DÍA 10 – PARECÍA NO CANSARSE

Puedes tener justicia o puedes tener venganza. Pero no ambas cosas

Devin Grayson

Noche de verano. Debían de ser las once pasadas y la temperatura era insosteniblemente elevada. No se puede uno ir a dormir así, con estos calores. Habían acabado de cenar una ensalada ligera, un poco de fruta y dos copas de vino en el porche de aquella casita coqueta y acogedora. Ella y él. Cuarenta y tantos, de buen ver, con buena conversación y buen concúbito. Reinaba la tranquilidad en el pueblo, un municipio pequeño, que había pasado de ser un lugar de veraneo a una localidad residencial, por lo que, en vacaciones, quedaba muy tranquilo. Casi demasiado. No se oía un alma por la calle a esas horas.

Disfrutaban de su tinto crianza fresco, de la luna llena y de la noche estrellada sin un soplo de aire. Habían mantenido una charla acalorada, como no podía ser de otra forma dada la coyuntura, aumentando el calor con cada copa de (como dice la canción) jarabe de flor venenosa.

—¿Nos damos un chapuzón? —preguntó él de pronto.

—¿Ahora?—. Ella se desperezó. Tenía calor y modorra a partes iguales y pensaba más en irse a dormir que en meterse en la piscina.

—Claro, mujer. Nos iremos a la cama fresquitos.

—Como quieras. —Nunca quería discutir. Nunca llevar la contraria. Nunca decir algo que pudiera causar ofensa o malestar. Por nimio que fuera. Y parecía no cansarse—. De acuerdo, vamos.

Rellenaron las copas y se metieron en el agua, sin ropa, sin traje de baño, con calor y con mordaga. El agua estaba fresquita, ellos estaban calientes y las leyes de Newton no tardaron en manifestarse. Del roce de la discusión a la fuerza de rozamiento que surge de una interacción electromagnética entre dos cuerpos en contacto, cuando uno se mueve con respecto al otro. Las copas cayeron al fondo de la piscina y, en el momento en que la fuerza de rozamiento iba a alcanzar su punto máximo, se oyó un grito desgarrador que procedía de la casa contigua. Era una voz de mujer.

Tan solo una valla de madera, algo astillada, de poco más de un metro sesenta separaba aquella casa de la de los vecinos. Era un conjunto de pequeñas viviendas de estilo modernista, completamente reformadas. El estremecedor grito abrogó abruptamente la ley de Newton para aprobar la del silencio. Parecía que incluso las chicharras habían interrumpido su canto al romperse la quietud nocturna con aquel alarido.

Se quedaron inmóviles. No supieron qué hacer. De pronto, se oyó otro chillido desde la misma casa, de la misma voz y con mayor intensidad.

—Voy a ver –dijo él.

—¿Qué vas a hacer? ¿Estás seguro? Ten cuidado. —De nuevo, ni una traba, ni un inconveniente. El mundo no era como ella lo veía, era lo que decidía él. Siempre. Para todo y sin excepción. Y parecía no cansarse.

Él se alejó, tal como vino a este mundo, corriendo como un potro desbocado por el césped hasta alcanzar la valla que delimitaba el pequeño mundo que es cada casa, y la saltó con una agilidad casi sorprendente para un hombre desnudo, admirablemente audaz por no temer sufrir alguna lesión comprometida con tal dimensión de desnudez expuesta.

El silencio poseyó a la noche, que se había cubierto de nubes y ya no dejaba parcela a la luz de la luna. Parecía que el mundo se había detenido y, con él, también el tiempo. Ella se quedó sola, en la piscina, perdida en la inmensidad de un agua tan pequeña. Y parecía no cansarse. Una eternidad transcurrió en un instante, o quizá fue al revés, y no se oyó nada más. Ni los gritos, ni a él, ni las chicharras, ni siquiera el silencio.


—Señora, cálmese. Empiece por el principio. —El agente de la policía local no estaba acostumbrado a incidentes en aquel pueblo muerto, y mucho menos de madrugada. —¿Qué dice que ha ocurrido? ¿Conoce usted a este hombre?

—N… N… No… —La señora, de unos setenta años, hiperventilaba pese al diazepam que se disolvía bajo su lengua. —No lo había visto nunca. —Miraba al desconocido que yacía inconsciente en el suelo, sangrando por la cabeza.

—Bueno —prosiguió el agente, con más ganas de irse a dormir y de jubilarse, y no necesariamente en ese orden, que de esclarecer lo que fuera que hubiera ocurrido—, cálmese y vuelva a empezar, por favor. Tranquila.

—Yo… Yo… estaba en mi casa y salí a la terraza, porque tenía mucho calor. Desde allí puedo ver la casa de mi hija, que se ha ido de vacaciones con mi yerno y los niños.

