DÍA 31 – OLIVIA

Nunca pierdo. O gano o aprendo.

Nelson Mandela

Es injusto que este blog lleve tu nombre y no se he haya dignado a contar tu historia.

Te llamas Olivia, vas a cumplir tres años este verano y me has salvado —un poquito— la vida.

Volvía sola de la playa, el último día de las vacaciones de 2018. Te vi, junto a tus hermanitos, en la carretera, cuando el coche que me precedía hizo un movimiento extraño para esquivaros. Erais tan chiquitos que decidí parar por si necesitabais ayuda. Erais tan rápidos que, para cuando pude acercarme, os habíais escondido entre los matojos del margen de la calzada. Erais tan escandalosos que estaba claro que alguien os escucharía. Erais tan hábiles que os tenía delante, a mis pies, y no os veía. Me alejé, lo bastante como para comprobar que vuestra madre acudió al rescate y os fue llevando, uno a uno, a un lugar más seguro. Y me marché. Y allí habría terminado nuestra historia en un mundo paralelo. Pero no en este.

Admito que mi sugerencia de volver al lugar del hallazgo al cabo de seis horas fue medio broma, después de una larga sobremesa y alguna que otra copa. Pero resultó que la exclusiva de la idea no era solo mía y allí regresamos, una calurosa tarde de agosto, a comprobar si estaba todo en orden. Los matorrales se achicharraban en el silencio del canto de las cigarras estivales. Allí no había nadie. Ni rastro de vosotros ni de vuestro alborotador lamento. Antes de volver a casa para iniciar los rituales previos a la depresión postvacacional, me salió, desde dentro y sin pensar, una palabra en tu idioma que me cambiaría la vida. Qué iba yo a saber entonces. No sé qué fue lo que dije pero contestaste, oculta entre hierbajos, y entablamos un diálogo de maullidos hasta que dimos contigo. Escondida, solita y… ¿asustada? No, Olivia no tenía miedo. Era una valiente.

¿Qué hacer contigo un domingo de agosto a media tarde? Dejarte allí era una más que probable condena a muerte por atropello. Lo reconozco, el nombre te lo puso la veterinaria de guardia, y ni el desembolso por el reconocimiento de urgencia ni la idea de traerte a casa fueron cosa mía. Pero tampoco me opuse, porque no me creía con derecho a negarte a quien se enamoró de ti nada más verte, que tampoco fui yo. Esa forma de mirarte.

A ese domingo de agosto de encadenadas circunstancias le siguió un año, con sus 365 días —bueno, en realidad fueron nueve menos— muy, muy complicado. Más de lo que pudiera parecer.

Intentamos con todos los medios que discurrimos que Gatusi y tú fuerais amigas. Destrozaste las cortinas, el sofá, sus nervios y mi templanza. Pero no mi paciencia, por desgracia. Un año de puertas cerradas, de protocolos de adaptación, de incapacidad de tomar la decisión de buscarte otra casa. Porque te queríamos, a pesar de que eras el anticristo de los gatos. Nunca te vimos quieta. Nunca te vimos dormir.

Pero, hacia la mitad de ese maldito año, ya te habías llevado bastante escarmiento cuando te recogimos de la clínica después de la esterilización. Allí te diste cuenta de que quizá te compensaba más ser buena, que si no cualquier día estos humanos te dejan en un sitio con unas señoras de bata blanca que te trastean, te duermen, te meten en una jaula y no veas qué susto cuando te despiertas allí sola. Y qué dolor de tripa.

Un año casi entero pasó, viendo cómo Gatusi, el amor gatuno de mi vida, se alejaba día tras día. Poquito a poco. Aún hoy creo que me miraba con tristeza y reproche por haberla destronado. Un año de pérdida con cuentagotas, lenta pero progresiva. Es duro ver cómo algo se va desvaneciendo poco a poco. A veces creo que es mejor que las cosas no se deterioren y que ocurran de golpe, sin anestesia y sin margen ni tiempo de reacción. Una agonía de un año, un año de agonía, de poner todos los medios a costa de la convivencia, de la tranquilidad y de una apuesta al número perdedor. Gatusi se fue yendo muy despacio. Se esforzó trayendo más animales muertos —y vivos— que nunca, pero a pesar de sus ofrendas, tú seguías allí. Y un día, ya no volvió. Y supe que no la vería nunca más. Y me la tatué en el brazo izquierdo, cerquita del corazón y donde pudiera darle un beso siempre que quisiera y no olvidarla nunca. Me la tatué en el brazo y en el alma. Espero que, dondequiera que esté, me haya perdonado.

Nunca te culpé. Me culpé yo y aún lo hago. Pero si el destino no hubiera decidido, nosotros tampoco lo habríamos hecho y la situación demandaba un cambio urgente de rumbo.

A pesar de todo, la tristeza del duelo vino acompañada de tranquilidad. Fueron cuatro meses de calma disfrazada de felicidad. Pero era una trampa. La vida, que a veces es un poco hija de puta, y si te tiene que enseñar a perder, te enseña, pero te pone varios exámenes, no sea que con uno solo no aprendas la lección.

Él no fue como Gatusi. El humano se marchó de golpe, sin anestesia y sin dejarme margen ni tiempo de reacción. Pero tampoco me opuse porque no tuve derecho a negarme. Esa forma de mirarme.

A ese domingo de diciembre le siguió una época muy, muy complicada. También supe que no volvería. Se había llevado de una tacada todas sus pertenencias.

Todas menos una: a ti.

Le agradeceré toda la vida que te dejara aquí conmigo. Era lo mejor para ti, porque aquí tienes casa, jardín, campo, comida, agua, calor en invierno, fresquito en verano y, sobre todo, libertad y amor a raudales. Pero también ha sido lo mejor para mí. Me has salvado, pequeñaja. Pandemia, problemas laborales, decepciones, desengaños y luchas personales, con un ronroneo al lado se digieren mejor. Has sido y eres una gran compañera. Un angelito disfrazado de gata feúcha. Nadie lo habría dicho cuando eras un cachorro loco. La gata negra cuyo cuerpo tomó prestado el sol cuando quiso bajar a la Tierra, dejando en su pelaje algunos de sus rayos al salir cagando hostias al amanecer.

Le agradeceré toda la vida los casi diez años que pasé con él, felices en su mayoría. Un bonito viaje, con sus picos y sus valles. Una buena novela con las últimas páginas arrancadas. No negaré que me duele que me haya borrado completamente de su mundo. Porque, aunque lo que no puede ser es imposible, me gustaría saber que es feliz y que él supiera que lo querré siempre. Y que para él pido lo mejor, porque querer es eso: desear la felicidad del otro, aunque no podamos verla ni tocarla con las manos.

Gracias por recordarme que hoy es su cumpleaños, Olivia, pero no lo había olvidado. Sé que —aunque no leerá esto— de alguna forma le llegará nuestra felicitación por sus 44 vueltas al sol. El número 44, también conocido como el sanador maestro, simboliza entre otras cosas la fuerza de voluntad y el éxito.

Porque para contar tu historia, Olivia, tengo que contar esa parte de la mía. Porque sin ella nuestra historia no habría sido la misma. Porque tú y yo somos por lo que él y yo no fuimos.

Qué suerte la mía. Por lo vivido, por lo aprendido, por lo que soy y porque te tengo, Olivia. Tal vez el número de mi apuesta después de todo no fuera el perdedor. Porque para ganar es necesario haber perdido. Y aunque no siempre lo sienta así, sé que, al final, he ganado.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.