DÍA 25 – LIBERTAD

La naturaleza de un ser no está en lo que parece, sino en lo que es.

Jaime Balmes

La playa amaneció despejada. Era una mañana de agosto en un pueblo costero, que tenía muchos más habitantes en verano que en invierno, aunque aún era una localidad pequeña que conservaba el encanto de un litoral no adulterado por las construcciones masivas. Las noches serenas dejaban ver la vía láctea desde la playa, sin otra iluminación que la del faro que se avistaba lejano, hacia el oeste, en el espigón. Casi todas las edificaciones eran casitas blancas de no más de dos alturas. El pueblo tenía todo lo necesario para vivir, sin grandes despliegues pero con todos los servicios.

Una joven pareja de enamorados estivales esperaba a ver despuntar al sol en el horizonte, como quien espera impaciente el inicio de la película en el cine, resistiéndose a empezar las palomitas, con la certeza de que jamás olvidarían el alba de aquel día. Querían recordar aquel momento para siempre, por si su amor terminaba, que pudieran grabarse aquella imagen por toda la eternidad. Y desde luego, no se equivocaron. Aquel amanecer los acompañaría en la memoria el resto de sus días, pero no por lo que ellos creían. Porque en cuanto la claridad se hizo patente, vieron un cuerpo inerte en la orilla. Las olas se rompían contra él, que permanecía inmóvil, tumbado boca abajo.

Aparentemente, el mar lo había arrastrado hasta allí. No se veía ninguna embarcación cerca. La policía y la ambulancia no tardaron en llegar, avisados por la joven pareja del anhelo del recuerdo imborrable. Es que hay que tener cuidado con lo que se desea, o en su defecto, pedirlo bien, con el máximo detalle posible. Si no, pueden pasar estas cosas.

Era un hombre de unos cuarenta años, sin documentación y sin otra indumentaria que un bañador rojo con anclas blancas. Tenía pulso. Débil, pero con esperanza. Después de realizarle las maniobras de respiración cardiopulmonar, lo trasladaron rápidamente al hospital más cercano, en una localidad situada a quince eternos kilómetros por una carretera de curvas.


Soledad se despertó con los primeros rayos del sol, directos a sus ojos a través la ventana del camarote. Extendió el brazo para tocarlo. Pero la cama estaba vacía. No era normal que Alberto madrugase tanto. Era un hombre activo y en buena forma, pero lo de levantarse temprano nunca había sido su fuerte.

El velero tenía diecisiete metros de eslora y casi cinco de manga. Era demasiado amplio para los dos solos, pero la oferta era sospechosamente jugosa. El barco se llamaba Alca, como el ave marina, pero el anterior propietario decía que, en realidad, era un pájaro de mal agüero. No les dio detalles, pero se notaba que quería deshacerse de la embarcación por alguna especie de superstición, o la firme creencia de que algo maléfico embrujaba la preciosa goleta. Y tras las pertinentes revisiones e inspecciones técnicas con resultados satisfactorios, se hicieron con ella para hacer una pequeña travesía costeando el Mediterráneo. Él era patrón de barco, así que no necesitaban más que provisiones, vino, tabaco y la guitarra.

Se levantó y salió del camarote. Era una mujer atractiva, de cabello largo ondulado, rubio ceniza. No muy alta, con las curvas justas y una radiante piel bronceada por el verano. Parecía más joven de lo que era, no aparentaba más de treinta y pocos. Creativa y especialista en marketing, amaba más disfrutar de la vida que a su profesión. Lo cual está muy bien, pero hay que vivir con los pies en la tierra.

Quizá Alberto estaba en cubierta, componiendo. A Soledad le encantaba escucharlo y mirarlo cuando abrazaba su guitarra. Casi sentía celos, pues deseaba que la tocase a ella con el mismo mimo, el mismo sentimiento y la misma pasión con los que acariciaba la guitarra. Parecía que la amase más que a ella, pese a que tenían siluetas similares. Más que tocarla, le hacía el amor. Con aquella mezcolanza de nostalgia y vehemencia. Como si fuera lo único a lo que poder aferrarse en esta vida. Pero ella sabía cómo seducirlo con unos vinos y unos besos. El resto venía solo. Y poco más compartían, pero ella se empeñaba en amar una idea y no a una persona. Alberto era lo que era, no lo que ella quería. Pero los años van pasando y hay cosas que se asientan aun sin echar raíces. Y luego, claro, se arrancan con mucha facilidad a pesar del transcurso del tiempo.

Recorrió el velero de cabo a rabo —o de proa a popa— pero no encontró a Alberto. Siempre había pensado que Soledad no era un nombre, sino una condena. Y allí, en un barco en medio del mar, sin nadie que lo tripulase, sintió que aquella frase era la mayor verdad que había conocido nunca.


El hombre del bañador rojo con anclas blancas descansaba, inconsciente, en la habitación del hospital. Se encontraba estable, aunque se desconocían las posibles secuelas del ahogamiento. Había que esperar a que despertase. Hasta donde se había podido averiguar, nadie había denunciado ninguna desaparición ni accidente en el mar. En cualquier caso, su temperatura corporal y su piel, levemente azulada en el momento del hallazgo, indicaban que había estado apenas unas horas en el agua. Quizá se había caído de alguna embarcación y había luchado por nadar hasta quedar sin fuerzas. Lo que estaba claro era que no había sido un intento de suicidio. ¿Quizá de asesinato?