—¿Y entonces…?

—Entonces he visto a dos desconocidos… retozando… no sé… en la piscina de mi hija y me he asustado mucho. Creo que se me ha escapado un grito. Iba a llamarlos a ustedes, pero este… este… señor ha aparecido aquí desnudo y mojado y yo le he golpeado con lo primero que he encontrado —respondió la señora, que aún blandía el cenicero de mármol, temblorosa.

—Entonces, ¿no nos ha llamado usted? —preguntó el agente, algo desorientado.

—N… No… —El diazepam hizo su trabajo y la señora empezó a sentir un amodorramiento generalizado—. No he tenido tiempo.


Ella, cuarenta y tantos, reía a carcajadas con el cabello mojado y la alegría espirituosa, la oleada adrenalínica y los doscientos caballos de su coche a cinco mil revoluciones por la autopista.

Ella. Parecía no cansarse… Hasta que se cansó. Unas horas antes, le propuso una locura. Comprar cena y vino y colarse en casa ajena. Obviamente, le hizo creer que la idea era de él, tampoco le resultó muy difícil. Su habilidad dialéctica permanecía intacta a pesar de la falta de uso. Es como ir en bicicleta, no se olvida nunca. Solo tuvo que elegir bien la casa, para lo cual no le costó obtener la ayuda de una amiga y de su madre y vecina, que vivía sola, aburrida, y con muchas ganar de pasar un buen rato. A la hora señalada, la septuagenaria lanzó el grito pactado. Bueno, en realidad decidió improvisar y que fueran dos, que una estupidez como la falta de decibelios no estropeara el juego. Él, como mandaba su previsibilidad, salió corriendo a hacerse el héroe sin pensar en las consecuencias.

Ella esperó un rato. La noche se alió con ella y la oscuridad conquistó el cielo. Salió muy despacio de la piscina, llamó a la policía para denunciar una intrusión de una pareja de cuarenta y tantos en la vivienda contigua. Vengan deprisa, señores agentes, hay intrusos en la casa de al lado. Se vistió, recogió sus cosas, se subió al coche, arrancó y empezó a reír a carcajadas.

Y cien kilómetros después, seguía riendo.

DÍA 9 – MAQUILLAJE

Para empezar, diré que es el final. No es un final feliz, tan solo es un final.

M Clan

Ha sido un buen día.

Ha empezado pronto, de madrugada, entre los sueños de varias clases, la convicción de que he escuchado a alguien cerrar la nevera y que, como cada día sin excepción, me he despertado a las tres y media. Siempre ocurre, duerma o no narcotizada, y con cualquiera que sea la dosis de narcóticos, químicos o naturales.

Pero luego no haces caso de lo que encuentras en Internet sobre despertarse justo a esa hora por sistema, porque a mí ahora lo de los portales a otras dimensiones no me viene bien. Ya me he enfrentado a suficientes caos estos últimos tiempos y esto lo voy a dejar en un segundo plano de prioridades, no se me vaya a complicar la existencia. Que con la racha que he pasado, capaz de meterme donde no toca y luego no poder volver.

Lo de escuchar cerrarse la nevera lo atribuyo a un punto muerto onírico entre mis dos sueños, el sueño angustioso y el sueño cálido. En el angustioso, tenía un examen de matemáticas en una capilla (me pregunto qué diría Freud al respecto) situada en una planta baja, que luego se convertía en un consultorio de pediatría al que no me dejaban volver a entrar después de haberme prometido poder terminar el examen, tras una pausa, cuando el resto ya lo había acabado y se iba a una cafetería en una primera planta de una casa modernista, con muebles rústicos y moqueta. Todo en ocre y marrón. Y yo en blanco. Completamente idiota. El sueño cálido, muy bien, gracias.

Por la mañana he disfrutado de una buena conversación virtual, sin moverme de la cama y sin encender las luces. Hoy es domingo. El día de descansar y de hacer lo que te da la gana. Igual que ayer, igual que mañana, igual que todo el mes de abril. Me he levantado casi a la hora de comer (aproximadamente, porque no tengo horario) y he cometido la osadía de pesarme en el peor momento del mes en el que puede pesarse una mujer. Pero tenía un buen pálpito. En tiempos en los que la gente no hace más que publicar fotos de sus panes y sus peces y sus bizcochos y magdalenas, he bajado otro kilo. Porque no hago panes ni peces, ni bizcochos, ni magdalenas. Porque no me gusta cocinar y doy gracias a la vida por ello.

