el agua cálida del océano sosteniéndola, relajándola y meciéndola con su vaivén y el calmo sonido de las olas melosas rompiendo en la arena. El sol calentaba su cuerpo. No tenía absolutamente más responsabilidad que permanecer así. Vivir aquel momento, centrarse en el presente, la única realidad que de verdad existe. Confiar. No hacer planes, no recriminarse, no culparse y no culpar.
Y de pronto, llegó la pandemia. La irrefutable prueba de que el futuro no se puede planear. Cómo habría podido siquiera imaginar Olivia solo unos meses atrás, cuando disfrutaba del fin de semana más feliz de su vida, bajo la lluvia, todo lo que iba a suceder en las siguientes semanas. Ni en la peor de sus pesadillas.
Hoy reflexionaba sobre todo aquello, en pleno confinamiento, mientras saboreaba una galleta y miraba a su gato, al que también quería con locura. Soñando con el momento de volver a abrazar, porque ella había sido consumidora de grandes dosis de abrazos y la vida la puso a dieta, luego a ayuno intermitente y ahora ya a abstinencia total. Avidez.
Mientras degustaba el último bocado de galleta, recordó aquel momento en que se convenció de que volvería a ser feliz. Y cada día faltaba un día menos. Mirando atrás, el camino había sido abrupto y pedregoso. Pero con la vista al frente, aparecía más llano, aunque se perdía entre la niebla del horizonte. Ni se veía el final, ni probablemente se vería nunca. Olivia se confinó como mandaba la ley, pero sin noticias, sin redes sociales, sin toxicidad, sin remordimientos y sin inquietud. Sin trabajo y sin saber si lo iba a recuperar. Agradecida a la vida por todo lo que tenía, por su familia, por la amistad, por la sabiduría, y porque el miedo nunca más iba a volver a infectarla. Y recordó el momento exacto en el que volvió a reír.
Porque, en el momento menos pensado, incluso en pleno confinamiento, aparece algo, o alguien, que te devuelve la risa y la ilusión. Solo tienes que sonreír y estar en paz mientras esperas.
Quizá no fue una sola galleta. Quizá fueron dos. O tres. Y con chocolate.

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