DÍA 9 – MAQUILLAJE

Para empezar, diré que es el final. No es un final feliz, tan solo es un final.

M Clan

Ha sido un buen día.

Ha empezado pronto, de madrugada, entre los sueños de varias clases, la convicción de que he escuchado a alguien cerrar la nevera y que, como cada día sin excepción, me he despertado a las tres y media. Siempre ocurre, duerma o no narcotizada, y con cualquiera que sea la dosis de narcóticos, químicos o naturales.

Pero luego no haces caso de lo que encuentras en Internet sobre despertarse justo a esa hora por sistema, porque a mí ahora lo de los portales a otras dimensiones no me viene bien. Ya me he enfrentado a suficientes caos estos últimos tiempos y esto lo voy a dejar en un segundo plano de prioridades, no se me vaya a complicar la existencia. Que con la racha que he pasado, capaz de meterme donde no toca y luego no poder volver.

Lo de escuchar cerrarse la nevera lo atribuyo a un punto muerto onírico entre mis dos sueños, el sueño angustioso y el sueño cálido. En el angustioso, tenía un examen de matemáticas en una capilla (me pregunto qué diría Freud al respecto) situada en una planta baja, que luego se convertía en un consultorio de pediatría al que no me dejaban volver a entrar después de haberme prometido poder terminar el examen, tras una pausa, cuando el resto ya lo había acabado y se iba a una cafetería en una primera planta de una casa modernista, con muebles rústicos y moqueta. Todo en ocre y marrón. Y yo en blanco. Completamente idiota. El sueño cálido, muy bien, gracias.

Por la mañana he disfrutado de una buena conversación virtual, sin moverme de la cama y sin encender las luces. Hoy es domingo. El día de descansar y de hacer lo que te da la gana. Igual que ayer, igual que mañana, igual que todo el mes de abril. Me he levantado casi a la hora de comer (aproximadamente, porque no tengo horario) y he cometido la osadía de pesarme en el peor momento del mes en el que puede pesarse una mujer. Pero tenía un buen pálpito. En tiempos en los que la gente no hace más que publicar fotos de sus panes y sus peces y sus bizcochos y magdalenas, he bajado otro kilo. Porque no hago panes ni peces, ni bizcochos, ni magdalenas. Porque no me gusta cocinar y doy gracias a la vida por ello.

Me he dado una ducha y me he puesto guapa. Sí, las mujeres nos ponemos guapas para nosotras mismas, cuando nos da la gana ponernos guapas para nosotras mismas. Estaba harta de verme con la cara transparente como el papel de fumar y los ojos pequeños. Y con cada pincelada de máscara de pestañas, con cada pasada de delineador de ojos, con cada toque de colorete y con cada beso al brillo de labios, iba cerrando poco a poco una etapa. Como ocultándola bajo el maquillaje. Como quien va empujando una puerta, un portón en realidad, porque pesa mucho, pero se va moviendo a fuerza de insistir y no cejar en el empeño de cerrarlo. Por cada brochazo con la mano en el rostro, una embestida con todo el cuerpo en el portón. Y sin quitarme de la cabeza la letra de Mar Adentro de Héroes del Silencio. «Y por fin he encontrado el camino que ha de guiar mis pasos…».

Para celebrarlo, me he comido unas croquetas sin culpa. Están mucho más ricas, tendré que mirar bien los ingredientes cuando vuelva a comprar, porque me han sabido a gloria. No sé quién decidió ponerle culpa a las croquetas. Con pollo y bechamel están deliciosas, no les hace falta mucho más. Y mucho menos culpa.

Por la tarde, he disfrutado de una buena serie. El chocolate he aprendido a racionarlo, mi amiga la báscula me ayuda. Pero las series aún no. Y quería reservarme el plato fuerte para esta noche pero no he podido resistirlo y la he devorado. Tengo hambre de vida y de libertad, pero estoy confinada. Y pocas hambres pueden satisfacerse en confinamiento, así que se hace lo que se puede, y mientras se pueda.

Luego me he tomado un vino con mis amigas por videollamada. Es terapéutico. Cada una tiene sus historias, todas tan diferentes entre ellas. Hay que escuchar siempre a las amigas. Tienen frases para ti, que ni ellas saben que tienen, pero te las dicen y te quedan grabadas a fuego y te sirven para toda la vida. Pero hay que prestarles atención. Y quererlas mucho.

El ventilador de techo de la habitación se pone en marcha solo. Hoy tres veces, la última a toda velocidad. Me he despeinado y todo al entrar a ponerme el pijama. No creo que tenga nada que ver con lo de las tres y media de la madrugada, porque en el comedor hay otro ventilador idéntico y ahí está, quietecito. Aunque a saber, porque lo de los portales multidimensionales tampoco lo tengo muy dominado. Prefiero hacer cursos online de Excel y WordPress, que de momento me parece más útil. Pero ya es curioso (y juro por mi vida que esto es verdad, como todo lo demás, porque yo nunca miento) que justo mientras escribo estas palabras suena en una canción de Héroes del Silencio, de una lista de reproducción aleatoria, la frase «vámonos de esta habitación al espacio exterior». Poesía cósmica un poco escalofriante.

Por eso he dejado volar la mente hacia una canción que me apeteciera mucho, mucho, y ha venido esta, en una versión irrepetible, como bien atestigua el título en YouTube:

A ver qué pasa ahora, cuando me desmaquille.

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