Me he dado una ducha y me he puesto guapa. Sí, las mujeres nos ponemos guapas para nosotras mismas, cuando nos da la gana ponernos guapas para nosotras mismas. Estaba harta de verme con la cara transparente como el papel de fumar y los ojos pequeños. Y con cada pincelada de máscara de pestañas, con cada pasada de delineador de ojos, con cada toque de colorete y con cada beso al brillo de labios, iba cerrando poco a poco una etapa. Como ocultándola bajo el maquillaje. Como quien va empujando una puerta, un portón en realidad, porque pesa mucho, pero se va moviendo a fuerza de insistir y no cejar en el empeño de cerrarlo. Por cada brochazo con la mano en el rostro, una embestida con todo el cuerpo en el portón. Y sin quitarme de la cabeza la letra de Mar Adentro de Héroes del Silencio. «Y por fin he encontrado el camino que ha de guiar mis pasos…».

Para celebrarlo, me he comido unas croquetas sin culpa. Están mucho más ricas, tendré que mirar bien los ingredientes cuando vuelva a comprar, porque me han sabido a gloria. No sé quién decidió ponerle culpa a las croquetas. Con pollo y bechamel están deliciosas, no les hace falta mucho más. Y mucho menos culpa.

Por la tarde, he disfrutado de una buena serie. El chocolate he aprendido a racionarlo, mi amiga la báscula me ayuda. Pero las series aún no. Y quería reservarme el plato fuerte para esta noche pero no he podido resistirlo y la he devorado. Tengo hambre de vida y de libertad, pero estoy confinada. Y pocas hambres pueden satisfacerse en confinamiento, así que se hace lo que se puede, y mientras se pueda.

Luego me he tomado un vino con mis amigas por videollamada. Es terapéutico. Cada una tiene sus historias, todas tan diferentes entre ellas. Hay que escuchar siempre a las amigas. Tienen frases para ti, que ni ellas saben que tienen, pero te las dicen y te quedan grabadas a fuego y te sirven para toda la vida. Pero hay que prestarles atención. Y quererlas mucho.

El ventilador de techo de la habitación se pone en marcha solo. Hoy tres veces, la última a toda velocidad. Me he despeinado y todo al entrar a ponerme el pijama. No creo que tenga nada que ver con lo de las tres y media de la madrugada, porque en el comedor hay otro ventilador idéntico y ahí está, quietecito. Aunque a saber, porque lo de los portales multidimensionales tampoco lo tengo muy dominado. Prefiero hacer cursos online de Excel y WordPress, que de momento me parece más útil. Pero ya es curioso (y juro por mi vida que esto es verdad, como todo lo demás, porque yo nunca miento) que justo mientras escribo estas palabras suena en una canción de Héroes del Silencio, de una lista de reproducción aleatoria, la frase «vámonos de esta habitación al espacio exterior». Poesía cósmica un poco escalofriante.

Por eso he dejado volar la mente hacia una canción que me apeteciera mucho, mucho, y ha venido esta, en una versión irrepetible, como bien atestigua el título en YouTube:

A ver qué pasa ahora, cuando me desmaquille.

DÍA 8 – SLOWLY

La muerte es el comienzo de la inmortalidad.

Maximilian Robespierre

Aun viviendo aislada de noticias, por aquello de evitar la toxicidad, es casi tan tentador como el chocolate entrar (un poquito) en Twitter. A veces es terapéutico, porque hay tanto ingenio como analfabetismo. Hoy publicaba una usuaria unos mensajes que le habían dejado en Instagram, como respuesta a unas fotos que había colgado de las flores de su jardín. Que si le parecía bonito enseñar eso habiendo tanta gente confitada. La verdad es que el hilo posterior no tenía desperdicio. A veces me despiertan cierta ternura algunas personas. En la ignorancia se vive muy bien. Ningún tonto se queja de serlo.

En tiempos en los que la humanidad saca lo mejor y lo peor de sí, como iba diciendo, he caído en la tentación de entrar en Twitter y he visto, demasiado escondida, una triste noticia. Ha muerto una de las voces más bonitas de la música española. Cantautor, escultor, director de cine y poeta por encima de todo, con esa dulce forma de pronunciar las ceaches y canciones tan sobrecogedoras y bellas como la que dejo a continuación, que me emociona siempre que la escucho igual que si fuera la primera vez, y lo hago desde que tengo uso de razón. Vaya por aquí mi pequeño homenaje. Que la tierra le sea leve, maestro Aute.

DÍA 6 – GALLETAS

Luchad para vivir la vida, para sufrirla y para gozarla. La vida es maravillosa si no se le tiene miedo.

Sir Charles Chaplin

El gato la miró fijamente mientras se comía la galleta.La saboreaba, como si fuera la última, y tal vez lo era, sentada en su sofá, aparentemente ajena a todo lo que estaba sucediendo.

Fuera la lluvia caía con suavidad. Se oía un tren pasar de vez en cuando. Hacía frío, pese a que la primavera había llegado días atrás. Cuando febrero mayea, abril… No, no era así… Da igual. Ocho grados a las dos del mediodía de un extraño lunes de un no menos extraño mes de abril.

