Nada refuerza tanto la autoridad como el silencio.
Leonardo da Vinci
Este blog nació con el confinamiento de 2020 y contiene varias alusiones a la pandemia, al encierro y a sus efectos, que ahí quedan, pero un tiempo más tarde, preferí mirar hacia delante e intentar dejar atrás una etapa diferente, con sus luces y sus sombras, y no caer en el tópico de «escribo porque estoy confinada» o «historias de confinamiento». Escribo porque siempre me ha gustado y porque es lo único que tengo la certeza saber hacer. Solo que llevaba muchos años sin hacerlo y, un día, decidí volver.
Espero que, a todos los que me animabais a escribir cuando leíais las Crónicas gatunas y demás posts en mi Facebook, os guste este intento de entretener (a mí misma en realidad; me dirijo a una segunda persona del plural para sentirme acompañada) y me dejéis vuestros comentarios.
Nadie se baña dos veces en el mismo río, porque todo cambia en el río y en el que se baña.
Heráclito de Éfeso
Cada año, en este día, he querido contarle al mundo cuánto te recuerdo. Algunos años te he escrito a ti, contándote mi historia desde que te fuiste. Otros años le he escrito al mundo, contándole la nuestra desde la suerte de haberla vivido, porque mereces ser recordado por quienes te conocían, y conocido por quienes no gozaron de ese privilegio.
Este año es diferente por muchos motivos. Uno de ellos es que, pronto, habrá pasado más tiempo desde que no estás en este mundo del tiempo en que tuvimos la suerte de que vivieras en él. Tal vez sea un dato fortuito sin mayor trascendencia, pero a mí me da la sensación de que te alejas un poquito más. Pero seguro que es sólo eso: una sensación. Para mí siempre estarás presente. Para mí siempre estás presente.
Hoy se cumplen años de una revolución solar que marcaría mi vida, un tiempo más tarde, en forma de amistad, de aprender a hablar con la mirada, a querer con la risa y a añorar con las palabras. Y hoy, como cada año en este día, quiero recordarte y gritárselo al mundo. Y no se me ocurre mejor forma de hacerlo que contarte a ti —el primero, como siempre—, y también al mundo, que todo ha cambiado. Y compartir la receta, por si a alguien le apetece probarla.
Llevo más de dos años con este blog, que he ido manteniendo de forma irregular e irreflexiva, porque al final sólo ha sido una herramienta terapéutica donde he podido disfrutar de hacer lo que más me gusta, que es escribir, y contar mis vivencias y soltar la imaginación con varios relatos. Y me parece justo, después de pocas ficciones de las que me siento realmente orgullosa y de muchas realidades sobre mi lucha por crecer como persona, contar el final de una batalla cuando al fin se traduce en victoria. Porque no vamos a venir aquí sólo a soltar las mierdas, que aunque siempre estuvieron revestidas de esperanza, eran mierdas al fin y al cabo.
Te cuento que hace unos meses, en Navidad, mi niña interior pidió un cambio de vida como regalo. En la carta a los Reyes, explicaba cuánto se había esforzado durante dos años por no perder la esperanza de ser feliz, por mantenerse positiva, por sacar fuerzas para tirar del carro, por repetirse una y otra vez que todo iría bien. Pero nada iba bien y el carro empezó a pesarle un poco, porque se iba llenando de una carga cada vez más difícil de arrastrar. Y los Reyes le trajeron el mejor regalo del mundo: el tiempo. Ese tiempo que tú y yo nos tragábamos en las noches de verano, cuando mirábamos el reloj y habían pasado dos horas en cinco minutos.
Te cuento que, con ese tiempo, me quité el reloj y los prejuicios. Me costó, pero salí de la inercia de hacer lo correcto y decidí escucharme y hacerme caso a mí. Decidí decidir. Por primera vez en mucho tiempo. Y aparqué el carro del que llevaba tirando dos años. Puede sonar fácil, pero no lo es, cuando cualquiera me habría llamado loca, por ejemplo, por rechazar un trabajo cerca de casa, con un sueldo digno, habiéndome quedado en el paro en los tiempos que corrían. En los tiempos que corren.
No es fácil cerrar los ojos y decidir apuntar a la luna, y no para llegar a las estrellas, sino a la propia luna o más allá. Era eso o quedarme en tierra. Doble o nada. Se acabaron los vuelos baratos a destinos mediocres.
Decidí descansar porque era lo que me pedía el cuerpo. Vivir el presente, como los gatos. Bendita sea la vida de los gatos. Pasé tres meses viviendo como Olivia, durmiendo, comiendo, saliendo y ronroneando a cualquier hora del día o de la noche. Me relajé, me quité la culpa, me quité la rabia, me quité el miedo y confié. O acepté. Tanto que cuando estaba en el momento álgido de un nirvana de relajación, un trabajo me encontró —que no al revés— y no lo pude rechazar, porque era la luna de los trabajos. Y ese fue el premio por arriesgarme a no conformarme con menos.
Visto el éxito en lo profesional de la estrategia de fluir, decidí aplicarla también a las otras áreas de la vida. La técnica es sencilla, aunque nada fácil: sólo hay que dejarse llevar, escucharse bien adentro, centrarse y disfrutar del paisaje. Sin pensar en el futuro. A veces venían fantasmas a meterme ideas absurdas en la cabeza sobre la soledad, el paso del tiempo, el hacerse mayor…. Es verdad. Los fantasmas existen. Pero no les hice caso. No les hago caso.
Y funcionó. Algún día, si me dan permiso, contaré una historia que no es sólo mía. Es la historia de cómo una concatenación de casualidades y fuerzas desconocidas, que me llevaron por caminos insospechados que jamás habría pensado que recorrería, me atrajo hacia una persona con la que, por primera vez desde ti, y después de tantos años, me como el tiempo.
En tu revolución solar te cuento que he viajado a la luna dos veces este año. Una Luna en Leo que me ha vuelto literalmente loca de felicidad y amor, que me ha descubierto que hay tantos mundos como tú quieras crear, que la vida tiene posibilidades infinitas y que cuando parece que se acaba, es cierto: se acaba, pero empieza una nueva. Sé que estarías orgulloso y que te alegrarías por mí.
Tanto que me gusta escribir y ya van cuatro veces que no acierto con los tiempos verbales. Sé que estás orgulloso y que te alegras por mí. Te echo de menos. Feliz Revolución Solar.
Y pese a ser un triunfador, vivo aterrorizado por mi mayor enemigo. Me posee. Me vampiriza y me somete a constantes abusos. Es invencible, no da tregua. Necesito saber si podré respirar después de mi último aliento.
Nací un cálido día de primavera de hace poco más de cincuenta años. Varón, algo más de tres kilos, un parto relativamente rápido y una madre tan feliz como asustada. Me pusieron el nombre de mi padre, quien, a su vez, llevaba el nombre de mi abuelo. Todo muy costumbrista, muy normal y muy corriente.
Tuve una infancia relativamente feliz en un pueblo de la periferia, de varios miles de habitantes. Crecí en una época en la que los niños jugaban en la calle, saltaban en los charcos y llevaban pantalones cortos en invierno. Con calcetines altos y de lana, eso sí. Es que cuando la vida era en blanco y negro, las gripes no eran como las de ahora.
En la adolescencia, viví mi primer amor. Era preciosa, inteligente y divertida. Se llamaba Alba. Larga melena pelirroja, piel que hacía honor a su nombre, rociada de pecas, ojos verde boreal y sonrisa traviesa. Rezumaba amor y oxitocina de pies a cabeza. Ni la flor más bonita desprendía aquel aroma tan dulce. Tuvimos una apasionada historia atestada de primeras veces. No sé por qué renuncié a las siguientes en busca de nuevas primeras veces con otras personas. La estupidez me indujo a pensar que me estaba perdiendo algo. Entonces no fui consciente de su sufrimiento ni pensé —como pienso ahora— que quizá dejé escapar allí al amor de mi vida. Porque las cosas vienen cuando vienen, no cuando uno quiere. Y si quieres las tomas y, si no, las dejas (como las lentejas) pero toda decisión tiene sus consecuencias, ya sean con verduras o con chorizo.
No volví a saber de ella hasta que, años más tarde, me enteré de que había muerto. Una enfermedad cruel que, en pocos meses, convirtió su piel blanca en pergamino gris, sus voluptuosas curvas en áridas líneas rectas, su mirada en un abismo y su corazón en una piedra. Alba solo tenía veinticinco años cuando se le acabó el tiempo.
Cuando ocurren estas tragedias, no puedes evitar pensar en ti. Así es como trabaja el ego. Te preguntas si al final te había perdonado. Te preguntas si te has ahorrado un sufrimiento o si perdiste una oportunidad. ¿Qué habrías hecho de haber sabido cuánto tiempo os quedaba? ¿Habrías continuado con ella? Al final todo el mundo muere y todos tenemos exactamente las mismas probabilidades: o morimos hoy, o morimos otro día. ¿Habrías elegido ser más feliz durante solo unos años? ¿Merece la pena si luego tienes que caer a los infiernos?
