DÍA 29 – NOCHEVIEJA

Cuando escapas, eres más propenso a tropezar.

Casey Robinson

Hasta 2018, cada 31 de diciembre, publicaba en Facebook una felicitación del año nuevo en forma de crónica breve de todo lo vivido los 365 días anteriores y con mis mejores deseos para los 365 siguientes.

El año pasado no lo hice, porque no tenía fuerzas, así que este año tengo 731 días que reseñar. Y ya que mi gata Olivia y el confinamiento me dieron la idea de volver a escribir, voy a utilizar el blog para mi felicitación del año nuevo y mi breve crónica de los dos transcurridos desde la última, hace ya un par de milenios.

Es que me releo y ya lo vendo mal de entrada. No sé cómo voy a enganchar al lector anunciando que voy a explicar setecientos y pico días de mi apasionante vida. Pero es que, en realidad, no es eso. Es buscarle un nombre al año transcurrido, asignarle otro al venidero e intentar compartir experiencia y desnudarme un poco el alma, que es terapéutico y a la gente le gusta leer miserias ajenas.

Lo primero de todo, quería pedir disculpas a la humanidad, así en general, porque en Nochevieja hay que llevar algo rojo, brindar con cava, levantar el pie izquierdo para empezar el año con buen pie, sumergir un anillo de oro en la copa, tomar doce uvas de la suerte a las 12 de la noche después de discutir en qué canal se ven las campanadas, y dar muchos besos y abrazos de felicitación. El año pasado, no hice absolutamente ninguna de todas esas gilip… cosas, y va y se declara una pandemia mundial. Ya lo siento. Va a ser que 2020 es culpa mía y, lamentablemente, este año no voy a poder deshacer el entuerto. Así que vamos a tener que espabilar entre todos, que falta nos hace. Lo primero: dejar de ver las noticias.

Para mí, 2019 no fue mejor que 2020. O tal vez sí, pero fue un año de picos y valles. Ríete tú del Shambhala. Lo poco que me gusta a mí perder, y el año se saldó con pérdidas procedentes del inmovilizado tangible e intangible. Una cuenta anual con un saldo desorbitado por mermas de autoestima, valor, amor propio y seguridad. Mi amor gatuno y mi amor humano se fueron de mi vida en 2019. Fueron unos valles abismales. Pero los picos —para ser justa— también fueron muy altos. Nació mi sobrina, fui a Disneyland París, a Port Aventura, tuve retos profesionales y pasé muy buenos momentos.

2019 fue el año de las pérdidas y los contrastes. Y el del final catastrófico.

2020 empezó mucho peor de lo que termina. No porque no haya sido un año malo, sino porque he sido buena afrontándolo. Ha sido más llano, sin demasiadas subidas y con algún descenso fuertecillo, pero de esos de los que te recuperas antes de lo que creías. Me queda alguna asignatura pendiente, pero me he sacado un montón y con bastante buena nota. Expliqué un día en Instagram que los gatos solo se exponen panza arriba cuando se sienten plenamente seguros y, en caso de alerta, se ponen de pie a una velocidad increíble. Pues una de mis asignaturas pendientes es esa. Se llama limerencia y consiste en no ponerme panza arriba a la primera de cambio o, en su defecto, en recuperar la posición con mayor rapidez. Pero, con todo y eso, me he reencontrado con mi yo valiente y me quiero como soy, porque soy resiliente, fuerte, y paciente. Sensible, buena persona y emocionalmente apta. Y con mis defectos y con el derecho a equivocarme, como todo el mundo. A mis pérdidas de 2019 les deseo lo mejor: a la gata que no sufriera (otra asignatura pendiente: dejar de culparme de su marcha) y al humano que sea feliz. Pero feliz a reventar. Al final, querer es eso: desear la felicidad del otro, esté donde esté. Y yo os quiero y os querré siempre.

En 2020 no he perdido nada.

Este año he sido afortunada, porque mi familia y yo estamos bien de salud, aun con dos pasos por quirófano. Y contra viento, marea y pandemia, se casó mi hermana. Del trabajo… mejor no hablamos, porque nada es eterno y esto no va a ser una excepción.

Durante el primer trimestre de 2020 me enganché a la oxitocina y a la dopamina en forma de narcisista ególatra y lo confundí con amor. Suerte que el síndrome de abstinencia lo pasé relativamente rápido y ahora miro atrás y me río. No de me que utilizaran, sino de lo malas que son las adicciones, que te hacen ver lo que no existe. Lo de exponerse panza arriba, Paula. Y ya en el ocaso del año, me ilusioné con una serendipia en forma de ineptitud emocional donde la adicta no era yo. Y aun sabiendo todo eso, vi que debajo de esa capa de mierda había una coraza, y dentro, alguien que podía merecer la pena. Pero al final, lo que se ve es lo que hay. Ay, la limerencia. Lo de exponerse panza arriba, Paaaaula. Tengo que aprender a dejar ganar a quien juega a perderme. Y que el inicio del nuevo año me pille bailando. Sola. Conmigo. Tranquila.

2020 ha sido el año del aprendizaje. Y el de perder el miedo.

A este año le agradezco lo más bonito que tengo en el mundo: mi familia. Mención especial a mis sobrinos, que han sido mi salvación, y a Olivia, a la que cada vez veo más guapa y más feliz. Yo hago lo que está en mi mano para que esté bien y ella me lo agradece queriéndome más día tras día.

Me despido hasta el año que viene con mis mejores deseos para todos en esta nueva era de Acuario, con alusión honorífica a los dramáticos del «no podemos estar peor». Espero que este año hayáis aprendido que SIEMPRE se puede estar peor. Pero mejor también.

Toda la fuerza del mundo a quienes pasan por momentos difíciles, sobre todo a los que luchan por superarlos. Los victimistas y los «atascaos» ya me merecen algo menos de respeto —para qué mentir— pero tienen toda mi compasión. Al final cada uno pierde su tiempo como mejor le parece. Y no debe de ser agradable eso de resignarse a sobrevivir en lugar de esforzarse por vivir felices. Zona de confort, creo que lo llaman.

En este nuevo año, deseo que recuperemos pronto los abrazos y los besos, y que tiremos las mascarillas para dejar de sonreír solo con los ojos. Como quien lanza el birrete en la ceremonia de graduación. Y que no dejemos de ponernos panza arriba, porque confiar es lo más maravilloso del mundo.

Que brille el sol para todos en 2021 y nos empachemos de atardeceres en la playa. Juntos.

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