DÍA 17 – NÚMEROS

Muchísimo es mi número favorito.

Woody Allen

7. Son los posts del blog que son de ficción. FIC-CIÓN. Que hay quien no me cree cuando digo que los relatos son inventados. No negaré que se inspiren en realidades que conozco, porque, sinceramente, ahora no me voy a poner a documentarme sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre la caza del gran tiburón blanco y peligros que comporta. Es cierto que la realidad que estamos viviendo supera con creces a muchas ficciones, y yo le sumo mi periplo personal, que también tiene su aquel. Pero lo que cuento como propio es propio y lo cuento porque quiero compartirlo. Lo que no cuento es porque es mío y quizá me gustaría compartirlo, pero creo que no debo. Y los relatos sobre trenes y tormentas y casas y vecinos son eso. Relatos. Ficción. Ni voy a deshacerme de ningún hombre conchabada con nadie, ni mucho menos voy a acabar mis días sola y rodeada de gatos. Qué duda cabe.

3. Con la de hoy, van tres veces que me tiño el pelo en confinamiento. Así como reflexión: o me lo dejaba sin teñir desde el día cero, o ya me sumerjo en la rutina de teñirme cada tres semanas, día arriba, día abajo. Pero a medio —¿medio?— confinamiento, decidir dejarte las canas es tontería. Por no mencionar que le vas cogiendo el aire y, aunque hoy ha habido un daño colateral y una subsiguiente baja (un pantalón de pijama), luego te miras al espejo y, hostia, te sientes mucho mejor. Y aún no me he gastado ni la mitad de lo que me cuesta una sesión en la peluquería. Claro que tampoco llevo un buen corte bob, ni mechas, ni balayage, ni baby-lights, ni leches. Tinte rubio-oscuro-por-la-parte-de-donde-yo-me-sé y ya me puedo dar con un canto en los dientes. Pero teñirse en confinamiento es de guapas.

25. Han sido los minutos de cardio que he hecho en casa. Porque si 25 minutos leyendo o viendo una serie pasan rápido, haciendo ejercicio seguro que también, ¿no?… Pues no. Ya lo decía Einstein, que el tiempo era relativo. Cuánta razón. Han sido los veinticinco minutos más largos de mi vida. Tengo otras rutinas completas de doce minutos que trabajan todo el cuerpo, pero me he venido arriba con esta. Considerando que hace mucho tiempo que no hago ejercicio nunca, quizá debería ir más despacio. Que limpiar el polvo con el plumero y la música a todo trapo, cantando y bailando, y pasar la aspiradora a lo Freddie Mercury seguro que también cuentan como deporte. Ea.

4. Me he decidido por fin a hacer limpieza de ropa. Cuatro horas me he pasado. Como tengo tiempo, un trozo de armario cada día. Pues me va a faltar ERTE o me van a sobrar armarios. Que no he hecho un 10% de todo lo que tengo que hacer y ha salido una bolsa de basura de las grandes de ropa para descartar y dos bolsas menos grandes para donar. Siempre he reconocido sin pudor y sin consciencia que soy acumuladora, pero quizá debería plantearme la posibilidad de padecer un síndrome de Diógenes en estado temprano. O no tan temprano, porque se me han almacenado años de ropa y voy un poco tarde. Me han hecho falta una separación, una pandemia y un ERTE. Lo próximo ya era una guerra nuclear o una invasión extraterrestre, ya no me la podía jugar más. Espero que me dure la iniciativa hasta terminar bien lo que he empezado y no hacer remiendos como en otras ocasiones. Esta vez sí. Que la motivación está ahí. Que estoy muy motivada. Sujétame el cubata.

20. La hora que he elegido —sin darme cuenta— para hacer viajes a los contenedores de basura. Gran elección, las ocho de la tarde. Vivo en una planta baja que está en un edificio paralelo a otro, con una zona comunitaria ajardinada en el centro donde los niños juegan cuando se puede y hay bancos y parterres. Muy bonito todo. Las ventanas de los dos edificios dan a esa especie de «paseo central». Y no hay cosa más gratificante que ir haciendo viajes para deshacerte de cosas y que te vayan aplaudiendo. Bravo. Ya era hora. Muy bien, Paula. (Bueno, creo que los aplausos no eran para mí, pero por un momento, he fantaseado con esa idea y me he sentido muy apoyada y valorada. No he saludado a lo Rafa Nadal porque me ha dado vergüenza, pero gracias, vecinos. Os debo una copa).

1. Precisamente, una copa de vino tinto al día es lo que recomiendan los expertos, por aquello del resveratrol, de los antioxidantes, de reducir el colesterol malo, de retrasar el envejecimiento —mierda, ya voy tarde—, de las endorfinas, de las infecciones de la boca… El milagroso maná de color granate en vidrio que cura todos los males (al contrario que la banda de música del mismo nombre sin cuya existencia la vida es posible, créeme). Y aquí posteando un día aprovechado, en el que apenas he parado para comer y dormir el antihistamínico media horita —limpieza de armario + alergia a los ácaros = ya sabemos cómo acaba— me tomo mi copita con alegría e inspiración. La buena noticia es que el ataque de alergia ha sido leve en comparación con otras veces de mucho menor exposición al alérgeno. Ah, el vino, ese elixir prodigioso.

389. Así, a ojo, porque no he tenido tiempo de contarlas, las hormigas que se han acumulado en un momento porque hoy Gatogordo —mi gato visitante— no ha querido la merienda. Y a la que me he despistado, había un minúsculo y profuso ejército haciendo acopio del pienso de alta gama que el gato ha rechazado, como en el poema de los sabios de Calderón de la Barca. Amo a los gatos pese a su soberbia. Es herencia familiar, como lo de escribir y lo de ser borde, paciente y altamente sensible.

100.000.000. Las ganas que tengo de verte.

Un comentario en “DÍA 17 – NÚMEROS

  1. A mí me han llamado «borde» personas muy allegadas. Lo que sucede, en realidad, es que soy sensible. Cuando trabajaba y atendía a un joven vestido con un chándal del FC Barcelona, rápidamente me ponía en guardia. Pero cuando un/una PUC (paciente-usuario-cliente) me resultaba agradable, me desvivía para poner a su servicio todo mi saber y entender. Es cuestión de empatía (o de antipatía). No lo puedo evitar.

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