¿Es sensato cambiar felicidad por tiempo?
Estudié la carrera de derecho y me casé con mi novia de la facultad. Tuve dos hijos, y al mayor le pusimos mi nombre, y el de mi padre, y el de mi abuelo y —con toda probabilidad— el de mi nieto. Elisa, mi mujer, ha sido muy buena conmigo. Creo que me ha querido más que yo a ella. Creo que no se merece esto.
Pasaron los años, sin pena ni gloria. Trabajo anodino, existencia rutinaria. Los niños crecen, afortunadamente sanos, la hipoteca se paga, el matrimonio sobrevive. No nos falta de nada. Lo que en estos tiempos se conoce como «triunfar en la vida». La gran estafa del siglo XXI.
Y pese a ser un triunfador, vivo aterrorizado por mi mayor enemigo. Me posee. Me vampiriza y me somete a constantes abusos. Es invencible, no da tregua. Necesito saber si podré respirar después de mi último aliento.
Mi mayor enemigo es el tiempo. No se detiene, no te da permiso, no te deja parar a descansar. Es como un inmutable reloj de arena al que no puedes dar la vuelta. Entonces lo golpeas fuerte, lo rompes y juntas las manos, intentando hacer acopio de las partículas que caen, entremezcladas con los trozos de cristal, que te cortan y se te escurren entre los dedos. Y vas cerrando los puños para intentar retener el tiempo, pero cuanto más fuerte aprietas, más penetran los cristales en tu piel y más daño te causan. Hagas lo que hagas, lo vas perdiendo sin remedio. Y cuanto más pierdes, más duele, más hiere y más sangras.
Esa sensación de haber malgastado un saldo indeterminado de vida me ha superado. He probado todo tipo de recetas físicas, espirituales y químicas, y ninguna aplaca la ansiedad de una existencia insustancial. Angustia por aburrimiento. Manda cojones.
Nací un cálido día de primavera. Tuve una infancia relativamente feliz. En la adolescencia viví mi primer amor, y no volví a saber de ella hasta que, años más tarde, me enteré de que había muerto. Estudié la carrera de derecho, me casé con mi novia de la facultad, tuve dos hijos, soy un triunfador fracasado y vivo aterrorizado. Hasta aquí, los fotogramas que dicen —y es cierto— que ves justo antes de morir. Acabo de darle la patada al taburete y siento la presión de la soga en el cuello. El tiempo, mi pertinaz enemigo, me ha obsequiado con esta película de mi insignificante existencia. Pero la sensación de asfixia no es más intensa ahora que antes, os lo juro. Una y mil veces, prefiero morir sintiendo que vivir muriendo.
Elisa y mis hijos no se merecen esto.
Parece que me va a estallar la cabeza y que mi cuerpo se ha petrificado mientras me balanceo como un péndulo. Pero la constante presión en mi pecho amaina a medida que me va faltando el oxígeno. Y de repente, por primera vez en mucho tiempo, siento una deliciosa y casi olvidada sensación de paz.
Alba está frente a mí. Más bella que nunca, sonríe y me tiende la mano. La tomo y, en un fundido a negro, transito.
Al final, juntos —no podía ser de otra manera— hemos conseguido vencer al tiempo.
No limites a un hijo a tus conocimientos, ya que él nació en otra época.
Rabindranath Tagore
Yo habría creído en los monstruos que viven debajo de tu cama, detrás de tu puerta y dentro de tu armario. Habría luchado con mi arsenal de amor contra ellos, tus ogros sin dientes largos ni cuerpos raros, pero con nombres propios como ansiedad, tristeza y miedo. Habría inflado globos con ellos y los habría soltado hasta perderlos de vista en lo más alto del cielo.
Habría comprendido que tus temores son los míos y habría tratado de afrontarlos, no delante ni detrás de ti, sino a tu lado, para no ocultarte bajo el amor equivocado de una manta tejida con hilos gruesos de protección y recelo. Habría llenado más globos y los habría lanzado a volar muy alto, y muy lejos.
Habría intentado contarte que ser valiente no significa no tener miedo, sino agarrarlo bien fuerte y saltar los dos juntos al mar. Y sobre las olas de la vida te habría enseñado a nadar y a tumbarte boca arriba, dejándote acunar por ellas y mecerte con el viento, y seguir al sol iluminando tu travesía. Y a mirar entre las nubes a los globos surcando el firmamento.
Habría dormido contigo de la mano hasta que se hubiera soltado sola. Te habría confesado que los sueños evocan las mismas emociones que las realidades y te habría alentado a contarlos, cantarlos, escribirlos o pintarlos, para no olvidarlos y así poder trascenderlos. Y los habría metido en globos para que volasen, mucho más allá de la galaxia de los miedos.
No habría juzgado tus lágrimas de desamor, ni habría tratado de convencerte de su ilegitimidad. Todas las lágrimas emanan de la fuente de la tristeza, que no de un cocodrilo, y merecen siempre el mismo respeto, porque lo de llorar no es exclusivo de los niños. Habría abrazado tu llanto por un juego, por una pelea, por un abandono o por un corazón roto. Te habría contado que el dolor te confiere el derecho a enfadarte y a gritar, pero te habría prometido que el mal siempre termina. Y tarda menos cuando lo miras de frente y ves como se aleja en un globo que se marcha de tu vida.
Habría aplaudido y animado tu valentía por no dejar de expresarte en toda forma de comunicación o de arte, bien empapado por la tormenta más feroz, bien abrigado por el sol más deslumbrante. Hay que sentir en todos los sentidos y no privarse de un escalofrío para no ser, paradójicamente, un témpano de hielo. También te habría revelado un secreto: la sensibilidad no es una debilidad, es un superpoder más alucinante que un viaje en globo por el cielo.
Te habría acompañado en el ejercicio de la honestidad como religión de vida, al margen de que hubieras elegido profesar cualquier otro dogma. Te habría advertido sobre la mentira, que es otro monstruo que vive en la boca de las malas personas, de las que es imprescindible mantenerse lejos. Esquivar los dardos que escupen habría sido el mayor secreto de tu éxito en la vida. Éxito que, también te lo habría desvelado, consiste en amar lo que haces, agradecer lo que tienes, disfrutar del tiempo que se te ha dado y ser feliz, por más que llueva una y mil veces. Mentira es que el éxito sean unos papelajos de colores llamados dinero, que los propios humanos inventaron para justificar sus crímenes contra ellos mismos y contra el planeta entero. Se apropiaron de lo que no era suyo y se inventaron el dinero para convencernos de que lo necesitábamos para recuperar lo que tampoco era nuestro, ni lo había sido nunca. Ojalá todo el dinero del mundo vuele en un globo hasta el sol. Y ojalá el globo explote y esa lacra se funda.
Me habría sentido orgullosa de ti si te hubieras negado a vivir según las normas y también si hubieras decidido girar en la rueda de la sociedad, siempre que no hubieras hecho daño jamás. Nunca está justificado herir a las personas o a los animales, ni con actos, ni con golpes, ni con puñales. Ni con las palabras, los instrumentos más versátiles del mundo, la música más melódica y, a la vez, el arma más violenta. Igual que todos los globos que hoy tú y yo estamos soltando a raudales.
Habría intentado no tener que pedirte nada, por haber podido ser capaz de transmitírtelo todo.
Te habría amado por encima de todas las cosas y te habría regalado todas mis reservas del bien más valioso del mundo. Un bien más bello y exiguo que la piedra más preciosa. El tiempo. Te habría alentado a quedarte con las personas que te obsequian con su tiempo, porque es el regalo más grande y hermoso con el que, quienes te quieren, te honran .
Habría aceptado que tú no eras mío, sino de la vida, desde el momento en que te hubieras desprendido de mí. Habría estado a tu lado siempre que tú lo hubieras querido. Te habría amado muchísimo, si hubiese querido compartir mi vida contigo. Por favor, no me malentiendas. Te pido que no consideres que mi decisión nació del egoísmo, del miedo o de la falta de amor. Quiero que sepas que mi elección emana de mi libertad, pero que de amor, generosidad y tiempo tengo miles de globos llenos. Y que los desato cada día con la fe de que te lleguen, estés donde estés y donde quieras estar.
Solo espero que vivas donde te den mucho amor, pero del de verdad. Que el mundo está lleno de buenas intenciones —como todas las que yo misma te cuento— pero la realidad no siempre termina por corresponderlas y se esfuman como los globos que se escapan de las manos de los niños en las ferias. Si por algo tengo que lamentar el no haber estado contigo es por el temor a que no hayas podido vivir en un sitio mejor que el que yo te habría ofrecido. Pero abrazo la esperanza de que hayas sido y seas muy feliz, de que respires, vivas y ames con todas tus fuerzas y de que seas millonario de esa fortuna tan valiosa que es el tiempo. Que lo disfrutes como si tuvieras muy poco, lo regales como si fuera eterno y lo vivas como si fuera efímero, porque —siento decírtelo— lo es. Un buen día, el tiempo se esfuma, como un globo que sale volando y ya no regresa nunca.
