DÍA 19 – AMAPOLAS

Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar campo de batalla sin haber luchado.

Napoleón I

Volvía de dar un paseo por los alrededores de su casa. Tal como le había aconsejado su terapeuta, recorrió sus cinco o seis kilómetros diarios caminando a buen ritmo, para generar endorfinas, mejorar la función cognitiva, combatir la ansiedad, curar el insomnio… Ya no tenía veinte años, de hecho casi los doblaba, pero empezaba a sentirse en forma de nuevo. Se sentía orgulloso de su voluntad de hierro y queriéndose por primera vez en años cuando observaba en el espejo aquellos insólitos ojos verdes, la tez morena, el cabello corto, fuerte y ondulado, negro como el carbón con algún destello plateado…

Ya tenía una ruta establecida que primero bordeaba el río, después pasaba cerca del cementerio —si estaba abierto, entraba a caminar entre tumbas, como a él le gustaba llamarlo, y se sentaba en alguno de los bancos de piedra a disfrutar de la paz que se respiraba en el camposanto—, cruzaba por un puente metálico, atravesaba un prado… En total, una hora de ruta al ritmo de una lista de canciones destinada a marcar el tiempo y el movimiento del paseo terapéutico.

Vivía en un entorno privilegiado, en un pueblo de apenas una decena de miles de habitantes, con todas las comodidades, sus grandes superficies, todo tipo de comercios y restaurantes, pero también rincones y rutas en plena naturaleza con admirables paisajes. Parecía que por el simple hecho de vivir allí no tuviera que apreciarlos, como le ocurre a tantísima gente, pero desde que empezó la terapia, todo lo veía con ojos nuevos. Aquel atardecer, el prado le sorprendió con una inmensa extensión de preciosas amapolas de un rojo intenso. Si te agachabas y las mirabas desde abajo, al final parecían unirse en una alfombra espesa e infinita.

Las vainas de las semillas de ciertas variedades de amapola contienen morfina de forma natural. Esa morfina se procesa y da lugar al alquitrán negro, más conocido como heroína. También se puede cortar con otras sustancias como almidones, azúcares o quinina, creando así un polvo blanco y amargo. Fin del paseo. Me voy a casa.

Tardó la mitad de lo habitual en recorrer el último tramo del itinerario diario, desde el prado hasta su casa. El ansia le allanó el camino y le aligeró la marcha. Entró, y sin apenas respirar, se lanzó sobre el primer cajón de la cómoda del salón. De allí sacó una bolsita de celofán y un encendedor. Fue al baño por una jeringa y una goma gruesa, y a la cocina por una cuchara. Dios, llevaba ya muchos días sin meterse. ¿Esa era su voluntad después de tanto esfuerzo? ¿Con qué excusa? ¿Las amapolas? Valiente autoengaño.

El último. Esta vez de verdad. Y lo dejo. Lo juro. A la mierda los progresos, la terapia, las caminatas y las endorfinas. Vació el polvo blanco que contenía la bolsita en la cuchara. Encendió el mechero debajo y la alquimia lo transmutó en una sustancia del color de la miel del naranjo. Casi podía oler el azahar. A pesar del temblor de la exaltación, tuvo el suficiente cuidado para no desperdiciar ni una gota de aquel maná cuando lo cargó en la jeringuilla. Cogió la goma y se la ató con fuerza en el brazo. Localizó la vena enseguida y se clavó la aguja con una corriente trifásica emocional de placer, dolor y culpa. Movió el émbolo ligeramente hacia arriba y luego lo empujó con firmeza, hasta que la jeringa quedó vacía y seca. Como su alma. Miserable.

Por suerte, el efecto era prácticamente inmediato. El viaje desde la sangre hasta el cerebro es supersónico y disipa la culpa y el remordimiento durante el trayecto. La heroína devenida en morfina encuentra su lugar en los receptores opioides y genera una poderosa avalancha de placer. Primero euforia y luego analgesia. Todo desaparece y te asalta una paz que te impide recordar los anteriores intentos infructuosos de tomar conciencia y enfrentarte a tus problemas. Te invade la amnesia y olvidas el dolor, la desesperación, las náuseas, los vómitos, las diarreas… Y también la angustia, la ansiedad, el pánico, la devastación y la revelación de que eres un deshecho humano. Olvidas que ya casi lo tenías, que estabas fuera, y que te has desviado de nuevo al mal camino con el primer pretexto de mierda que has encontrado. Que todo lo que has sufrido no habrá servido de nada, y que has retrocedido mil pasos por culpa de las putas amapolas. Va, no te mientas. No han sido las amapolas, ha sido lo cobarde que eres. Que te has querido engañar creyéndote fuerte y, a la mínima excusa, has escondido la cabeza bajo el ala y has escapado de tu responsabilidad. Lo fácil es huir hacia delante para no mirarte al espejo y luchar contra ti mismo y por todo lo que te llevas por delante, como a las personas que te quieren…

Menos mal que ahora no te acuerdas de nada de todo eso y estás en paz. Se adormece el cuerpo, se desacelera el corazón, estás en una nube con una sonrisa idiota en el rostro. Respiras cada vez más despacio. Qué son las endorfinas de un paseo comparadas con el delicioso sueño de un buen viaje.

Olvidó que era un cobarde. Olvidó el riesgo que corría. Olvidó el dolor que se había provocado y el daño que haría. Se olvidó el mundo y se sumió en un dulce y narcótico sopor. Y mientras dormía, también se olvidó de respirar. Lo encontraron tres días más tarde, cuando echaron la puerta de su casa abajo, después de varios intentos vanos de localizarlo.

Su cadáver exhibía una amplia sonrisa, dedicada a su familia y a todos los que habían confiado en él y le habían querido.

El último. Esta vez de verdad. Y lo dejo. Lo juro.

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