Olivia reflexionaba. Y eso que, de un tiempo a esa parte, había aprendido, sin saber exactamente cómo, a vivir el presente y a centrarse en cada momento, disfrutándolo como si fuera el último. Como con la galleta. Tenía muchas más en la despensa, pero lo olvidó completamente mientras saboreaba aquella como si fuera única, consciente de cada uno de sus mordiscos, de cómo la masticaba, la degustaba, la gozaba y la deglutía sin apenas esperar el siguiente bocado.

En tiempos de pandemia, pudiera preverse que Olivia reflexionaba sobre la situación, los casos reportados, los fallecidos, el confinamiento. Era cuestión de días que el virus llegase a su familia y así fue. El teléfono siempre cerca de ella, a la espera de no escucharlo sonar. Ni la mejor escena cinematográfica de un film postapocalítpico superaba la realidad de aquella especie de broma ingrata de la vida. Calles desiertas, terror en los ojos de la gente que se aventuraba por ellas en nombre de las necesidades consideradas esenciales. Distancias, mascarillas, guantes, gafas, recelo. La humanidad dejó de mirarse, de abrazarse, de tocarse, de besarse. Para salvaguardar la salud del planeta, para preservar la especie humana, y por simple supervivencia, muchos acabarían muertos o con el cerebro cosido a grapas, porque la salud mental de algunos no superaría la prueba de aquel surrealista infortunio.

Pero ella ya venía con rodaje previo. La vida había decidido enseñarle que el miedo es un amigo traidor. Es un parásito que se alimenta de la inseguridad y convence a su huésped de permanecer inmóvil, de callar lo que hay que decir, y de insistir cuando hay que callar. A veces incluso inocula un veneno paralizante y destructivo que aniquila la confianza. Y solo se puede vencer enfrentándose a él. Pero pocos tienen el valor de hacerlo, porque el miedo no se instala en los valientes. Pero sí en quienes creen no serlo.

A Olivia, la vida le fue quitando, poco a poco, las cosas que más amaba. Empezó siendo amable y le arrebató la calma. Luego, las ilusiones y la confianza. El parásito proliferaba en su cuerpo y la invadía, dejando poco espacio a una Olivia cada vez más pequeña y temerosa, incapaz de reaccionar y de tomar las riendas.

Así que al final, la vida le dio el golpe de efecto. La infectó con el miedo y Olivia enfermó. Curiosa enfermedad en un tiempo previo a una imprevisible pandemia. Primero ella no reaccionó, pero la vida le enseñó que era capaz de hacerlo. Olivia tenía una fiel amiga de cuatro patas a la que amaba hasta el punto de mantener una insostenible relación con ella. Cuanto más se esforzaban ambas en seguir unidas, más se distanciaban. Se esforzaban y no se percataban de que todos sus esfuerzos las empujaban en direcciones opuestas. Una paradoja que presagiaba un mal final. Y así fue. El primer día que Olivia no vio a su amiga felina, supo que ya no la vería nunca más. Cuántas veces el miedo le había inyectado la creencia de que el golpe sería mortal.

Pero no lo fue.

Se fueron esfumando los días junto con las esperanzas (que ella jamás albergó) de volver a verla. Hoy, mientras comía la galleta, miraba con ternura a su gato y la recordaba. El primer amor felino nunca se olvida, aunque le sigan otros, más amables, tranquilos, dulces, seguros y duraderos. Y muy bonitos y necesarios. Pero nunca como el primero. La vida le había arrebatado a su amiga, que al final tuvo que ser más valiente que ella. Pero a cambio, le dio un poco de antídoto contra el parásito del miedo. ¿Lo ves? Puedes. Hazlo.

Olivia creyó haber aprendido la lección, pero aquello solo había sido el preludio del temario completo. El objetivo de la prueba vital no era perder un poco el miedo. Era devorarlo. Comerse hasta sus entrañas, engullirlo, digerirlo, excretarlo e inmunizarse para siempre.

Aquella tarde, Olivia reflexionaba sobre los últimos meses, en los que la vida primero le arrebató a su amiga y después… todo lo demás. O así lo sintió ella. Su universo particular, su vida, su hogar, su refugio, su protección, incluso su idioma. De un plumazo. A traición, cuando menos lo esperaba. Se sintió pequeña, frágil y débil, y el miedo aprovechó para contraatacar a su organismo, volviendo a infestarla con su apestosa ponzoña. Pasó un breve y eterno infierno que no sabía cuánto iba a aguantar, porque sobrevivía sin apenas respirar, con el sabor de la sangre en la boca, con el corazón a punto de estallarle en el pecho porque quería salir de allí, porque le faltaba espacio.