Y antes de despedir esta carta que hoy te escribo a ti, el hijo que nunca tuve, admito cierto egoísmo de sentir una punzada de alivio al pensar que nunca me ocurrirá lo peor que puede pasarle a alguien en la vida. No puedo ni tocar con las puntas de los dedos el dolor de una madre o un padre que pierden a su hijo. Es tan terrible que nadie se ha atrevido siquiera a ponerle nombre. Porque hay cosas que, simplemente, no deberían ocurrir jamás, porque no las merece nadie. Supongo que habría intentado avisarte, a regañadientes —porque no quisiera que perdieras nunca la ilusión—, de que la vida no es justa. No. No lo es. Y que aquello de que todo pasa por algo, mucho me temo, tampoco acaba de ser cierto. Ojalá la tristeza de quienes perdieron a sus hijos pudiera meterse en un globo gigante que se alzara muy alto, y muy lejos.
No te tuve porque no quise, pero te prometo, hijo, que te habría amado por encima de todos los globos que volarán cuando, en otra vida, sí te tenga.
Dedicado a todas las madres y a todas las mujeres que, como yo, han tomado la legítima decisión de no tener hijos, lo cual no nos convierte en menos mujeres ni nos resta en modo alguno la capacidad de amar. Y sobre todo, dedicado a las mujeres que no han podido ser madres, y a las madres que tienen a sus hijos en el cielo, porque son las más fuertes y las más grandes del mundo. Todos mis globos colmados de amor para ellas.
Quisiera sufrir todas las humillaciones, todas las torturas, el ostracismo absoluto y hasta la muerte, para impedir la violencia.
Mahatma Gandhi
Se abrieron las puertas. Es cierto que no esperaba que fueran a buscarlo ni lo recibieran con vítores y pancartas, en la típica estampa de la familia agolpada en la terminal de llegadas del aeropuerto. No esperaba los saltos, las lágrimas de emoción, los abrazos, el equipaje repartido entre todos mientras caminan hacia el coche, algún niño correteando y una abuela en silla de ruedas, que está mitad aquí, mitad quién sabe. Y quizá también un perro.
No, no esperaba nada de todo eso, pero al menos podía haber acudido alguien.
Arrastraba un trolley con sus cuatro pertenencias. Y arrastraba también sus cuarenta y tantos años llevados regular tirando a mal, con la barba escasa y desaliñada, el pelo muy corto y canoso, y la ropa vieja. Vintage no. Vieja. Miró hacia ambos lados varias veces, como un espectador de un partido de tenis, con la esperanza de haberse perdido algún detalle en un ángulo muerto. Aquel gesto le evocó un lejano recuerdo. Pero nadie había acudido a recibirlo ni a llevarlo a ninguna parte.
Claro que aquello no era la terminal de llegadas de ningún aeropuerto. Era el módulo masculino del centro penitenciario San Cristóbal. Y el punto final de sus diez años de condena por agresión sexual.
Con la música bien alta, bailaba y canturreaba ella sola mientras se acicalaba. Treinta y seis bien llevados. Cuerpo normativo —sus esfuerzos le costaba—, piel de mirra, pelo de oro y ojos de zafiro. Aroma a incienso. El mejor regalo de Reyes. Después de un baño hidratante de espuma con sales relajantes, se paseaba con su mejor ropa interior mientras se secaba la larga melena ondulada y abundante, elegía vestido, se aplicaba una discreta capa de maquillaje, sombra de ojos, máscara de pestañas y colorete. Y ese sutil toque de perfume almizclado que emitía sensualidad desde —y hacia— los puntos estratégicos. Era una primera cita y ella no era de esas que lo daban todo en la primera noche. Pero quizá tampoco era de las otras. El caso era que él tampoco la había seducido más que con la insistencia. No había sido ni mucho menos un flechazo. Y como suele ocurrir en estos casos, ella se dijo: ¿por qué no darle una oportunidad?
¿Por qué no darme una oportunidad?
La recogió más tarde de lo acordado y fueron a cenar a un restaurante de decoración algo opulenta en relación con la calidad de la comida. Un quiero y no puedo que él había escogido y que ella recibió con cierta ternura. Él había querido marcarse un tanto y, pese a todo, a todas nos gusta gustar y ella no era una excepción. Al menos él tuvo el valor de ser impuntual, porque tanta perfección al final empalaga, la verdad. Pasaron una cena agradable y poco más. Fueron a tomar una copa después y se despidieron con un largo beso. Él se enamoró locamente. Ella ya había olvidado las mariposas en el estómago de los primeros besos, y no fue precisamente aquel beso el que se las recordara. No sintió nada. Incluso pensó en no volver a verlo nunca más.
Dejó atrás el edificio de la prisión, arrastrando el trolley, la edad y la mierda emocional acumulada durante todos los años de condena, diez en la trena y veinte más en su cabeza. Caminó durante varias horas hasta que llegó a casa de su madre. La señora, viuda, mayor y con algún síntoma preocupante de demencia que nadie se había molestado en confirmar, por no molestar a nadie, había olvidado que aquel era el día en que su hijo salía de la cárcel. Cuando lo vio en el umbral de la puerta lo abrazó, lloró, se lamentó y moqueó hasta atragantarse. Le sobrevino un ataque de tos, seguido de una náusea, pero la tragedia que se mascaba pudo detenerse a tiempo en un ejercicio de contención y autocontrol. Miró a su hijo y entendió que aquel pobre desgraciado no tenía dónde caerse muerto. Y que había decidido caerse muerto justo allí, con ella.
Sabe Dios que el amor de una madre es infinito. Pero sabe también que hay mil y una formas de demostrarlo y que no todas son las más adecuadas a ojos de un hijo. Maneras de querer hay tantas como maneras de vivir. Su relación nunca fue buena en ese sentido, y desde pequeño él había desarrollado una especie de sentimiento de amor y odio mezclados a partes iguales hacia su madre y, por extensión, hacia el resto de las mujeres del planeta. Pero a aquellas alturas, no tenían más remedio que profesarse los afectos, cualesquiera que fueran, bajo el mismo techo de un cuarto piso de ochenta metros sin ascensor.
Hubo segunda cita. Cenita en un local de moda, de esos a los que vas porque lo recomiendan personas influyentes de las redes sociales y en los que ni meterías un pie de no ser por eso. Mesas altas, luces de colores estridentes, taburetes incómodos, comida rápida y decoración kitsch. Pero dejarse llevar —y traer, y escuchar, y admirar— no albergaba ninguna dificultad, con lo que también hubo tercera cita. Y cuarta. Era la mujer más maravillosa del mundo, le dijeron. La más inteligente, la más sensata, la más bonita. Cómo renunciar a tanto agasajo.
Llegó el día protocolario para consumar la relación. Cuando te invitan un fin de semana a una cabaña en la montaña, aislada y rodeada de nieve, con sus paredes de madera, jacuzzi privado y cama king size, parece que no puedes negarte a la evidencia. Ni a la evidencia ni a nada. Bueno, las citas han sido amenas, él ha sido cariñoso y ha querido impresionarte desde el primer momento. Seguro que será dulce y respetuoso. No digas que no has aceptado seguir con el juego y que no has visto las señales. Simplemente, no has querido verlas. Tus mariposas perdidas. Sus comportamientos erráticos que tradujiste como excentricidades. Su insomnio anacrónico y sus vahídos de sueño a media mañana. Sus constantes devaneos físicos y mentales. Sus repentinas ausencias.
Qué ibas a reconocer tú, alma cándida, los síntomas de un trastorno psicótico inducido por consumo de cocaína.
El entorno era idílico sin duda. Una casita de madera en medio de la nada. Los copos de nieve caían lento, como si una invisible mano gigante espolvorease virutas de coco rallado sobre un volcán de chocolate. (Es que lo de cubrir el bosque con un manto blanco está ya muy sobao). La chimenea encendida, las alfombras de pelo —sintético, no me jodas, que hay cosas que no se pueden tolerar por más lisonja que lleven implícita—, las copas de cava y una merienda-cena al lado del fuego. Y de postre, cinco gramos de farlopa. O seis, ya no sé.
Vamos con todo. La noche de las primeras veces. Alcohol, coca y elocuencia en idénticas proporciones. Raya tras raya, trago tras trago. De entrada parecía estimulante y divertido. Las sensaciones a flor de piel, la mente alerta, la batalla dialéctica servida y aderezada con pupilas dilatadas y la piel en llamas. Con eso y una mirada muy distinta a la que conocías, se abalanzó sobre ti tu dulce príncipe y no dejó margen al comedimiento. Lo quiso todo y todo lo obtuvo. Creíste que era lo correcto, que habías llegado hasta allí con un mensaje explícito y no quisiste contradecirte ni decepcionar. Si vas es porque consientes. Seguro que no había mala intención, era la pasión de su inconmensurable amor por ti y de todos los demás estímulos. Cerraste los ojos y accediste. Accediste a todo aquello a lo que jamás habrías querido acceder en una primera vez. Y quizá tampoco en una segunda, ni en una tercera. O quizá no al menos con aquella persona.
