Las casualidades son las cicatrices del destino. No hay casualidades, somos títeres de nuestra inconsciencia.
Carlos Ruiz Zafón
Hoy, fruto de una casualidad, se me ha ocurrido el mini relato que sigue a continuación, basado en una utopía sobre el actual confinamiento, según la cual existiría la posibilidad de ser más feliz en un estado de alarma, de incertidumbre, de pandemia y de miedo que en una vida aparentemente normal. La casualidad que me ha inspirado el pequeño cuento —que no sé si realmente es una casualidad— la explicaré al final.
Allá va:
Tenían quince años. Fue su primer amor, todo ternura. Caricias tímidas, mundos por descubrir, despertares a las emociones y a las sensaciones. Una experiencia tan necesaria como bonita y dolorosa, a partes iguales. Porque no hay amor sin desamor, no hay felicidad sin tristeza, no hay un nosotros sin un yo, que después se queda solo. Y se transmuta en olvido, y así se termina el primer amor, el único —permíteme el pleonasmo— primer amor.
En tiempos de confinamiento, sobran horas para recordar, contarse historias, descubrir verdades, mentiras, sentimientos y deseos. Tomando un vino en la terraza, ella recordaba sus antiguos amores, sus desengaños, sus aventuras y sus errores. Habían pasado treinta años desde aquellos primeros besos. Treinta años de vivencias, de relaciones, de historias bonitas y tristes, aderezadas con alguna lamentable tragedia. Estudios, trabajos, amores, amigos, rupturas, dolor, alegría y, sobre todo, aprendizajes. Porque es imperioso aprender para seguir avanzando.
Y miles de kilómetros recorridos, varios amores y otros tantos desengaños después, fruto de una casualidad tan improbable que no tuvo más remedio que suceder, allí estaban los dos. Treinta años más tarde. Entre sábanas, oxitocina y besos, que tenían el mismo dulce sabor que a los quince y que creían, equivocadamente, haber olvidado. Visitas clandestinas en pleno confinamiento y sin salvoconducto, que hacían de la triste realidad de la pandemia una fantasía distópica, y del dolor sanado una nueva realidad, alternativa tal vez, pero más auténtica que todo lo demás.
Sería precioso vivir un confinamiento así.
Hoy he empezado una nueva serie, Tales from the Loop. Disfrazada de ciencia ficción, enseña más sobre las emociones humanas que muchos libros de autoayuda. No es trepidante ni rápida, pero tiene algo que hipnotiza. No sé exactamente el qué.
Yo no sé si creerme eso de que los móviles nos espían escuchándonos por los micrófonos —dios, espero que no— pero los acordes de piano de la música de esta serie me han recordado muchísimo a los de la banda sonora de otra serie de culto, tan excelente como infravalorada, como fue The Leftovers (2014). Protagonizada por un Justin Theroux tremendo en todos los sentidos, la considero una verdadera obra maestra.
¿Pues no es casualidad que haya entrado en Facebook (lo cual no suelo hacer últimamente) y la red me haya propuesto unirme a un grupo de la serie The Leftovers, que terminó hace como cuatro años? O bien es verdad que los móviles nos escuchan —y, por ende, que tengo buen oído, porque yo en ningún momento he comentado en voz alta con el móvil ni con la gata que fíjate cómo se parece esta música a aquella otra—, o ya es casualidad. Mucha casualidad.
Deliciosa, la banda sonora de The Leftovers:
