Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.
Pablo Neruda
Señala hoy el calendario el día de Sant Jordi. Un día muy especial en mi tierra, donde en circunstancias normales hay mucho movimiento, gente paseando entre puestos de rosas y libros por las calles para que los enamorados encuentren una forma —o una excusa— para decirse que se quieren.
A pesar de vivir un confinamiento en aislamiento de toxicidad mediática, por aquello de conservar la salud mental y de vivir bajo la premisa de mantener una atención al presente lo más plena posible, en tal fecha como hoy es imposible no rememorar una vida entera de paseos, de libros y de rosas en abriles soleados y que empiezan a oler a verano.
No puedo evitar recordar un cuento, una leyenda, o una historia que conozco bien. Quizá la versión que acude a mi cabeza está un poco adulterada por la subjetividad y por la imaginación, pero al final un cuento es eso: un cuento. Y cada uno cuenta los cuentos como mejor le parece.
Transcurre esta historia en un pueblo de montaña, donde vivía una princesa, rodeada de naturaleza y de familia. Su vida se esfumaba feliz, porque muchos años antes, su caballero Sant Jordi, su salvador a todas luces, la había rescatado. Qué más podía desear una princesa que un apuesto galán que la salvase, a lomos de su caballo y blandiendo una protectora espada contra todos los males, sobrevenidos y venideros, que la acechaban.
Jamás pensó el caballero que podría derrotar a todos los fantasmas que rondaban a la princesa. Pero así lo hizo, y se ganó su amor y su confianza. Empezaron a salir a pasear por el monte, por el bosque y por la orilla del mar. Se fueron conociendo y finalmente se casaron, fueron felices y comieron perdices, y pizzas y todo lo que compraban en el supermercado. Salían de restaurantes, iban al cine, a la playa, de excursión, al teatro… o se quedaban en su casa disfrutando de su jardín, de su piscina y de la infinita programación digital que las plataformas de televisión ofrecían, abusivas en precio pero necesarias para evitar la basura gratuita.
Otra vida parecía imposible. Nunca habría concebido la princesa un hijo, como nunca habría concebido una vida sin su Sant Jordi salvador. Su historia transcurrió entre una infravalorada rutina y sus obligaciones profesionales y personales como princesa y caballero. La princesa se dejaba cuidar, querer y mimar. El caballero la cuidaba, la quería y la mimaba. Y esa idea de felicidad se instaló a vivir con ellos. Y esa idea de felicidad se fue transfigurando lentamente, de manera que la princesa y su caballero se acostumbraron a ella sin darse cuenta de que algo estaba cambiando.
Rápidamente, los años pasaron. La princesa quería a su caballero y su caballero la quería a ella. Pero, al contrario de lo que sucede en los cuentos convencionales, aquello no era suficiente para tener una vida plena y feliz. Dejaron de vibrar en la misma frecuencia, pero la princesa estaba tan inmersa en su papel de princesa que no imaginaba una vida sin su Sant Jordi salvador. Y el caballero estaba tan embebido en su rol de salvador que quiso salvarla demasiado. Tanto, que el agotamiento lo venció. Y desfalleció.
Desde ese momento, la princesa empezó a vivir con terror lo que el caballero vivía con hartazgo. Hasta que, un buen día, el caballero renunció a la vida de palacio y a su princesa y a todo el universo que habían creado juntos. Y desapareció. Y la princesa creyó morir.
Ira, pánico, culpa y dolor fueron los sentimientos que decidieron quedarse a hacer compañía a la princesa cuando el caballero partió. Ella lloraba y rezaba por que su Sant Jordi se diera cuenta de cuánto perdía, por que recapacitara y por que volviera a rescatarla una vez más. Pero un buen día, la princesa comprendió que la única persona que podía salvarla era ella misma. Que a la ira, al pánico, a la culpa y al dolor los había llamado ella sola. Que no necesitaba protección, ni amuletos, ni salvadores. Que se amaba más de lo que nadie la había amado jamás, porque le sobraban motivos para ello. Y luchó con su propia espada, a lomos de su propio caballo. Y venció. Y un buen día apareció un dragón con el que estableció un estrecho y precioso lazo rojo, de cinta ancha y con muchas vueltas, que recordaba mucho a una rosa. De ahí la costumbre de regalar esa flor cada 23 de abril. Desde ese día, la princesa gobierna su vida, la disfruta, la engulle, la bebe sedienta y traga hasta las últimas consecuencias. Y siempre que puede, hace el amor apasionadamente con el dragón, que la hace sentir como una reina.


Un comentario en “DÍA 13 – ACRÓSTICO”