¿Accediste?
Él fingió creer que tus gritos —que nadie más pudo escuchar— nacían del placer más instintivo, de la pasión más primaria. Pero tú chillabas de puro dolor y contenías las arcadas y los reflujos que te provocaban los olores, los fluidos, la expresión con la que te miraba, las babas de los lametones indiscriminados en tu cara. Esquivabas su rostro girando la cabeza hacia ambos lados, una y otra vez, con cada embestida de velocidad progresiva, de chirriantes jadeos y de creciente furia. Que acabe ya, por favor. Por favor. Te habías convertido en un mero objeto y él en un monstruo. (No me gustan las analogías con animales, ellos son nobles por naturaleza y un violador no llega ni a deshecho humano).
Como cualquier otra cosa en la vida, aquello también terminó. Todo se acaba en un momento u otro, aunque la percepción del tiempo que dura sea directamente proporcional a la inmundicia emocional que engendra. El lobo volvió a su disfraz de cordero y sonrió melosamente. Como el sapo que se transforma en el dulce príncipe. Eres muy buena, te dijo. Lloraste de tristeza, de asco, de rabia, de impotencia, de dolor y de vergüenza. Sobre todo, de vergüenza. Y al muy hijo de puta le conmovieron tus lágrimas de supuesta emoción. Solo muchas duchas y muchos años más tarde empezaste a sentirte un poco limpia.
La convivencia nunca es fácil. Y menos entre un ex convicto de mediana edad y su anciana madre, medio cuerda, medio loca. Casi era mejor cuando parecía no estar en sus cabales. Tampoco estaba clara la procedencia de aquellos episodios. Posiblemente vinieran del consumo de alcohol. En realidad, a él tampoco le importaba demasiado. Cuanto más borracha, más contenta y, por ende, más tranquila. Y mientras ella dormía las monas, él se iba consumiendo día tras día entre un cigarrillo y el siguiente, tirado en el sofá, apestando a sucio y engullendo basura en forma de comida y televisión. El resto del tiempo, se gritaban y se lanzaban improperios, escupitajos y piezas de menaje de cocina a partes iguales. La situación no era sostenible pero tampoco parecía ser susceptible de cambio.
Después del fin de semana en la montaña, ella decidió cortar con la relación. Tardó mucho tiempo en comprender que podía haber dicho que no. Que daba igual la cabaña, la cama, la chimenea y la puta nieve.
La puta nieve.
Que tenía derecho a querer menos, a querer otra cosa o, simplemente, a no querer nada. Que los mensajes implícitos son subjetivos y pierden todo el poder frente a los explícitos. Que se puede cambiar de opinión, rectificar, retroceder, y que eso no significa huir. Ni ser una fresca, una guarra o una calientabraguetas. Que una retirada a tiempo es una victoria. Y que decir las cosas en voz alta siempre, sin excepción, las hace más pequeñas.
Qué pérfidas son las mujeres. Que tu propia novia, tu pareja, la persona a la que amas y que, hipotéticamente, te ama, decida joderte la vida porque en una noche de pasión cometiste algún pequeño exceso. Vamos, anda. Ella bien que estaba ahí a seguirte el juego. Con lo que la querías. Lo habrías dado todo por ella. Despertaba tu amor más tierno y también el más intenso. Te gastaste medio sueldo en un fin de semana romántico y la muy puta va y te deja tirado al día siguiente sin más explicación. Aunque poca explicación hacía falta. Estaba bien claro: era una guarra, una buscona que solo quería divertirse a tu costa y se rio de ti desde el minuto cero. Y tú detrás de ella como un pardillo. Si es que de tan bueno, eres tonto. Pues que la jodan. Ella se lo pierde. Nunca va a encontrar a otro que la quiera como tú.
Sabe Dios que ninguna mujer más va a volver a jugar con tus sentimientos. Se acabó el perrito faldero. A partir de ahora, solo citas informales y sin tanto miramiento. Si al final todas son iguales. Fingen ser recatadas y pudorosas, pero luego te comen la polla y te hacen de todo sin apenas rechistar. Hasta que das con una malnacida que te pone una denuncia y todo se precipita. Y de repente te encuentras encerrado en una celda bajo el yugo del juicio de la ley y de los demás reclusos. Todo por no reconocer que tenía tantas ganas como tú, pero claro, es más fácil calentar al personal después de beber más de la cuenta y luego hacerse la estrecha. No iba a quedar como la zorra que es delante de su familia y sus amigos. Y solo por eso, tú te llevas diez años en el trullo, así sin más, como si fueras un puto delincuente. Así va la justicia en este país.
Pero, al final, todo llega. Lo bueno y lo malo.
Con mucha ayuda, cariño, fuerza y valor, ella consiguió comprender lo que realmente había ocurrido aquella oscura noche en las montañas. Y empezó a respirar cuando dejó de culparse.
Pasado un tiempo, rehizo su vida y conoció a un hombre maravilloso que le devolvió las mariposas, la ilusión, las ganas y todo lo que se había dejado en aquella maldita cabaña en la nieve. No recuerdo exactamente cómo, pero supo que él, finalmente, pagaría por lo que le había hecho. La sentencia fue firme: una condena nada menos que de diez años. Menos mal que existe la justicia en este país.
Y pasó página. Ayudó a otras mujeres a ser libres y a defenderse de los monstruos sin alma que habitan ocultos entre las buenas personas. Que te puedes poner la ropa interior que quieras, salir con quien quieras, pasar una noche con quien quieras y eso no te obliga a nada. A absolutamente nada.
Pasaron los años y olvidó la fecha en la que él sería liberado de prisión. Pero el tiempo, aunque en realidad no exista, es inexorable y, al final, todo llega. Lo bueno y lo malo.
Una noche de luna llena, volviendo a casa después de una cena con amigas, no vio la sombra que proyectaba el hombre de cuarenta y tantos años llevados regular tirando a mal, vestido de negro, con la barba escasa y desaliñada, el pelo muy corto y canoso, escondido a la vuelta de la esquina.
Y por fin llegó el día en que volvió a verla. Habían pasado más de diez años, pero a sus cuarenta y pico, estaba más bella que nunca. Irradiaba confianza, felicidad y una luz que hacía ensombrecerse a la mismísima luna llena que brillaba aquella noche. Después de tanto tiempo, moría por volver a abrazarla y confesarle que, a pesar de todo, no la había olvidado. Que la amaba, que la perdonaba y que, esta vez, no pensaba dejarla escapar.
La amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas.
Aristóteles
Esta es la historia de una amistad.
Se conocieron en la adolescencia, nadie recuerda exactamente cómo ni cuándo. Quien afirme que un hombre y una mujer no pueden ser amigos, se equivoca. A menos que existan obligaciones o restricciones conocidas, la amistad es lo que dos personas quieren que sea. Con las implicaciones que demandan ellas dos y nadie más.
Podían pasarse horas y horas hablando, y nunca se quedaban sin palabras. Y paradójicamente, con una sola mirada se lo decían todo. Mantenían largas conversaciones por placer, porque en realidad, no les hacía falta. Poco estímulo necesitaban para concatenar asociaciones de ideas, buscarse con los ojos y echarse a reír a carcajadas por algo que solo ellos dos entendían. Podían resultar algo irritantes ante los demás, es cierto, pero lo mismo les daba.
Ella le ayudaba con las chicas. Tampoco le costaba mucho trabajo. Un «a qué es mono, creo que le gustas» bastaba para tender un puente hacia alguien tan guapo y divertido. Su mirada y su sonrisa hacían el resto. Fueron muchas las chicas, pero no por mujeriego, sino porque todas eran «el amor de su vida» hasta que una peca graciosa y sexy en el cuello pasaba a ser una verruga asquerosa al paso del tiempo (y no tanto tiempo). Y entonces el amor de su vida se volvía incluso desagradable y ahí se terminaba la historia. Y llegaba un amordesuvida nuevo y a veces se solapaban un poquito. Pero esta vez es de verdad. Es la mujer de mi vida, te lo juro. Que sí, que sí. Hasta que deje de serlo.
Él la admiraba y confiaba en ella. Le demostró repetidas veces y de muchas formas cuánto la quería. Se confiaron todos sus secretos, de todos los ámbitos. Se conocieron en muchas facetas y jamás tuvieron una pelea. Pasaban noches enteras de verano hablando, riendo y fumando, midiendo el tiempo en cigarrillos. Uno más y me voy, que en casa me matan. Pero nunca era uno solo. A veces incluso había que ir a comprar más porque se les acababan las reservas.
Se veían a diario y parecía que no era suficiente. Pero la entrada en la vida adulta, finales de estudios, cambios de etapa, nuevos trabajos y experiencias propiciaron una forzosa separación física. Quizá eso fue positivo a la vista de los acontecimientos futuros, pero quién iba a imaginarlo entonces.