Pero entonces recordó las anteriores lecciones que la vida le había enseñado. Había librado otras guerras. Fue corriendo a abrir el armario donde guardaba sus armas. Seguían allí, en lo más recóndito de su alma, llenas de polvo por falta de uso. Y se puso manos a la obra. Mientras limpiaba y desplegaba su arsenal, dejó que la rabia, el miedo, la culpa y el victimismo se adentraran en ella y se confiaran. Y cuando estuvieron tranquilos, Olivia lanzó el ataque sorpresa.

La guerra no fue fácil. Varias batallas se sucedieron, con diversas retiradas del escuadrón y alguna baja. Cuando parecía que remontaba, el enemigo lanzaba una granada y reventaba la trinchera. La cruenta lucha se fue equilibrando con la ayuda de los aliados que Olivia había creído no tener, y las persistentes acometidas empezaron a debilitar al agente subversivo. No había que bajar la guardia, pero la guerra estaba prácticamente ganada. Ya solo quedaba una cosa por hacer. Descansar.

Saboreando la galleta, Olivia recordó el día en que la creencia tajante y categórica de que volvería a ser feliz llamó a su puerta. La pilló desprevenida, en pijama, a última hora de la tarde, tumbada en el sofá viendo cualquier cosa en televisión. Tranquila, le dijo. No tienes que hacer nada. Ya no tienes que luchar. Deja de nadar a contracorriente y permite que el río te lleve hasta el mar. Y allí, cierra los ojos y descansa. Desapégate y suéltalo todo. Todo.

La sensación de paz fue infinita. Olivia se dio cuenta de que estaba desnuda, con el agua cálida del océano sosteniéndola, relajándola y meciéndola con su vaivén y el calmo sonido de las olas melosas rompiendo en la arena. El sol calentaba su cuerpo. No tenía absolutamente más responsabilidad que permanecer así. Vivir aquel momento, centrarse en el presente, la única realidad que de verdad existe. Confiar. No hacer planes, no recriminarse, no culparse y no culpar.

Y de pronto, llegó la pandemia. La irrefutable prueba de que el futuro no se puede planear. Cómo habría podido siquiera imaginar Olivia solo unos meses atrás, cuando disfrutaba del fin de semana más feliz de su vida, bajo la lluvia, todo lo que iba a suceder en las siguientes semanas. Ni en la peor de sus pesadillas.

Hoy reflexionaba sobre todo aquello, en pleno confinamiento, mientras saboreaba una galleta y miraba a su gato, al que también quería con locura. Soñando con el momento de volver a abrazar, porque ella había sido consumidora de grandes dosis de abrazos y la vida la puso a dieta, luego a ayuno intermitente y ahora ya a abstinencia total. Avidez.

Mientras degustaba el último bocado de galleta, recordó aquel momento en que se convenció de que volvería a ser feliz. Y cada día faltaba un día menos. Mirando atrás, el camino había sido abrupto y pedregoso. Pero con la vista al frente, aparecía más llano, aunque se perdía entre la niebla del horizonte. Ni se veía el final, ni probablemente se vería nunca. Olivia se confinó como mandaba la ley, pero sin noticias, sin redes sociales, sin toxicidad, sin remordimientos y sin inquietud. Sin trabajo y sin saber si lo iba a recuperar. Agradecida a la vida por todo lo que tenía, por su familia, por la amistad, por la sabiduría, y porque el miedo nunca más iba a volver a infectarla. Y recordó el momento exacto en el que volvió a reír.

Porque, en el momento menos pensado, incluso en pleno confinamiento, aparece algo, o alguien, que te devuelve la risa y la ilusión. Solo tienes que sonreír y estar en paz mientras esperas.

Quizá no fue una sola galleta. Quizá fueron dos. O tres. Y con chocolate.

DÍA 4 – NO ME MIRES

La belleza, como el dolor, hace sufrir.

(Thomas Mann)

Cómo teñirse en casa durante un confinamiento

Paso 1

  • Comprar el tinte por Internet, sin olvidar elegir al tuntún marca y color del tinte.
  • Esperar a que llegue el repartidor de Amazon y que tenga el valor de decirte que estás guapísima en pijama (en realidad, con la parte de arriba de uno, el pantalón del otro y un forro polar encima), con el pelo sucio a punto para teñir, recogido en una coleta, raíz blanca, medios castaños y puntas con mechas rubio desteñido.

