La muerte es un desafío. Nos dice que no perdamos el tiempo… Nos dice que nos digamos ahora que nos amamos.
Leo Buscaglia
Rosario tenía noventa años recién cumplidos. Vivía sola en una gran casa, imparcialmente dividida en dos viviendas: la suya, grande, espaciosa y orientada al norte. Era una construcción añeja, con escasos muebles antiguos y las reformas mínimas para habitarla con cierta dignidad, pero muy sombría y terriblemente fría en invierno. Tenía una sola planta con estancias amplias, ya que Rosario necesitaba moverse con un andador, pues la edad había hecho estragos en su mermado cuerpo. No adolecía de nada y penaba de todo. Rosario era la imagen tipo de una abuela que ya se ha apergaminado en su denostada ternura. Como el tronco agrietado de un cerezo que ya no va a florecer nunca más.
La otra vivienda, pequeña y estrecha, era antagónica a la de Rosario. Diminuta pero luminosa, con una decoración coqueta y recientemente reformada por su nueva inquilina. Andrea, contable, de 32 años de edad, con una reciente y dolorosa ruptura a sus espaldas, alquiló la casa a buen precio para empezar una nueva vida tras su separación. De estatura media, cabello castaño ondulado, complexión delgada y ojos verdes, era una joven guapa pero con las ojeras y la lividez de un trauma reciente, aún pendiente de resolución. Esperaba que un nuevo hogar en un nuevo lugar significase un reinicio desde cero, y que una nueva vida se abriese ante su aparentemente infinito desconsuelo. Con mucha imaginación y poco presupuesto, había logrado darle un aire moderno a la minúscula vivienda… excepto por aquel largo pasillo que terminaba en una puerta que no podía cruzarse porque estaba cerrada, ya que comunicaba directamente con la casa de su vecina, una nonagenaria que hablaba sola, que apenas recibía la visita de un único pariente —un sobrino, parecía ser— que acudía a verla por compromiso y que, en la imaginación de Andrea, se frotaba las manos pensando en una inminente herencia. La señora caminaba con la ayuda de un andador que necesitaba urgentemente un buen engrase, pues las ruedas emitían un estridente chirrido a cada paso de la anciana. Y las paredes parecían de papel, con lo que Andrea pasaba tardes enteras escuchando el rechinar del tacatá y a la señora disertando como si se dirigiera a un niño pequeño. La senectud resulta tan cruel como eterna para el que la vive.
Rosario, como todos los viejos, moraba en una soporífera rutina. Se levantaba pronto, se dejaba cuidar por una joven asistenta que le hacía la compra y las tareas del hogar, la ayudaba a asearse, y se marchaba a media tarde dejando la cena preparada. A la hora del aplauso sanitario, la señora prácticamente había digerido la colación y para cuando la luz del día mudaba a sombra, se iba a dormir, para repetir la misma rutina al día siguiente. Y al otro. Y al otro.
Un día de aquella extraña primavera sin abril, entre chirrido y chirrido del condenado andador, Andrea escuchó al otro lado de la pared una fuerte discusión entre la asistenta de la anciana y el presunto sobrino ávido de herencia, tras la cual, la muchacha salió escopetada con una bolsa de mano y lágrimas en el rostro. Andrea la vio marchar y jamás la vio volver. Supuso que el sobrino la había despedido a cuenta del hipotético testamento, no fuera a caer la eventual fortuna en manos indebidas.
A partir de entonces, las visitas del sobrino no proliferaron como habría cabido esperar, pero los estridentes chirridos del andador desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche eran claro indicativo de que la señora estaba bien. «Bien». Ella seguía hablando sola con su filogenético lenguaje infantilizado y caminaba de un lado al otro con su fiel estridencia ortopédica.
