Puedes tener justicia o puedes tener venganza. Pero no ambas cosas
Devin Grayson
Noche de verano. Debían de ser las once pasadas y la temperatura era insosteniblemente elevada. No se puede uno ir a dormir así, con estos calores. Habían acabado de cenar una ensalada ligera, un poco de fruta y dos copas de vino en el porche de aquella casita coqueta y acogedora. Ella y él. Cuarenta y tantos, de buen ver, con buena conversación y buen concúbito. Reinaba la tranquilidad en el pueblo, un municipio pequeño, que había pasado de ser un lugar de veraneo a una localidad residencial, por lo que, en vacaciones, quedaba muy tranquilo. Casi demasiado. No se oía un alma por la calle a esas horas.
Disfrutaban de su tinto crianza fresco, de la luna llena y de la noche estrellada sin un soplo de aire. Habían mantenido una charla acalorada, como no podía ser de otra forma dada la coyuntura, aumentando el calor con cada copa de (como dice la canción) jarabe de flor venenosa.
—¿Nos damos un chapuzón? —preguntó él de pronto.
—¿Ahora?—. Ella se desperezó. Tenía calor y modorra a partes iguales y pensaba más en irse a dormir que en meterse en la piscina.
—Claro, mujer. Nos iremos a la cama fresquitos.
—Como quieras. —Nunca quería discutir. Nunca llevar la contraria. Nunca decir algo que pudiera causar ofensa o malestar. Por nimio que fuera. Y parecía no cansarse—. De acuerdo, vamos.
Rellenaron las copas y se metieron en el agua, sin ropa, sin traje de baño, con calor y con mordaga. El agua estaba fresquita, ellos estaban calientes y las leyes de Newton no tardaron en manifestarse. Del roce de la discusión a la fuerza de rozamiento que surge de una interacción electromagnética entre dos cuerpos en contacto, cuando uno se mueve con respecto al otro. Las copas cayeron al fondo de la piscina y, en el momento en que la fuerza de rozamiento iba a alcanzar su punto máximo, se oyó un grito desgarrador que procedía de la casa contigua. Era una voz de mujer.
Tan solo una valla de madera, algo astillada, de poco más de un metro sesenta separaba aquella casa de la de los vecinos. Era un conjunto de pequeñas viviendas de estilo modernista, completamente reformadas. El estremecedor grito abrogó abruptamente la ley de Newton para aprobar la del silencio. Parecía que incluso las chicharras habían interrumpido su canto al romperse la quietud nocturna con aquel alarido.
Se quedaron inmóviles. No supieron qué hacer. De pronto, se oyó otro chillido desde la misma casa, de la misma voz y con mayor intensidad.
—Voy a ver –dijo él.
—¿Qué vas a hacer? ¿Estás seguro? Ten cuidado. —De nuevo, ni una traba, ni un inconveniente. El mundo no era como ella lo veía, era lo que decidía él. Siempre. Para todo y sin excepción. Y parecía no cansarse.
Él se alejó, tal como vino a este mundo, corriendo como un potro desbocado por el césped hasta alcanzar la valla que delimitaba el pequeño mundo que es cada casa, y la saltó con una agilidad casi sorprendente para un hombre desnudo, admirablemente audaz por no temer sufrir alguna lesión comprometida con tal dimensión de desnudez expuesta.
El silencio poseyó a la noche, que se había cubierto de nubes y ya no dejaba parcela a la luz de la luna. Parecía que el mundo se había detenido y, con él, también el tiempo. Ella se quedó sola, en la piscina, perdida en la inmensidad de un agua tan pequeña. Y parecía no cansarse. Una eternidad transcurrió en un instante, o quizá fue al revés, y no se oyó nada más. Ni los gritos, ni a él, ni las chicharras, ni siquiera el silencio.
—Señora, cálmese. Empiece por el principio. —El agente de la policía local no estaba acostumbrado a incidentes en aquel pueblo muerto, y mucho menos de madrugada. —¿Qué dice que ha ocurrido? ¿Conoce usted a este hombre?
—N… N… No… —La señora, de unos setenta años, hiperventilaba pese al diazepam que se disolvía bajo su lengua. —No lo había visto nunca. —Miraba al desconocido que yacía inconsciente en el suelo, sangrando por la cabeza.
—Bueno —prosiguió el agente, con más ganas de irse a dormir y de jubilarse, y no necesariamente en ese orden, que de esclarecer lo que fuera que hubiera ocurrido—, cálmese y vuelva a empezar, por favor. Tranquila.
—Yo… Yo… estaba en mi casa y salí a la terraza, porque tenía mucho calor. Desde allí puedo ver la casa de mi hija, que se ha ido de vacaciones con mi yerno y los niños.
—¿Y entonces…?
—Entonces he visto a dos desconocidos… retozando… no sé… en la piscina de mi hija y me he asustado mucho. Creo que se me ha escapado un grito. Iba a llamarlos a ustedes, pero este… este… señor ha aparecido aquí desnudo y mojado y yo le he golpeado con lo primero que he encontrado —respondió la señora, que aún blandía el cenicero de mármol, temblorosa.
—Entonces, ¿no nos ha llamado usted? —preguntó el agente, algo desorientado.
—N… No… —El diazepam hizo su trabajo y la señora empezó a sentir un amodorramiento generalizado—. No he tenido tiempo.
Ella, cuarenta y tantos, reía a carcajadas con el cabello mojado y la alegría espirituosa, la oleada adrenalínica y los doscientos caballos de su coche a cinco mil revoluciones por la autopista.
Ella. Parecía no cansarse… Hasta que se cansó. Unas horas antes, le propuso una locura. Comprar cena y vino y colarse en casa ajena. Obviamente, le hizo creer que la idea era de él, tampoco le resultó muy difícil. Su habilidad dialéctica permanecía intacta a pesar de la falta de uso. Es como ir en bicicleta, no se olvida nunca. Solo tuvo que elegir bien la casa, para lo cual no le costó obtener la ayuda de una amiga y de su madre y vecina, que vivía sola, aburrida, y con muchas ganar de pasar un buen rato. A la hora señalada, la septuagenaria lanzó el grito pactado. Bueno, en realidad decidió improvisar y que fueran dos, que una estupidez como la falta de decibelios no estropeara el juego. Él, como mandaba su previsibilidad, salió corriendo a hacerse el héroe sin pensar en las consecuencias.
Ella esperó un rato. La noche se alió con ella y la oscuridad conquistó el cielo. Salió muy despacio de la piscina, llamó a la policía para denunciar una intrusión de una pareja de cuarenta y tantos en la vivienda contigua. Vengan deprisa, señores agentes, hay intrusos en la casa de al lado. Se vistió, recogió sus cosas, se subió al coche, arrancó y empezó a reír a carcajadas.
Y cien kilómetros después, seguía riendo.


Difícil imaginar una forma más aviesa para librarse de un hombre. Desde luego, es mucho más fácil en Facebook.
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