DÍA 32 – SIEMPRE

La amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas.

Aristóteles

Esta es la historia de una amistad.

Se conocieron en la adolescencia, nadie recuerda exactamente cómo ni cuándo. Quien afirme que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, se equivoca. A menos que existan obligaciones o restricciones conocidas, la amistad es lo que dos personas quieren que sea. Con las implicaciones que demandan ellas dos y nadie más.

Podían pasarse horas y horas hablando, y nunca se quedaban sin palabras. Y paradójicamente, con una sola mirada se lo decían todo. Mantenían largas conversaciones por placer, porque en realidad, no les hacía falta. Poco estímulo necesitaban para concatenar asociaciones de ideas, buscarse con los ojos y echarse a reír a carcajadas por algo que solo ellos dos entendían. Podían resultar algo irritantes ante los demás, es cierto, pero lo mismo les daba.

Ella le ayudaba con las chicas. Tampoco le costaba mucho trabajo. Un «a qué es mono, creo que le gustas» bastaba para tender un puente hacia alguien tan guapo y divertido. Su mirada y su sonrisa hacían el resto. Fueron muchas las chicas, pero no por mujeriego, sino porque todas eran «el amor de su vida» hasta que una peca graciosa y sexy en el cuello pasaba a ser una verruga asquerosa al paso del tiempo (y no tanto tiempo). Y entonces el amor de su vida se volvía incluso desagradable y ahí se terminaba la historia. Y llegaba un amordesuvida nuevo y a veces se solapaban un poquito. Pero esta vez es de verdad. Es la mujer de mi vida, te lo juro. Que sí, que sí. Hasta que deje de serlo.

Él la admiraba y confiaba en ella. Le demostró repetidas veces y de muchas formas cuánto la quería. Se confiaron todos sus secretos, de todos los ámbitos. Se conocieron en muchas facetas y jamás tuvieron una pelea. Pasaban noches enteras de verano hablando, riendo y fumando, midiendo el tiempo en cigarrillos. Uno más y me voy, que en casa me matan. Pero nunca era uno solo. A veces incluso había que ir a comprar más porque se les acababan las reservas.

Se veían a diario y parecía que no era suficiente. Pero la entrada en la vida adulta, finales de estudios, cambios de etapa, nuevos trabajos y experiencias propiciaron una forzosa separación física. Quizá eso fue positivo a la vista de los acontecimientos futuros, pero quién iba a imaginarlo entonces.

Eran los años 90. Ni globalidad, ni mensajería instantánea, ni leches. Cartas, de las de toda la vida, con su matasellos, sus tumbos por el mundo, manuscritas en azul, con páginas y páginas llenas de la ilusión de mirar el buzón, ver el sobre, abrir la carta y leerla una y otra vez hasta aprendérsela de memoria. Contestar y esperar varios días –o semanas– a la siguiente. En una ocasión, ella le contaba no sé qué sobre uno de aquellos amores de su vida y terminó la frase con un «no te disperses, que te veo». Y él le confesó más tarde que, efectivamente, había levantado la vista para dejar volar la imaginación y urdir alguna especie de estrategia y, al volver a la lectura, se sorprendió y sonrió al leerla. Cómo me conoces, le dijo cuando volvieron a verse.

Hasta que, una madrugada de agosto, todo se fue a la putísima mierda. Recién estrenados los móviles de la época, con sus tarjetas prepago, sus mensajes de texto de caracteres limitados y que se apagaban por la noche –porque la necesidad de conexión perenne y la disponibilidad perpetua no eran como el oxígeno que son hoy en día–, la vida dio un vuelco y todo se vino abajo.

Él trabajaba hasta entrada la noche, y la llamó cuando estaba a punto de salir, por si quedaban con el resto del grupo, que había cenado en el bar de siempre. Ella le dijo que no parecía haber mucho ánimo de ir de fiesta y que quizá mañana. Que si tenía otro plan, se quedara por allí, que aquí no tiene pinta de que vayamos a hacer gran cosa y te vas a pegar 30 kilómetros para nada.

Ella apagó el móvil después de esa llamada y no vio la siguiente –nunca el adjetivo «perdida» ha sido más desoladoramente adecuado para calificar a una llamada — hasta varias horas más tarde, en la mañana de un día de lluvia, cuando ya la habían informado de que un coche le había embestido de frente y de que había muerto en el acto.

Él finalmente había decidido acudir. Y ella aún no se explica por qué apagó el móvil y perdió para siempre su llamada y no le ocupó unos minutos cruciales para impedir su paso por esa curva en ese preciso momento.

Todo se fue a la mierda, excepto una cosa: la inmensa suerte de ella de haber tenido un amigo como él. Ni lo había tenido hasta entonces, ni lo volvería a tener jamás. A ella le gusta imaginar cómo sería su amistad a día de hoy, en la época del smartphone, de la conexión constante y sin variables, sin tiempo entre cartas, sin distancias emocionales y, al mismo tiempo, de eternos vacíos escondidos detrás de los mensajes de Whatsapp. Le piensa mucho y muy fuerte. Le encantaría contarle todo y, a la vez, quiere pensar que él ya lo sabe. Y pagaría con todo lo que tiene un último abrazo, una despedida y un «nunca te lo dije, pero te quiero a rabiar».

Hoy cumples una nueva vuelta al sol. Son muchas ya sin verte, demasiadas desde que te fuiste y yo sigo sin entender por qué tuvo que ser tan pronto. Quizá porque ya eras todo lo bueno que puede ser una persona y lo aprendiste todo más deprisa que nadie. Pero yo creo que te quedaron muchas cosas pendientes por vivir. Y las que yo pueda vivir por ti, las vivo, y te las dedico. Te las regalo.

Un eterno beso a tu isla del cielo por tu cumpleaños, Ricky. Sigo echándote muchísimo de menos. Siempre.

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