La puerta al final del pasillo de casa de Andrea era estremecedora. La joven ya se había empezado a adaptar a su pequeño hogar y a su nueva vida, pero no superaba la visión del largo y angosto pasillo que terminaba en una puerta que conducía a la nada, y era cualquier cosa excepto una luz al final del túnel. Más bien al contrario, era como una tenebrosa entrada a un abismo de monólogos seniles y tétricos chirridos. Andrea había leído en alguna revista de decoración que pintando de un color vistoso el techo y la pared del fondo —la puerta, en el caso que nos ocupa— de un largo pasillo, este se ensanchaba visualmente y se eliminaba el efecto terrorífico (bueno, esto último quizá no lo leyó, pero le pareció coherente con el trampantojo que recomendaban los expertos). El problema es que la aterrorizaba solo el hecho de acercarse a la puerta que cerraba el paso al ecosistema de la vieja parlanchina y su rechinadora andadera.

Fueron pasando los días, y Rosario malvivía de las conservas y poco más que le acercaba su indeseable sobrino en sus escasas visitas. Su decrepitud empezó a multiplicarse exponencialmente y su estado empeoró visiblemente pese a que nadie la viera, a excepción de aquel desalmado sin corazón que acudía a su casa esporádicamente y a desgana. Ella hizo lo que pudo, como hacemos todos, pero siempre llega un día en que ya no se puede más. Se despertó una madrugada, deshidratada y sedienta, y se levantó para ir a beber agua. Empezó a caminar lentamente hacia la cocina, con su leal chirrido acompañándola y, a los cinco o seis pasos, se desplomó.
Esa noche, hacia las tres de la madrugada, Andrea despertó al oírse un fuerte golpe seco. Tenía el sueño ligero pero había empezado a tomar ansiolíticos que a veces engañaban a sus sentidos. Estaba soñando con el inconfundible sonido del andador, lo cual no resultaba extraño, porque lo tenía metido en la cabeza todo el tiempo. Pero el golpe la despertó. ¿Tal vez no había sido un sueño? Se sentó en la cama y aguzó el oído. Silencio sepulcral. (Odio recurrir a expresiones tan manidas, pero es que no se me ocurre un adjetivo original. Se aceptan sugerencias. Ah, y ya que estamos: sí, aguzar el oído es correcto, no «agudizarlo»). En fin, que me disperso… A lo que iba: tras unos minutos de incertidumbre, Andrea se volvió a tumbar, se dio media vuelta y cayó dormida de nuevo. Los ansiolíticos tienen eso. Especialmente cuando hace poco tiempo que los tomas.
A la mañana siguiente, sábado de un mayo ya tardío, sobrino histriónico, policía, ambulancia y funeraria, en ese orden, fueron desfilando por la estrecha calle donde compartían casa —que no hogar— Rosario y Andrea. Los aspavientos y llantos del sobrino eran tan sobreactuados como falsos cuando, tras certificar el médico la muerte de la anciana, los funerarios la introdujeron en la bolsa mortuoria para trasladarla al tanatorio. Andrea era muy impresionable y pasó varias noches en vela después del suceso, gracias a su progresiva habituación a los ansiolíticos y a la imagen del saco con la vieja muerta dentro, que no se borraba de su mente ni con alcohol ni con pastillas.
Una semana después del óbito de Rosario, la vida transcurría con una inusitada tranquilidad. Nadie se había personado en su domicilio para vaciarlo o limpiarlo. El sobrino debía de tener trámites más urgentes que realizar. Andrea seguía con su rutina y parecía que al fin iba a lograr acercarse a la puerta del final del pasillo, para darle un toque de color, o siquiera para vencer su irracional miedo (tan irracional como todos los miedos, pero es cierto que unos lo son más que otros) a un rincón de su propia casa. El día en que decidió armarse de valor quizá no fue el más adecuado, pero las personas somos así: tenemos el don de la oportunidad.
Ya había anochecido. Caminando lentamente y asentando con aplomo en el suelo cada uno de sus pasos, Andrea avanzaba por el pasillo con la desconfianza de quien se mueve sobre terreno pantanoso, temerosa de dar un traspié y hundirse en el lodo o en su propia vergüenza. No había acabado de reprenderse mentalmente a sí misma, por tonta y por miedosa, cuando empezó a escuchar con perfecta claridad el chirrido del andador de la vieja muerta. Ñiic. Ñiic. Ñiic.
—Abuela, tengo hambre… —protestó Mac.
—Ya lo sé. Pero ya no nos queda de comer y tendríamos que hacer algo para conseguir alimento —respondió Bella—. Zoe, ¿ya no te queda nada para darle a tu hijo?