Paso 2

  • Una vez recibido el tinte, estudiar bien las instrucciones, porque cuando ya te has quitado las gafas y llevas el cabello impregnado de tinte, no vas a poder revisar el contenido. La presbicia es lo que tiene.
  • Fabricar una capa protectora casera con una bolsa de basura, cortando unos agujeros para las mangas a los lados, y otro para el cuello en el fondo. Procurar que este último sea lo bastante grande como para que pase la cabeza cómodamente, pero lo bastante pequeño como para no tener que utilizar una pinza de tender para quitarle el efecto de cuello de cisne. O de barco. O como se llame. Con la pinza tampoco queda tan mal. La bolsa es lila y la pinza, verde. Juvenil a la par que transgresor.
  • A ser posible, que la bolsa de basura no sea perfumada. Parece un detalle nimio, pero es importante. Es media hora con ella puesta. Y no huele a Dolce & Gabbana.
  • Omitir el paso de probar el tinte en un mechón, porque se alarga el procedimiento veinte innecesarios minutos, y se pierde toda la magia y la intriga. ¿Picará? ¿Quedará bien el color? ¿Qué pasará cuando no me matice las mechas (básicamente porque no sé en qué consiste eso exactamente)? No le quitemos emoción. El confinamiento es divertido.
  • Hacer la mezcla del color con el revelador y aplicarla con una brocha en la raíz, en la medida de lo posible. No es trivial la cantidad a elegir. Si se peca por exceso, no habrá suficiente para las puntas. Si se peca por defecto, habrás perdido un tiempo y un dinero, y la vida es corta, aunque parezca larga en confinamiento.
  • Esperar veinte minutos.
  • Pica, pero poco.

Paso 3

  • Pasados los veinte minutos, aplicar el resto del tinte en el resto del pelo.
  • Si te da la impresión de que no se acaba nunca, quizá es porque has pecado por defecto en el quinto punto del Paso 2.
  • En caso de hartazgo, abandonar la brocha y aplicarse el tinte con las manos. Empezar con pequeñas cantidades, del tamaño de una nuez, e ir incrementando la dosis de forma proporcional al aumento del aburrimiento, hasta que sean del tamaño de una ciruela.
  • En algún momento, el tinte se acaba. Si se tira un poco, tampoco pasa nada.
  • Esperar diez minutos.

Paso 4

  • Si eres lista, te habrás puesto la capa-bolsa sin nada debajo. Poco erótico, pero muy útil. Si no, existen estudios que demuestran que se puede quitar la parte de arriba del pijama por los pies. Se describe el procedimiento a continuación:
    • Con una mano, tirar del cuello del pijama hacia el hombro contrario hasta que este salga, pegar el brazo de ese lado al cuerpo y, con la otra mano, tirar de la manga hacia abajo hasta sacar el brazo por encima.
    • Repetir el proceso con el otro brazo. Si te has quitado la capa-bolsa antes, mejor. Si no, tampoco pasa nada, se puede romper. Ojo la pinza.
    • La magnitud del escote es inversamente proporcional a la dificultad del procedimiento y directamente proporcional a las probabilidades de éxito. Si no tiene escote, habrá que sacrificar el pijama y aprender la lección para la próxima vez.
  • Una vez retirados pijama, capa-bolsa y guantes, entrar en la ducha para proceder al aclarado.
  • Aclarar bien el tinte hasta que el agua caiga transparente, sin manchas de tinte. Cerrar muy bien los ojos para evitar que nos entre el tinte, porque pica. Lo sé, yo me he hecho la misma pregunta: ¿cómo voy a ver el color del agua con los ojos cerrados? Bien, en algún momento hay que arriesgarse y abrirlos.
  • Lavar el pelo con el champú recomendado por la marca de tinte, que no tienes, porque no sabías que lo necesitabas. También hay estudios que demuestran que otro champú puede cumplir la misma función.
  • Aplicar el sobrecito de bálsamo reparador. Si lo has abierto antes de entrar en la ducha, mejor, ya que con las manos mojadas es más difícil abrirlo. Pero es posible. Te puedes ayudar con los dientes.
  • Dejarlo actuar durante los minutos que digan las instrucciones, que habrás tenido la precaución de leer al principio porque, de lo contrario, en la ducha de cerca no se ven, y de lejos tampoco, en cuyo caso deberás calcular una cantidad de tiempo estimada, en función del nivel de porosidad del pelo, del grado de paciencia y de lo a gusto que se esté en la ducha nueva. Si tienes ducha nueva. Yo sí, desde enero.
  • Salir de la ducha y secarte el pelo a toda leche para ver el resultado.
  • Por último, es importante recordar que, en algunas zonas de habla hispana, «rubio oscuro» significa «marrón chocolate». Pero no pasa nada, ha quedado estupendo.

Epílogo

Las zonas damnificadas pueden ser varias, en función de la destreza del usuario. No hay que confiarse: los tintes los carga el diablo y tienen vida propia.

Suelo, pila del baño y mármol, si no dejas secar las manchas, se pueden limpiar con relativa facilidad. La alfombrita del baño, ya no. Pero más se perdió en la guerra.