Eran los años 90. Ni globalidad, ni mensajería instantánea, ni leches. Cartas, de las de toda la vida, con su matasellos, sus tumbos por el mundo, manuscritas en azul, con páginas y páginas llenas de la ilusión de mirar el buzón, ver el sobre, abrir la carta y leerla una y otra vez hasta aprendérsela de memoria. Contestar y esperar varios días –o semanas– a la siguiente. En una ocasión, ella le contaba no sé qué sobre uno de aquellos amores de su vida y terminó la frase con un «no te disperses, que te veo». Y él le confesó más tarde que, efectivamente, había levantado la vista para dejar volar la imaginación y urdir alguna especie de estrategia y, al volver a la lectura, se sorprendió y sonrió al leerla. Cómo me conoces, le dijo cuando volvieron a verse.
Hasta que, una madrugada de agosto, todo se fue a la putísima mierda. Recién estrenados los móviles de la época, con sus tarjetas prepago, sus mensajes de texto de caracteres limitados y que se apagaban por la noche –porque la necesidad de conexión perenne y la disponibilidad perpetua no eran como el oxígeno que son hoy en día–, la vida dio un vuelco y todo se vino abajo.
Él trabajaba hasta entrada la noche, y la llamó cuando estaba a punto de salir, por si quedaban con el resto del grupo, que había cenado en el bar de siempre. Ella le dijo que no parecía haber mucho ánimo de ir de fiesta y que quizá mañana. Que si tenía otro plan, se quedara por allí, que aquí no tiene pinta de que vayamos a hacer gran cosa y te vas a pegar 30 kilómetros para nada.
Ella apagó el móvil después de esa llamada y no vio la siguiente –nunca el adjetivo «perdida» ha sido más desoladoramente adecuado para calificar a una llamada — hasta varias horas más tarde, en la mañana de un día de lluvia, cuando ya la habían informado de que un coche le había embestido de frente y de que había muerto en el acto.
Él finalmente había decidido acudir. Y ella aún no se explica por qué apagó el móvil y perdió para siempre su llamada y no le ocupó unos minutos cruciales para impedir su paso por esa curva en ese preciso momento.
Todo se fue a la mierda, excepto una cosa: la inmensa suerte de ella de haber tenido un amigo como él. Ni lo había tenido hasta entonces, ni lo volvería a tener jamás. A ella le gusta imaginar cómo sería su amistad a día de hoy, en la época del smartphone, de la conexión constante y sin variables, sin tiempo entre cartas, sin distancias emocionales y, al mismo tiempo, de eternos vacíos escondidos detrás de los mensajes de Whatsapp. Le piensa mucho y muy fuerte. Le encantaría contarle todo y, a la vez, quiere pensar que él ya lo sabe. Y pagaría con todo lo que tiene un último abrazo, una despedida y un «nunca te lo dije, pero te quiero a rabiar».
Hoy cumples una nueva vuelta al sol. Son muchas ya sin verte, demasiadas desde que te fuiste y yo sigo sin entender por qué tuvo que ser tan pronto. Quizá porque ya eras todo lo bueno que puede ser una persona y lo aprendiste todo más deprisa que nadie. Pero yo creo que te quedaron muchas cosas pendientes por vivir. Y las que yo pueda vivir por ti, las vivo, y te las dedico. Te las regalo.
Un eterno beso a tu isla del cielo por tu cumpleaños, Ricky. Sigo echándote muchísimo de menos. Siempre.
Es injusto que este blog lleve tu nombre y no se he haya dignado a contar tu historia.
Te llamas Olivia, vas a cumplir tres años este verano y me has salvado —un poquito— la vida.
Volvía sola de la playa, el último día de las vacaciones de 2018. Te vi, junto a tus hermanitos, en la carretera, cuando el coche que me precedía hizo un movimiento extraño para esquivaros. Erais tan chiquitos que decidí parar por si necesitabais ayuda. Erais tan rápidos que, para cuando pude acercarme, os habíais escondido entre los matojos del margen de la calzada. Erais tan escandalosos que estaba claro que alguien os escucharía. Erais tan hábiles que os tenía delante, a mis pies, y no os veía. Me alejé, lo bastante como para comprobar que vuestra madre acudió al rescate y os fue llevando, uno a uno, a un lugar más seguro. Y me marché. Y allí habría terminado nuestra historia en un mundo paralelo. Pero no en este.
Admito que mi sugerencia de volver al lugar del hallazgo al cabo de seis horas fue medio broma, después de una larga sobremesa y alguna que otra copa. Pero resultó que la exclusiva de la idea no era solo mía y allí regresamos, una calurosa tarde de agosto, a comprobar si estaba todo en orden. Los matorrales se achicharraban en el silencio del canto de las cigarras estivales. Allí no había nadie. Ni rastro de vosotros ni de vuestro alborotador lamento. Antes de volver a casa para iniciar los rituales previos a la depresión postvacacional, me salió, desde dentro y sin pensar, una palabra en tu idioma que me cambiaría la vida. Qué iba yo a saber entonces. No sé qué fue lo que dije pero contestaste, oculta entre hierbajos, y entablamos un diálogo de maullidos hasta que dimos contigo. Escondida, solita y… ¿asustada? No, Olivia no tenía miedo. Era una valiente.
¿Qué hacer contigo un domingo de agosto a media tarde? Dejarte allí era una más que probable condena a muerte por atropello. Lo reconozco, el nombre te lo puso la veterinaria de guardia, y ni el desembolso por el reconocimiento de urgencia ni la idea de traerte a casa fueron cosa mía. Pero tampoco me opuse, porque no me creía con derecho a negarte a quien se enamoró de ti nada más verte, que tampoco fui yo. Esa forma de mirarte.
A ese domingo de agosto de encadenadas circunstancias le siguió un año, con sus 365 días —bueno, en realidad fueron nueve menos— muy, muy complicado. Más de lo que pudiera parecer.
Intentamos con todos los medios que discurrimos que Gatusi y tú fuerais amigas. Destrozaste las cortinas, el sofá, sus nervios y mi templanza. Pero no mi paciencia, por desgracia. Un año de puertas cerradas, de protocolos de adaptación, de incapacidad de tomar la decisión de buscarte otra casa. Porque te queríamos, a pesar de que eras el anticristo de los gatos. Nunca te vimos quieta. Nunca te vimos dormir.
Pero, hacia la mitad de ese maldito año, ya te habías llevado bastante escarmiento cuando te recogimos de la clínica después de la esterilización. Allí te diste cuenta de que quizá te compensaba más ser buena, que si no cualquier día estos humanos te dejan en un sitio con unas señoras de bata blanca que te trastean, te duermen, te meten en una jaula y no veas qué susto cuando te despiertas allí sola. Y qué dolor de tripa.
Un año casi entero pasó, viendo cómo Gatusi, el amor gatuno de mi vida, se alejaba día tras día. Poquito a poco. Aún hoy creo que me miraba con tristeza y reproche por haberla destronado. Un año de pérdida con cuentagotas, lenta pero progresiva. Es duro ver cómo algo se va desvaneciendo poco a poco. A veces creo que es mejor que las cosas no se deterioren y que ocurran de golpe, sin anestesia y sin margen ni tiempo de reacción. Una agonía de un año, un año de agonía, de poner todos los medios a costa de la convivencia, de la tranquilidad y de una apuesta al número perdedor. Gatusi se fue yendo muy despacio. Se esforzó trayendo más animales muertos —y vivos— que nunca, pero a pesar de sus ofrendas, tú seguías allí. Y un día, ya no volvió. Y supe que no la vería nunca más. Y me la tatué en el brazo izquierdo, cerquita del corazón y donde pudiera darle un beso siempre que quisiera y no olvidarla nunca. Me la tatué en el brazo y en el alma. Espero que, dondequiera que esté, me haya perdonado.
Nunca te culpé. Me culpé yo y aún lo hago. Pero si el destino no hubiera decidido, nosotros tampoco lo habríamos hecho y la situación demandaba un cambio urgente de rumbo.
A pesar de todo, la tristeza del duelo vino acompañada de tranquilidad. Fueron cuatro meses de calma disfrazada de felicidad. Pero era una trampa. La vida, que a veces es un poco hija de puta, y si te tiene que enseñar a perder, te enseña, pero te pone varios exámenes, no sea que con uno solo no aprendas la lección.
Él no fue como Gatusi. El humano se marchó de golpe, sin anestesia y sin dejarme margen ni tiempo de reacción. Pero tampoco me opuse porque no tuve derecho a negarme. Esa forma de mirarme.
A ese domingo de diciembre le siguió una época muy, muy complicada. También supe que no volvería. Se había llevado de una tacada todas sus pertenencias.
Todas menos una: a ti.
Le agradeceré toda la vida que te dejara aquí conmigo. Era lo mejor para ti, porque aquí tienes casa, jardín, campo, comida, agua, calor en invierno, fresquito en verano y, sobre todo, libertad y amor a raudales. Pero también ha sido lo mejor para mí. Me has salvado, pequeñaja. Pandemia, problemas laborales, decepciones, desengaños y luchas personales, con un ronroneo al lado se digieren mejor. Has sido y eres una gran compañera. Un angelito disfrazado de gata feúcha. Nadie lo habría dicho cuando eras un cachorro loco. La gata negra cuyo cuerpo tomó prestado el sol cuando quiso bajar a la Tierra, dejando en su pelaje algunos de sus rayos al salir cagando hostias al amanecer.