—No, mamá. He buscado por toda la casa y ya no queda nada comestible —contestó Zoe.
—Pues algo habrá que hacer o moriremos todos de hambre.
Zoe, Victoria y Peter eran tres hermanos. Compartían rasgos faciales, eran innegablemente parecidos, pero tenían el pelo de diferente color. Peter negro azabache, Zoe rubio, y Victoria llevaba unas mechas algo caóticas en distintos tonos. Su madre, de plateada cana, a la que familiarmente llamaban Bella, hacía honor a su apelativo cariñoso, porque era mayor pero conservaba una espectacular y elegante belleza. Majestuosa, diría yo.
Zoe tenía un hijo, Mac, que empezaba a sobrellevar su nueva realidad con cierta dificultad. El hambre es como el miedo, mala consejera. Y juntos crean un tándem que puede llegar a sacar lo mejor y lo peor de cada uno. Te agudiza (ahora sí puede valer) el ingenio o te paraliza. Según te pille. Afortunadamente, a los cinco miembros de esta peculiar familia les ocurrió lo primero.
Todos ellos compartían casa, tenían espacio de sobras y todas las comodidades que pudieran necesitar, pero debido a la reciente crisis, se habían quedado sin sustento. Y con una abuela y un pequeño, aquello no podía prolongarse eternamente. Sin recursos y sin ayuda, no podrían subsistir mucho más tiempo. Para cuando los desalojasen, quizá ya sería demasiado tarde para ellos.
Pero Bella, que contaba con la experiencia y la sabiduría de su avanzada edad y su privilegiada inteligencia, tuvo una excelente idea para solucionar su problema y sacar a su familia del apuro. Si todo salía bien, ya no volverían a pasar hambre nunca más. La matriarca trazó el plan, dio unas detalladas instrucciones al resto de la familia, y haciendo honor al buen equipo que formaban, se pusieron manos a la obra, todos a una.
—¿Todos en sus puestos? —preguntó Bella. —Bien, a la de tres. Una, dos y tres. ¡Adelante!
Ñiic. Ñiic… Ñiic. Ñiic.
Andrea estaba transparente de tan pálida. Petrificada, a dos pasos de la puerta del final del pasillo, escuchaba aterrada el rechinar del tacatá de la vieja muerta. No había bebido, no había tomado ninguna pastilla, había dormido y comido razonablemente bien, y nada hacía presagiar que pudiera sufrir alucinaciones o algún brote psicótico. Y en efecto, no era así, porque el chirrido era tan alto y claro como los latidos de su corazón, que le retumbaban por todo el cuerpo. Justo al otro lado de la puerta. Ñiic. Ñiic. El maldito único primer día en que se había atrevido a acercarse. Ñiic. Ñiic.
Tenía dos opciones: salir huyendo hacia no se sabe dónde, o avanzar dos pasos más (que se le antojaban kilométricos) hacia la puerta, tocarla, aplastar el oído contra ella, cerciorarse de que no era su propia mente la que que hacía chirriar el andador en su cabeza y, por una vez en su vida, enfrentarse a sus miedos y lanzarse hacia delante, como si no tuviera nada que perder. Porque, en realidad, lo que tiene que suceder, sucede, con miedo o sin él. En realidad, nunca hay nada que perder y ya puestos a elegir…
…Andrea se abalanzó contra la puerta cerrada que separaba su universo del universo remoto de Rosario. ¿Dije cerrada? ¿Lo había llegado a comprobar alguna vez? ¿Qué decíamos del don de la oportunidad? Seguramente aquel no era el mejor momento para comprobarlo. Porque la puerta no estaba cerrada, ni lo había estado jamás. Y al recibir el empellón de Andrea, se abrió, y con la inercia, la joven cayó de bruces en el averno del vejestorio, el chirrido y los monólogos. Y cuando levantó la cabeza, apenas pudo dar crédito a lo que estaba viendo.
— ¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos! —gritó Mac.
Bella no podía con su alma tras el titánico pero fructífero esfuerzo. Ella, sus tres hijos y su nieto —que poco pudo ayudar, pero ganas le puso— habían aunado estrategia, perspicacia y fuerza para empujar varias veces aquel cacharro del demonio, cuyo estridente sonido detestaban y que jamás pensaron que, un día, les salvaría la vida. Con suerte, alguien los escucharía.