Estoy contenta. Otro triunfo, no exento de complicaciones, pero triunfo al fin y al cabo.

DÍA 3 – TRUENOS

El pasado no tiene poder sobre el momento presente.

(Eckhart Tolle)

Julio, cansado,  suspiró de alivio. Por fin llegaba el tren. Apenas había gente en la estación de San Luís con las últimas luces del atardecer, empañadas por unos espesos nubarrones grises. Tras una dura jornada de clases y biblioteca, el joven estudiante de ingeniería se disponía a dar por concluido el día académico. En poco menos de una hora, llegaría a casa, donde su madre tendría una deliciosa cena a punto para su ávido estómago. 

Subió al convoy y se acomodó en un vagón solitario. No le gustaba quedarse en la facultad hasta última hora, pero ya estaba en cuarto curso, y lo vencían las ansias por terminar los estudios, encontrar un trabajo y buscar un pequeño hogar para compartir con Carolina. A sus veintitrés años, era normal desear un espacio propio de intimidad con su pareja, a la que adoraba como no había adorado jamás a nadie. Cuántas tardes, y aquella no fue una excepción, había agotado la batería del teléfono móvil hablando con ella durante cada descanso entre clases o a la mínima oportunidad que se le presentaba. Lo cierto era que formaban una pareja cuando menos curiosa, él tan alto y escuálido, con el pelo largo y barba de cuatro días, y ella chiquita, algo entrada en carnes, con un llamativo cabello rubio muy rizado… y tan coqueta… Era preciosa. Tanto o más que cuando se conocieron, dos años atrás. Y seguían tan enamorados como el primer día.

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Julio estaba cansado. Mal asunto era estar cansado a mediados de septiembre, cuando el curso apenas había dado sus primeros pasos. Pero él estaba cansado de estudiar, de los viajes en tren, de convivir con su familia… Todo aquello estaba muy bien, y había supuesto una etapa feliz, pero sentía que se aproximaba el momento de dar un giro a su vida. Y cuanto más cerca lo veía, más lo colmaba la impaciencia.

El calor del verano ya era historia en los septiembres de San Luís, y a aquellas horas empezaba a refrescar con vehemencia. 

El tren, al fin, inició la marcha. A Julio le gustaban más los modelos de trenes más antiguos, que uno podía recorrer de pies a cabeza y donde podía pasear por todos los vagones, sin dejarse uno solo por visitar. En estos nuevos diseños, presuntamente por seguridad, no era posible siquiera cambiar de vagón.

El cielo cumplió su promesa y empezó a llover. Otra insignia del otoño. Julio miraba distraídamente por la ventanilla los mismos árboles, las mismas colinas, los mismos pueblos y las mismas estaciones de siempre. Aquella línea ferroviaria tenía el inconveniente de tener una única vía para ambos sentidos, lo que significaba que el tren debía esperar en cada estación, único tramo en que las vías se desdoblaban, a cruzarse con el tren que circulaba en sentido contrario, lo cual generaba retrasos con una facilidad tan esperada como habitual.

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La lluvia se envalentonó en tormenta. Julio miró el reloj, deseoso de llegar a casa. No se había abrigado lo suficiente y tenía frío. El traqueteo del tren no lo distrajo del dantesco paisaje que veía a través de la ventanilla. El temporal arreciaba por momentos y un viento terrible fustigaba las copas de los árboles. Las luces fluorescentes del vagón titilaban de vez en cuando. Generalmente, Julio prefería la soledad a según qué clase de compañía durante los trayectos —siempre se cruzaba con alguien que había olvidado la buena educación en alguna otra estación—, pero aquel día no le habría importado que hubiera alguna persona más con él. Ya había anochecido.

El tren se detuvo en la estación de Alameda, una pequeña localidad de unos dos mil habitantes, la última parada antes de la suya. En unos veinte minutos ya estaría en casa, empapado, pues debía caminar hasta allí y, como era costumbre, no llevaba paraguas. Julio rezó en silencio por que el tren que debía cruzarse con el suyo no llevase retraso ni hubiese sufrido ningún incidente. Y sus plegarias fueron atendidas al instante, pues el convoy que viajaba en dirección San Luís no se hizo esperar más de dos minutos. Bien. 

La estación de Alameda estaba bañada en la más absoluta de las penumbras. Ni siquiera la farola de neón que solía iluminar el andén estaba encendida. En realidad, apenas se veía luz en los alrededores, tal vez la tormenta había provocado un apagón. Ningún pasajero se apeó del tren, ninguno subió a él. Solo se veía la temblorosa luz del vagón y se oía el traqueteo del convoy, acallado de vez en cuando por algún trueno. La escena era tan tétrica que a Julio se le ralentizó el tiempo. Sentía que llevaban detenidos más rato de lo normal. El viento y la lluvia eran tan enérgicos  que apenas dejaban escuchar el sonido de la locomotora. De pronto, la trémula luz del tren se rindió y se apagó. 

