Hasta el mejor de los perros muerde cuando se cansa de que lo maltraten.
Patrick Rothfuss
La idea para escribir un relato que pedí por Amazon debe de venir de China, porque aún no me ha llegado. Pero, mientras espero, o salgo a buscar otra, una Playlist me ha sorprendido hoy en el coche con una canción que, hace tiempo, me inspiró una historia. Y la he recuperado. Es de hace siete años y creo que entonces escribía mejor que ahora. Se titula como este post, y dice así:
Como si hubiera sucedido ayer. Suena a tópico, pero puedo jurarte, Pedro, que desde aquí la sensación es totalmente cierta. Recuerdo nuestra boda con todos los matices, los detalles, las emociones, incluso los olores…. Aquí solo se aceptan recuerdos felices. Y yo no tengo más que seis: mi boda y mis cinco hijos.
Veinte años teníamos cuando nos conocimos. Me pareciste un joven apuesto, elegante, con unas maneras quizá un tanto excéntricas, pero igualmente encantadoras. Recuerdo aquella tarde de tormenta en la que prestaste tu chaqueta a una completa desconocida que luchaba, empapada, por abrirse paso entre la lluvia y los charcos. Me enamoré de tu sonrisa y me dejé seducir por tus encantos hasta el final del día, en aquel cálido café de la rambla. Estaba tan deslumbrada que los relámpagos de mi emoción amortiguaron el sonido de los truenos que amenazaban en el exterior.
No recuerdo una época que se me antoje más feliz. Éramos inseparables, ¿te acuerdas? Mis padres te adoraban y la ilusión también los embargó a ellos cuando les pediste mi mano.
El día de la boda estabas inmensamente encantador. Alto, esbelto, con el cabello rubio ceniza, algo largo para los usos de la época, el chaqué gris a juego con tus ojos y tu siempre resplandeciente piel de oliva. El orgullo de la radiante novia y de toda su familia. La envidia de mis primas solteras. La sonrisa pícara entre mis amigas. El día más romántico de mi vida.
Supongo que no es fácil percatarse de algo que ocurre de manera progresiva. O tal vez el amor tan irracional como incondicional actúa como un antifaz ante la evidencia. Pero… qué distinto se ve todo, ahora, desde aquí.
Que quisieras guardar con tanto recelo lo que tú llamabas «tus recuerdos» no suscitó en mí la menor de las sospechas, hasta que me soltaste la primera bofetada. Ese día, no te reconocí, no sabía quién era ese hombre tosco, ordinario y soez que nada tenía que ver con mi flamante marido, a quien tantas personas admiraban y alababan: ese esposo ejemplar que donaba generosamente una pequeña fortuna a los niños desvalidos la Noche de Reyes, ese que tanto se implicaba en causas benéficas para los más desfavorecidos…
Casi parecía que eras dos personas distintas, ¡incluso te cambiaba la voz! En la intimidad del hogar eras vulgar, agresivo, déspota. Desde aquí, también se me antoja difícil determinar en qué momento pasé de hacer el amor con mi marido a cumplir con mi obligación contigo como mujer. Pero siempre era mejor consentir a tus caprichos que soportar tus palizas y tus gritos. Algo bueno nació de aquel horror: nuestros cinco maravillosos hijos, a quienes amo y amaré siempre, también desde aquí.
Recuerdo que salías a horas intempestivas, sin dar explicaciones y sin dar opción a pedirlas. En una de tus excursiones nocturnas, me armé de valor y forcé el cajón de tu escritorio, aquel que contenía tus presuntos recuerdos. Lo ignorabas, ¿verdad? Es una lástima que ahora no escuches mis palabras. Aunque, bien mirado, entonces tampoco lo hacías. Cuál fue mi sorpresa aquella noche cuando encontré lo último que habría imaginado. Nada. No tenías recuerdos, porque no tenías nada que recordar. Preciosa y tierna tu historia del huérfano de buena familia que había perdido a sus padres con tan solo unos años de diferencia; ese cuento que repetías a todo el mundo, que tu madre había fallecido de una enfermedad incurable y tu padre había muerto poco tiempo después, devorado por la pena y la tristeza. Tan tierna y preciosa, tu historia, como falsa.
¡La realidad era tan distinta! Pero desde aquí, se ve más clara. No se te conocía padre, ni madre, ni familia. Habías huido del orfanato donde habías pasado tu infancia, para malvivir en las calles, robando, asaltando y observando durante años a los aristócratas adinerados que te daban limosna cuando te sentabas a contemplarlos. Hasta que, un día como cualquier otro, apareció un hombre con una niña, y fijaste el punto de mira en mi padre, en mí, y en la dote que iba a suponer tu salvación. Nos engañaste a todos y, lo que es peor, a mí me enamoraste.
Maldita la noche en la que se me ocurrió seguirte. Te movías por las calles como un felino, sigiloso, camuflado en la penumbra por si alguien te reconocía. Llamaste a su puerta y se lanzó a tus brazos, la pobre infeliz. Mentiría si dijera que no entiendo por qué ella te amaba. Te amaba porque no te conocía, lo mismo que yo hasta entonces.
Todo ocurrió muy deprisa. Salí corriendo como alma que lleva el diablo. No deja de ser paradójico que la venda que cayó de mis ojos me produjera ceguera, pues no vi, ni siquiera oí, el coche que se me echó encima. Ni que decir tiene que su conductor tampoco me vio a mí. Pero todo ocurrió tan deprisa que apenas me di cuenta de nada. Es cierto, no sufrí. Por primera vez en años, no sufrí.
Sé que inventaste una de tus mil historias para justificar mi presencia en aquella calle aquella maldita noche, que fingiste lamentar mi muerte, y que dedicaste tu vida a seguir con tu duelo de pantomima. Pero también sé que sabes que, por fin, sé quién eres.
Desde aquí, he amado a mis hijos y he velado por ellos. El tiempo no existe donde me encuentro, tal vez por eso aún me siento joven mientras en ti veo a un viejo amargado y arruinado, que no ha sabido ni administrar lo que en su día sí supo robar. Un anciano solo, sin nadie que lo quiera o a quien inspire un mínimo de consideración o aprecio. Sé que jamás volverás a verme porque, cuando llegue tu hora, nadie estará a tu lado y arderás en el infierno. Lo único que lamento es que no podré contemplarlo, desde aquí.
Y hasta aquí mi relato recuperado, a la espera de que nazca el siguiente. La canción que me ha recordado que un día tuve inspiración —y dicen que quien tuvo retuvo— pertenece al ábum Deseo carnal de Alaska y Dinarama, un impecable disco que me regalaron en vinilo en un cumpleaños de la prehistoria y que devoré hasta la saciedad. Y a día de hoy, lo sigo considerando una obra de arte.