Victoria, Zoe, Peter, Grizabella y Macavity se llevaron el susto de sus vidas cuando se abrió aquella puerta que nunca habían visto abrirse y una humana se precipitó de boca al suelo, justo delante de sus hocicos. Grizabella estaba demasiado cansada y mayor para salir huyendo, y Macavity era lo suficientemente pequeño como para no conocer el miedo. Victoria, Peter y Zoe salieron por patas y se ocultaron detrás del primer mueble que encontraron, pero la gata mayor y el cachorro se quedaron allí, mirando a Andrea con la misma cara de sorpresa con la que ella los miraba a ellos, junto al andador que habían estado empujando.
La puerta ya no volvió a cerrarse. Andrea alquiló la casa de Rosario, tras varias negociaciones con el sobrino de marras, que resultó ser en realidad un mal hijo que no había recibido más herencia que aquella tétrica vivienda llena de gatos, un perjuicio más que un provecho y, desde luego, mucho más de lo que merecía aquel indeseable. Andrea se deshizo del andador que tanta angustia le había provocado y que ya había cumplido con sus dos cometidos en la vida, y adoptó a los cinco gatos de Rosario como a sus propios hijos. Hijos felinos, entiéndaseme. Todos con sus plaquitas identificativas colgadas del cuello. Se sintió algo culpable cuando empezó a hablar con ellos y comprendió que la pobre anciana no hablaba sola. Sentirse sola, sí, pero hablar, hablaba con sus gatos.
Con el tiempo, los dos mundos se fundieron en uno solo, y la armonía fue impregnando la casa, que ahora sí era un hogar. Grizabella murió al poco tiempo, pero después de ella vinieron otros. Y muchos otros después.
Muchos años más tarde, Andrea decidió cerrar la puerta. Necesitaba más ingresos y puso en alquiler la parte de la vivienda que ella misma había ocupado en su juventud, y se instaló con sus gatos en la zona más amplia de la casa para poder desplazarse con más comodidad. Entre otros trastornos propios de la vejez, Andrea había desarrollado problemas de movilidad y tenía que desplazarse con la ayuda de un andador.
Qué sádico hijo de puta, el destino.

El hambre agudiza el ingenio. Hay que aguzar la vista para ver en la oscuridad. Es inútil hablar con los gatos porque no te entienden. Solo quieren comida (de beber ya se ocupan ellos mismos) y cuando eso sucede emiten maullidos lastimeros. Los perros tampoco te entienden, solo quieren comida y, al igual que los gatos, la piden. Pero no ladran. Los canes (sorprendente palabra para designar a esos animales) necesitan agua, a diferencia de los felinos, y si no viven en plena naturaleza mal lo tienen. Incluso en plena naturaleza, en determinados parajes no se les da bien. He cruzado el Sahara dos veces y no recuerdo haber visto a ningún can. Cuando el desierto comienza a ser «absoluto», es decir, sin atisbo de vegetación alguna (nótese que «atisbo» no es lo mismo que «existencia»), fui atacado por infinidad de moscas en una ocasión, cuando cambiaba una rueda pinchada del todoterreno. Podía haber escrito «enjambre de moscas», pero no me parece adecuado, en tanto que esa palabra pertenece a las abejas. Durante algún tiempo se dijo que las abejas se extinguían, pero no se ha mencionado más desde hace años. Hablando de extinción, hoy me he enterado de que el ónix, un animal cornudo (ignoro le grado de fidelidad de ambos sexos, pero tal vez el macho es el de mayor cornamenta) ha dejado de ser una especie en peligro de desaparición y que vuelve a campar por sus anchas (expresión equivalente a «estar como Pedro por su casa») en el desierto del Sahara («sahara» significa arena, aunque no sabría decir si en árabe o bereber). Ahora, antes de terminar, advierto de que es el momento de otear el cielo, de asomarse al balcón, a la terraza, o de ir al jardín porque nos aguardan la última superluna y una lluvia de estrellas (me enterado gracias a mi amigo Bill Gates, que bien podría llamarse Bill Windows).
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