Julio estaba solo en un vagón de tren, sumido en la más negra de las oscuridades, con la única compañía del sonido del viento y la lluvia. Con el ruido de la creciente tormenta, ni siquiera podía estar seguro de que la locomotora siguiera en marcha. De pronto, la luz de un rayo iluminó durante un segundo la cerrazón del exterior y Julio creyó estar delirando: al otro lado de la ventanilla no había rastro de la estación de Alameda. Aunque el relámpago apenas duró un instante, Julio llevaba más de tres años recorriendo el mismo trayecto y conocía cada detalle de cada estación al milímetro, y estaba seguro de no haber visto el viejo edificio de ladrillos donde había estado siempre, con su farola de neón, su letrero, las puertas metálicas y la verja oxidada. No sabía qué había allí fuera, pero sí sabía que sus ojos no lo habían engañado: la estación se había esfumado. 

Ahora que se había incorporado, a Julio le parecía más evidente que el tren ni siquiera estaba en marcha. A tientas, llegó hasta las puertas del vagón e intentó, aunque con la certeza de hacerlo en vano, pulsar el botón de apertura. Tenía la remota esperanza de subir a otro vagón con más pasajeros, o quizá de encontrar a alguien en su misma situación. Pero por más que Julio conociese aquellos trenes al detalle, la desorientación y la tensión debieron de aliarse contra él y ni siquiera encontró el maldito botón, por más que palpó y palpó, hasta que desistió. Decidió entonces buscar un extintor para reventar la ventanilla y huir a través de ella, pero sus intenciones se vieron truncadas por otro relámpago, acompañado del mayor estruendo que Julio hubiese oído jamás. El padre de todos los truenos. Tal fue su magnitud que el joven, del sobresalto, cayó al suelo de espaldas, con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con el filo de un asiento. Tumbado en el suelo, a Julio se le fue callando el ruido de la tormenta y se le cerraron los ojos. 


—¡Muchacho! ¡Joven! ¡Despierte! —Un hombre de mediana edad, de canosa barba, ataviado con un traje de chaqueta, capa y chaleco de lana de merino, zarandeaba a Julio, sujetándolo por los brazos.

—….. ¿Eh? ¿Cómo….? ¿Qué ha pasado? —murmuró Julio, que a duras penas conseguía volver en sí.

—Muchacho…. ¿Qué está haciendo ahí tirado? El tren está a punto de partir. 

El silbato de la locomotora inundó el silencioso ambiente de la mañana y una nube de vapor gris se mezcló con el soleado amanecer. 

—Había tormenta, el tren se paró… todo estaba oscuro…. ¿Cuánto tiempo llevo…?

A pocos metros del andén, una mujer de pelirrojos tirabuzones y tez blanca, con aire aburguesado, bajó de su carruaje. Se apresuró todo lo que le permitió su vaporoso y elegante vestido largo de color ocre, robustecido por una crinolina,  y con gráciles pasitos se subió al tren y  reconoció a un Julio todavía desorientado, que luchaba por incorporarse con la ayuda del hombre que lo había despertado.

—Ay, señor… —murmuró la mujer— Este joven Verne, siempre en la luna. A saber con qué historias habrá estado soñando esta vez. Al final tendrá razón cuando dice que nació con un siglo de adelanto. Siempre inventando cuentos futuristas, con aparatos inverosímiles, telégrafos transportables… Seguro que su madre está preocupada por él. No será jamás un hombre de provecho si no termina sus estudios de derecho y deja de dedicar el tiempo a fantasear con invenciones imposibles…

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DÍA 1 – YO

Nada refuerza tanto la autoridad como el silencio.

Leonardo da Vinci

Este blog nació con el confinamiento de 2020 y contiene varias alusiones a la pandemia, al encierro y a sus efectos, que ahí quedan, pero un tiempo más tarde, preferí mirar hacia delante e intentar dejar atrás una etapa diferente, con sus luces y sus sombras, y no caer en el tópico de «escribo porque estoy confinada» o «historias de confinamiento». Escribo porque siempre me ha gustado y porque es lo único que tengo la certeza saber hacer. Solo que llevaba muchos años sin hacerlo y, un día, decidí volver.

Espero que, a todos los que me animabais a escribir cuando leíais las Crónicas gatunas y demás posts en mi Facebook, os guste este intento de entretener (a mí misma en realidad; me dirijo a una segunda persona del plural para sentirme acompañada) y me dejéis vuestros comentarios.

Y los que no me conocéis, lo mismo.