Le agradeceré toda la vida los casi diez años que pasé con él, felices en su mayoría. Un bonito viaje, con sus picos y sus valles. Una buena novela con las últimas páginas arrancadas. No negaré que me duele que me haya borrado completamente de su mundo. Porque, aunque lo que no puede ser es imposible, me gustaría saber que es feliz y que él supiera que lo querré siempre. Y que para él pido lo mejor, porque querer es eso: desear la felicidad del otro, aunque no podamos verla ni tocarla con las manos.
Gracias por recordarme que hoy es su cumpleaños, Olivia, pero no lo había olvidado. Sé que —aunque no leerá esto— de alguna forma le llegará nuestra felicitación por sus 44 vueltas al sol. El número 44, también conocido como el sanador maestro, simboliza entre otras cosas la fuerza de voluntad y el éxito.
Porque para contar tu historia, Olivia, tengo que contar esa parte de la mía. Porque sin ella nuestra historia no habría sido la misma. Porque tú y yo somos por lo que él y yo no fuimos.
Qué suerte la mía. Por lo vivido, por lo aprendido, por lo que soy y porque te tengo, Olivia. Tal vez el número de mi apuesta después de todo no fuera el perdedor. Porque para ganar es necesario haber perdido. Y aunque no siempre lo sienta así, sé que, al final, he ganado.
Las Constelaciones Familiares son difíciles de definir. Y si buscas información en Internet, no te vas a aclarar demasiado, porque te encuentras desde que son el milagro de la vida hasta que son un fraude, pasando por que son peligrosas (que dices también, si presuntamente no sirven de nada, ¿qué peligro iban a tener?). En definitiva, es una terapia alternativa, si bien no avalada por la comunidad científica, sí aplicada por muchos psicólogos y terapeutas que sí lo están. Al final, cada uno elige sus creencias y sus medios para encontrar su camino. Puede ser este, puede ser otro. Pueden ser varios.
Yo he tenido el privilegio de participar en dos sesiones de varias constelaciones en estos últimos tiempos. Y de entre todas las definiciones que he encontrado, algunas muy espirituales, otras muy académicas, las escépticas, las destructivas y las iluminadoras, me quedo con la mía, desde el punto de vista de un representante o participante, que no del paciente o constelado.
Mi percepción de las constelaciones familiares es que son sesiones de terapia en las que una persona —la constelada— acude a resolver un conflicto, familiar o no, actual o pasado, con la ayuda de un terapeuta —el constelador— y de varios participantes. La persona constelada elige entre ellos quién va a representarla a ella misma y qué papel desempeñarán los demás, siempre bajo la guía del constelador. Este último interviene entre todos, comenta lo que va ocurriendo con la persona tratada, y a veces incita a un intercambio de unas palabras concretas entre los representantes para ayudar a resolver el problema. En realidad, la persona constelada es un mero espectador (siempre que escribo «mero» pienso en el pescado, en este caso, veo un pez de ojos saltones observando atentamente la interacción entre un grupo de personas) que puede mirarse desde fuera, lo cual siempre es una ventaja, en esta terapia o en cualquier parcela de la vida en general.
La primera pregunta creo que es evidente: ¿cómo saben los representantes quiénes son o cómo deben actuar? Ahí empieza la magia: no tienen ni idea de nada. Y aún así, lo hacen.
En mi experiencia como participante, puedo decir que me parece increíble cómo, dejándote llevar y sin prejuicios, sabiendo dónde estás y para qué has ido —ayudar a alguien que lo necesita, aunque no sepas quién es—, te conviertes literalmente en otra persona. De otra edad, de otro género, con otras emociones. La única «dificultad» radica en no pensar, en dejar que tu cuerpo y tu alma se muevan libremente y que tus emociones afloren sin barreras, llevándote hacia unas personas o alejándote de otras. Y sacando de lo más profundo de ti todo lo que sientes en ese momento: amor, rechazo, tristeza, odio… Al final, la mayor parte de las veces no sabes ni quién eres ni qué conflicto se está tratando.
En una de las sesiones, en una constelación, yo me acercaba a personas que estaban de pie, y me sentaba en una silla. Y cuando me moví hacia alguien que estaba sentado en una silla, me senté en el suelo. Siempre a una altura inferior a todos los demás. Me sentí vulnerable, incomprendida, enfadada y perdida. Emociones totalmente alejadas de mi momento vital actual. Luego supe que yo representaba a una niña de diez años —¡por eso me posicionaba más bajita!—, envuelta en una guerra ajena y utilizada como arma y moneda de cambio.
También he sido oveja negra. La rebelde que tiene a media familia enfadada. Es interesante ver las cosas desde el lado que considerarías «el contrario». Pero en defensa de todos los descarriados del rebaño, diré que ellos no son conscientes de serlo. Igual que los que tanto presumen de lo que carecen, que afirman ser valientes y quizá no lo son tanto, o los que se quejan de tropezar siempre con la misma piedra, pero no se dan la vuelta para dejar de darse cabezazos contra la pared, porque la han convertido en una parte de ellos y allí, al menos, saben dónde están.
La segunda pregunta también es evidente. ¿Cómo se resuelve el conflicto? Nunca sabré el resultado de las constelaciones en las que he participado. Lo que sí he visto es que la persona constelada siente una revelación, una liberación, un alivio. Puede resultar difícil creer que las personas de su entorno vayan a reaccionar de una u otra manera solo porque unos desconocidos los hayan representado. Pero igual de increíble podría parecer experimentar sentimientos ajenos con tanta intensidad y de eso sí puedo dar fe. Supongo que, al final, es otro camino para llegar al mismo fin: que la persona se abstraiga de su subjetividad, contemple su situación desde una perspectiva externa, y decida el camino a tomar para avanzar. Y si tú cambias de actitud, tu entorno también cambia. Es magia y, a la vez, no lo es. Es un ejercicio de honestidad.
Hoy concluye mi cuadragésimo séptima vuelta al sol (vale, he tenido que buscar el ordinal) y, pese a las circunstancias del momento, me he sentido acompañada y querida. En la pelu me han hecho una performance cumpleañera (qué vergüenza), he traspasado un poquiiito la frontera de la legalidad vigente sobre los cambios de municipio, he tenido videollamada-copa-celebración con las amigas y mañana… más. Ha sido una vuelta al sol larga y breve al mismo tiempo, con muchos matices, aprendizajes y descubrimientos.
Agradecida de empezar la siguiente, con muchas ganas y con el convencimiento de que cada día va a ser mejor que el anterior.
A los que me habéis dedicado hoy una parte de vuestro tiempo, gracias. Espero poder devolvéroslo multiplicado. Mucho amor para todos. Del de verdad.
Hasta 2018, cada 31 de diciembre, publicaba en Facebook una felicitación del año nuevo en forma de crónica breve de todo lo vivido los 365 días anteriores y con mis mejores deseos para los 365 siguientes.
El año pasado no lo hice, porque no tenía fuerzas, así que este año tengo 731 días que reseñar. Y ya que mi gata Olivia y el confinamiento me dieron la idea de volver a escribir, voy a utilizar el blog para mi felicitación del año nuevo y mi breve crónica de los dos transcurridos desde la última, hace ya un par de milenios.
Es que me releo y ya lo vendo mal de entrada. No sé cómo voy a enganchar al lector anunciando que voy a explicar setecientos y pico días de mi apasionante vida. Pero es que, en realidad, no es eso. Es buscarle un nombre al año transcurrido, asignarle otro al venidero e intentar compartir experiencia y desnudarme un poco el alma, que es terapéutico y a la gente le gusta leer miserias ajenas.
Lo primero de todo, quería pedir disculpas a la humanidad, así en general, porque en Nochevieja hay que llevar algo rojo, brindar con cava, levantar el pie izquierdo para empezar el año con buen pie, sumergir un anillo de oro en la copa, tomar doce uvas de la suerte a las 12 de la noche después de discutir en qué canal se ven las campanadas, y dar muchos besos y abrazos de felicitación. El año pasado, no hice absolutamente ninguna de todas esas gilip… cosas, y va y se declara una pandemia mundial. Ya lo siento. Va a ser que 2020 es culpa mía y, lamentablemente, este año no voy a poder deshacer el entuerto. Así que vamos a tener que espabilar entre todos, que falta nos hace. Lo primero: dejar de ver las noticias.
Para mí, 2019 no fue mejor que 2020. O tal vez sí, pero fue un año de picos y valles. Ríete tú del Shambhala. Lo poco que me gusta a mí perder, y el año se saldó con pérdidas procedentes del inmovilizado tangible e intangible. Una cuenta anual con un saldo desorbitado por mermas de autoestima, valor, amor propio y seguridad. Mi amor gatuno y mi amor humano se fueron de mi vida en 2019. Fueron unos valles abismales. Pero los picos —para ser justa— también fueron muy altos. Nació mi sobrina, fui a Disneyland París, a Port Aventura, tuve retos profesionales y pasé muy buenos momentos.
2019 fue el año de las pérdidas y los contrastes. Y el del final catastrófico.
2020 empezó mucho peor de lo que termina. No porque no haya sido un año malo, sino porque he sido buena afrontándolo. Ha sido más llano, sin demasiadas subidas y con algún descenso fuertecillo, pero de esos de los que te recuperas antes de lo que creías. Me queda alguna asignatura pendiente, pero me he sacado un montón y con bastante buena nota. Expliqué un día en Instagram que los gatos solo se exponen panza arriba cuando se sienten plenamente seguros y, en caso de alerta, se ponen de pie a una velocidad increíble. Pues una de mis asignaturas pendientes es esa. Se llama limerencia y consiste en no ponerme panza arriba a la primera de cambio o, en su defecto, en recuperar la posición con mayor rapidez. Pero, con todo y eso, me he reencontrado con mi yo valiente y me quiero como soy, porque soy resiliente, fuerte, y paciente. Sensible, buena persona y emocionalmente apta. Y con mis defectos y con el derecho a equivocarme, como todo el mundo. A mis pérdidas de 2019 les deseo lo mejor: a la gata que no sufriera (otra asignatura pendiente: dejar de culparme de su marcha) y al humano que sea feliz. Pero feliz a reventar. Al final, querer es eso: desear la felicidad del otro, esté donde esté. Y yo os quiero y os querré siempre.
En 2020 no he perdido nada.
Este año he sido afortunada, porque mi familia y yo estamos bien de salud, aun con dos pasos por quirófano. Y contra viento, marea y pandemia, se casó mi hermana. Del trabajo… mejor no hablamos, porque nada es eterno y esto no va a ser una excepción.
Durante el primer trimestre de 2020 me enganché a la oxitocina y a la dopamina en forma de narcisista ególatra y lo confundí con amor. Suerte que el síndrome de abstinencia lo pasé relativamente rápido y ahora miro atrás y me río. No de me que utilizaran, sino de lo malas que son las adicciones, que te hacen ver lo que no existe. Lo de exponerse panza arriba, Paula. Y ya en el ocaso del año, me ilusioné con una serendipia en forma de ineptitud emocional donde la adicta no era yo. Y aun sabiendo todo eso, vi que debajo de esa capa de mierda había una coraza, y dentro, alguien que podía merecer la pena. Pero al final, lo que se ve es lo que hay. Ay, la limerencia. Lo de exponerse panza arriba, Paaaaula. Tengo que aprender a dejar ganar a quien juega a perderme. Y que el inicio del nuevo año me pille bailando. Sola. Conmigo. Tranquila.
2020 ha sido el año del aprendizaje. Y el de perder el miedo.
A este año le agradezco lo más bonito que tengo en el mundo: mi familia. Mención especial a mis sobrinos, que han sido mi salvación, y a Olivia, a la que cada vez veo más guapa y más feliz. Yo hago lo que está en mi mano para que esté bien y ella me lo agradece queriéndome más día tras día.
Me despido hasta el año que viene con mis mejores deseos para todos en esta nueva era de Acuario, con alusión honorífica a los dramáticos del «no podemos estar peor». Espero que este año hayáis aprendido que SIEMPRE se puede estar peor. Pero mejor también.
Toda la fuerza del mundo a quienes pasan por momentos difíciles, sobre todo a los que luchan por superarlos. Los victimistas y los «atascaos» ya me merecen algo menos de respeto —para qué mentir— pero tienen toda mi compasión. Al final cada uno pierde su tiempo como mejor le parece. Y no debe de ser agradable eso de resignarse a sobrevivir en lugar de esforzarse por vivir felices. Zona de confort, creo que lo llaman.
En este nuevo año, deseo que recuperemos pronto los abrazos y los besos, y que tiremos las mascarillas para dejar de sonreír solo con los ojos. Como quien lanza el birrete en la ceremonia de graduación. Y que no dejemos de ponernos panza arriba, porque confiar es lo más maravilloso del mundo.
Que brille el sol para todos en 2021 y nos empachemos de atardeceres en la playa. Juntos.
Con el tiempo todo pasa. He visto, con algo de paciencia, a lo inolvidable volverse olvido, y a lo imprescindible sobrar.
Gabriel García Márquez.
Soledad tiene cuarenta y tantos. Se conserva bastante bien, cuida su imagen y su cabello, y tiene una silueta bonita y proporcionada. No hace todavía un año que su pareja la abandonó de forma repentina. Se quedó sin ilusión, sin Navidad, con la fuerza que había olvidado que tenía y con un tremendo desconsuelo. Arrastrándose pero sin detenerse, lloró y lloró. Y lloró aún más, pero se esforzó en salir adelante, con el apoyo de su familia, de sus amigos y, sobre todo, de su propia mundología.
En este último año casi ya vencido, ha tenido malas experiencias. La verdad es que la vida no es justa y hay personas muy egoístas, que irrumpen en tu vida y, aún sabiendo que lo has pasado mal, hacen uso de ti como si fueras una herramienta. Soledad ha pasado por una separación, muchas horas muertas y dos desilusiones. Es cierto que hizo una limpieza necesaria en casa, se limpió también ella por dentro y afrontó con gran entereza lo que le parecía una película de ciencia ficción. O de terror. Lo menos grave que le pasó fue una pandemia y un confinamiento. Y si a eso le sumamos cambios en el trabajo que no le gustaron —y siguen sin gustarle— y muchas añoranzas y nostalgias, tenemos el cóctel perfecto para la tristeza. Le recetaron antidepresivos, quiso dejarlos demasiado pronto y tuvo que reanudar la dosis inicial. Pero con más tranquilidad los ha ido suprimiendo poquito a poquito y ya está limpia. Aún toma ansiolíticos para dormir, eso sí. Pero ella sabe que siempre acaba saliendo el sol, aunque esta vez esté tardando un poco en amanecer.
A veces la aborda la nostalgia, es cierto, pero no ha perdido la capacidad de ilusionarse. Se ha llevado chascos, pero no piensa permitir que la infravaloren. Se sabe suficiente, pero aún apunta mal y yerra el tiro. A veces se siente un poco sola y solo quiere querer y que la quieran. Le duele considerar amigos a quienes no lo son. Es tan sensible que le sabe mal que otros la borren de sus vidas, o de sus redes sociales, sin explicación o despedida, cuando en el fondo sabe que si es tan poco importante para ellos, ellos quizá deberían serlo también para ella. Que todos nos equivocamos, pero acabar sin un final… Qué pena no tener ocasión de hablar con sinceridad, aunque solo sea para decir adiós. Pero ella no es rencorosa, aunque sepa que merece mucho más.
Se engancha a series, come chocolate con leche y con culpa, pero se lo dosifica todo con bastante competencia. Valora lo que tiene, ama con vehemencia y mentiría si dijera que no es feliz.
Libertad también tiene cuarenta y tantos. Le encanta ir a la peluquería, hacerse mechas, vestirse mona y maquillarse —discretamente y con buen gusto— cada día para ir a la oficina. No le motiva su trabajo, pero sí le gustan sus compañeros —unos más que otros— y le gusta que la miren. Y si tiene que discutir, discute con quien haga falta. Un efecto secundario de perder el miedo es que también se pierde el filtro. No hace todavía un año que la vida decidió ponerla a prueba y, recordando una traumática experiencia de un tiempo atrás, decidió ponerse manos a la obra rápidamente para no volver a pasar por lo mismo. Acudió en busca de ayuda médica, psicológica y autodidacta. Pero se dio cuenta de que las herramientas adquiridas siguen ahí, aunque lleves tiempo sin utilizarlas, y enseguida vio que no necesitaba terapia ni la ayuda de nadie. Solo tiempo, positivismo, ganas, fuerza y paciencia (de esta última ya casi no hay stock. A este ritmo, a enero no llegan las existencias). Y de que dejaría la Fluoxetina en cuanto se encontrase mejor. Y así lo hizo. Drogas, las justas.
Lleva un año movidito. Le hizo falta una separación, una pandemia y un confinamiento para hacer limpieza de trastos y ropa en casa. Y ya venía haciendo falta, así que quizá no hacía falta poner al mundo en jaque para inaugurar la campaña «mierdas, las justas» (igual que las drogas). Pero tras dedicarle un vergonzante número de horas —que jamás confesará a nadie— los armarios quedaron dignamente ordenados. Una alegría que haya cajones vacíos y que los llenos cierren bien.
Aprendió expresiones del castellano que desconocía. ¡Ah, la riqueza del idioma! Nunca sabes lo suficiente. Por ejemplo, resulta que Ya hablamos en realidad significa «eras mi plan B y me vuelvo al plan A y, por supuesto, de lo de hablar, nada de nada, que ya me has servido para lo que quería». Otra: Soy muy sincero y me gustan las cosas claras es en verdad sinónimo de «voy a marear la perdiz hasta decir basta y, con la excusa más tonta, voy a desaparecer cual Houdini». Debe de ser esa figura retórica a la que llaman sarcasmo. O esa cualidad humana a la que llaman cobardía. Pero ella no es rencorosa. Porque sabe que todo eso no tiene nada que ver con ella. Porque ella no quiere más que querer y ser querida, sin complicaciones (ni suyas, ni ajenas). Quien quiera evolucionar, que lo haga, y quien se quiera estancar en sus propias gilipolleces y creerse las historias que se cuenta a sí mismo es muy libre de hacerlo. Una pena, porque el último le gustaba de verdad. Pero ella a él no. Qué se le va a hacer.
Libertad escribe. Escribe lo que le sale de las tripas, se le van las horas con ello y no solo escribe, sino que además lo publica, con todo su papo. Porque no tiene nada que esconder. Porque ella es de verdad, con sus defectos y sus virtudes.
Soledad y Libertad han vivido experiencias similares. Soledad es sensible —que no débil— y se entristece cuando se siente herida. Llora y descansa y vuelve a llorar —como los peces en el río— y no deja de pensar que todo irá mejor algún día. Quizá abre su corazón demasiado rápido y por eso se lleva desilusiones. Y le da un poco de vergüenza haber confiado tan alegremente en personas que solo han jugado con ella. Pero ella es así y no cambiará. Las corazas solo sirven pasa aislarse. Libertad vive el presente, le da igual todo y reconoce que le gusta el hombre equivocado. Y se esfuerza poco en que deje de gustarle. Al final el tiempo pone las cosas en su sitio y está claro quién sale perdiendo. El problema no lo tiene ella, al fin y al cabo. Busca un trabajo mejor, hace entrevistas, las que le interesan también la ignoran y ella ya se lo toma todo a risa. Dice que se debe de haber vuelto invisible y está pensando en cómo aprovechar su nuevo súperpoder. Pero sigue apuntando a la luna para llegar a las estrellas y no cejará en su empeño, por más hostias que se lleve por el camino.
Soledad y Libertad son hermanas y no pueden vivir una sin la otra. Ambas son yo, y yo soy ellas, a días una, a días otra. Porque la soledad es el precio que se paga por la libertad. Y para ponerte a purgar los radiadores a las cinco de la madrugada, porque no puedes dormir sin el Orfidal —pero a veces lo intentas—, tienes que vivir sola, o quizá, tal vez, posiblemente, molestes o tengas que dar demasiadas explicaciones. A la gata le da igual, ella se adapta (además, juraría que no estaba ese día). La libertad es un bien muy preciado y se cotiza al alza. La soledad se disfraza de imposición, pero no deja de ser una elección. Al final la mejor compañía es uno mismo. O así debería ser.
Mañana tengo un evento importante. Algo que me apetece desde hace mucho tiempo y por fin ha llegado el día. Me ha invitado una amiga —de las de verdad, de esas que, aunque pases años sin verla, sabes que está y que siempre estará— y tengo muchas ganas de vivirlo y de contarlo… hasta donde se pueda. (Y ahí dejo mi primer cliffhanger. Flojo, para qué nos vamos a engañar, pero todo es mejorable. Siempre).
Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo.
Mario Benedetti
Dices que quieres ser astronauta. Que quieres orbitar la Tierra. Y si pudiera ser, a la velocidad de la luz para retroceder en el tiempo.
Dices que no tienes edad para quedarte con las ganas, porque al final, el tiempo es lo único que no vuelve. Pero el tiempo no es más que un invento de la humanidad —concretamente, de la civilización babilónica— para controlar el cambio: la única constante. Los babilonios contaban con los dedos de las manos. Con el pulgar de una mano, contaban las falanges del resto de los dedos, con lo que podían contar hasta doce. Y con los dedos de la otra mano, contaban cinco veces doce, es decir, sesenta. De ahí que el sistema numérico divida los años en doce meses, las horas en sesenta minutos, los días en veinticuatro horas. Así, lograron que el tiempo fuera inmutable hasta que Einstein demostró que, en realidad, era relativo.
Dices que el tiempo es tu mayor enemigo. Porque sientes que se te escapa. Que no sabes cómo aprovecharlo y crees que lo estás perdiendo. Quieres ser astronauta y orbitar la Tierra. O viajar a Alfa Centauri y volver cuando toda esta mierda haya pasado. Así no se te escaparía el tiempo. Pero no piensas que Alfa Centauri puede haber explosionado sin que lo sepamos siquiera. O lo que viene a ser lo mismo: que la mierda no pasa de largo porque tú huyas de ella.
Mirando las estrellas, viajamos al pasado, porque las vemos como eran antes, y no como son ahora. Si extrapolamos a nivel cuántico el comportamiento del tiempo, sabemos que no es lineal. Y me tendrás que dar la razón. Hace justo un año, hacías las maletas para ir a Disneyland París. Solo un año, y parece que han pasado cuatro. Cómo disfrutó tu niña interior de aquellos tres días en los que el mal tiempo no dio tregua. La emoción con la que aplaudías en el espectáculo nocturno, ¿te acuerdas? Llovía y ni siquiera te diste cuenta. La adrenalina, el entusiasmo y un buen calzado te permitieron caminar sin descanso durante un fin de semana de ensueño.
Es verdad, al cabo de unas semanas, sin motivo alguno, se te fue el mundo al suelo, como diría el gran Pau Donés. Y lejos de arreglarse, has ido encadenando una desilusión tras otra. En lo profesional y en lo personal. Y estás harta del «que te quiten lo bailao» porque, en realidad, estás hasta el coño de que te lo quiten. Admítelo. Porque tu percepción del tiempo hace que las ilusiones duren una milésima parte de las desilusiones que las siguen.
Dices que quieres orbitar la tierra a la velocidad de la luz para retroceder en el tiempo. ¿Qué ibas a cambiar, alma de cántaro? Nada.
Dices que quieres ser astronauta porque has perdido un poco la perspectiva de esta prueba de la vida. Que ya no sabes cuál es la lección y se te está atravesando la puta asignatura. La capacidad de ilusionarte, desde luego, no la has perdido. Eso está genial. ¿Que luego te llevas una hostia? No pasa nada. El universo te trae otra ilusión y tú, con pies de plomo (dices) caminas cautelosa de puntillas sobre ella y, en cuanto bajas la guardia, ¡zas! en toda la boca otra vez. Y así va pasando el tiempo, con sus días de veinticuatro meses, sus horas de sesenta días, sus minutos de sesenta años y un panorama desesperanzador de trescientos sesenta grados. Los babilonios: unos cracks.
Y yo te digo que tienes todo el derecho a enfadarte. Que no te sientas mal por llorar ni pienses que el universo te va a castigar porque con tus malas vibraciones no vas a atraer nada bueno. Pues le dices al universo que te dé un respiro, que te lo has ganado. Y si no le gusta, que se joda. Que te cabrea que jueguen contigo, que te revienta que te importe gente a la que tú no le importas, y que es verdad: no tienes edad ni cuerpo para quedarte con las ganas. Que te dejes llevar y disfrutes con quien sí te ha demostrado que le importas. Y a la mierda las consecuencias.
Te digo que está muy bien ser agradecida por todo lo que tienes. Que el test rápido de la Covid es molesto de narices (nunca mejor dicho) pero ha salido negativo. Que la catarsis física se ha contagiado de la emocional, o al revés, qué más da. Que te dijeron hace poco lo más bonito que te han dicho en años sobre el aroma que emanas desde siempre (y siempre es mucho tiempo). Que brillar está muy bien, aunque atraigas bichos. Y que el tiempo no lo cura todo, porque no existe, pero la vida es cambio. Y cualquier día se arreglan las cosas y se te deshinchan los ojicos. Aprende de la gata, que no sabe lo que es el tiempo, y que no entendió por qué ayer no la dejabas salir cuando vino una extraña a magrearla y a clavarle una aguja. No sabe que lo hiciste por su bien y, aun así, se acurrucó a dormir pegadita a ti toda la noche.
Y entre tanto, sigue siendo valiente, aléjate de los cobardes y vuelve a acurrucarte tú también hasta que salga bien. Compadécete de quienes hacen daño, porque el mal lo tienen ellos, no tú. Desintoxícate de las redes sociales igual que te estás desintoxicando de la fluoxetina. No te obligues a hacer nada que no te apetezca, ni a escuchar consejos absurdos que no has pedido (incluidos los míos). No sientas que estás haciéndolo mal, que tienes dependencia emocional, que no sabes estar sola, que tienes que estar alegre y feliz todo el tiempo y que, si no, necesitas un psiquiatra. Lo estás haciendo bien, lo único que pasa es que no es fácil. Y ya.
No sientas que desaprovechas el tiempo, porque eso es tener miedo de que pase, y habíamos quedado en que vivir con miedo es empequeñecerse y ser infeliz. Que si hay que serlo, siempre es mejor que sea por una desilusión que por no haberte atrevido a intentarlo.
Guarda la ginebra buena para tomarla bien acompañada. El resto te lo puedes ir bebiendo hasta que te devuelvan lo bailao.