Las horas siguientes eran cruciales, tanto para la salud del hombre misterioso como para identificarlo. Ya era media mañana de un caluroso sábado de agosto y, más pronto que tarde, alguien echaría de menos al hombre del bañador rojo con anclas blancas. O encontrarían una embarcación a la deriva. O él mismo despertaría y contaría lo ocurrido. Pero por lo pronto, su identidad y los hechos seguían siendo un misterio.


Soledad jamás había hecho tanto honor a su nombre. No tenía la más remota idea de qué hacer. ¿Saltar por la borda? ¿Intentar tripular el barco? ¿Y la radio? ¿Sabría hacerla funcionar? Ya había intentado lo fácil, que nunca es tan fácil ni tan evidente, o se me acaba aquí el relato. El móvil. Pero no tenía cobertura y no podía ni llamar al 112. Y el GPS la retrataba como un perfecto círculo rojo sobre fondo azul. Un bonito diseño para un perfil profesional o un fondo de pantalla corporativo. Pero vamos, que ahora aquello no era el tema. Era más importante frenar las palpitaciones e intentar respirar más despacio, porque aquella opresión en el pecho no iba a ayudar demasiado. Alberto, dónde hostias estás. ¿No podías desaparecer en un momento más oportuno? Te estamparé la guitarra en la cabeza cuando te vea, pedazo de cabrón.

Estaba tan acostumbrada a que él se ocupase de todo que no tenía recurso alguno. Su único medio era él, y no estaba por ninguna parte. La irracionalidad le hizo abrir armarios, arcones y maletas, como si fuera a aparecer agazapado en algún rincón o escondido en una especie de broma macabra. Pero no había rastro alguno de Alberto. Y que tampoco era contorsionista ni nada. Es como cuando sales de casa en pijama y sin peinar, porque vas un momento al parking a buscar algo al coche y, nada más cerrar la puerta, te das cuenta de que llevas las llaves del coche, sí, pero no las de casa. Te pones a aporrear la puerta, como si alguien fuera a abrirla (viviendo sola) y a decir nooo, nooo, a ver si puedes retroceder un poco en el tiempo y tal. (El relato es ficción, pero este símil es totalmente real. Acabó bien, era relativamente nueva en el vecindario y me di a conocer. La del pijama de gatos. Un pijama muy premonitorio, dicho sea de paso). Bien, pues siguiendo con Soledad y su desvarío, cogió una defensa del barco y empezó a destrozar el mobiliario. Ya no buscaba a Alberto, sino a su propia cordura.

Parecía que la situación no podía ir a peor. Un barco a la deriva con una sola pasajera, sin noción alguna de náutica, enloquecida de puro terror, destrozándolo todo a golpe de defensa. No subestimemos a la providencia. Siempre se puede estar peor. Al tercer golpe sobre un panel de una de las paredes, este se partió en varios trozos, dejando al descubierto un esqueleto humano que se desmoronó a sus pies. ¿Recuerdas ese día que estabas en la playa y te pareció oír un grito desgarrador que procedía del mar? Pues era ella.


El hombre del bañador rojo con anclas blancas despertó de su sueño al día siguiente, en el hospital. Estaba desorientado y, como siempre ocurre en estas historias, no recordaba nada de lo sucedido la víspera. (Soy de recurso trillado, lo reconozco. Amnesia, qué original). No sabía su nombre, ni qué le había llevado a aparecer en aquella playa de aquel pueblo que no conocía, y donde no lo conocían a él, con la alborada de un día de verano.

La policía local lo interrogó en cuanto los médicos lo permitieron, pero el hombre poco pudo aportar a su propia historia. Su estado físico descartaba cualquier posible empeoramiento, pero mentalmente andaba más perdido que un grillo en una pecera.


Soledad jamás había sentido su corazón latir tan deprisa. Tras varios saltitos desesperados, como si los huesos fueran ratas que querían abandonar el barco, sintió que ella también quería abandonarlo. Y abandonarse. ¿A quién debía pertenecer aquel esqueleto?¿Cómo era posible que hubieran comprado un velero con un tripulante de ultratumba? Maldito Alberto. Mucho recurso y mucha elocuencia, pero en menudo fregado la había metido. Lo maldijo con tanta fuerza y tanta rabia, que sus improperios casi se oyeron desde tierra firme.

Salió a cubierta con los ojos enrojecidos de puro miedo, rabia y llanto, por ese orden.

De pronto, vio una embarcación. Un remolcador de puerto se acercaba por estribor, y pronto vio que se dirigía hacia ella. Quizá Alberto se había caído por la borda y había logrado llegar a tierra firme y dar el aviso de que su velero navegaba a la deriva sin tripulación y con una única pasajera. En cualquier caso, empezó a gritar y a hacer señales, por si su hipótesis era incierta. Alberto era un marinero experimentado, habría resultado extraño que se precipitara sin más al mar abierto.


El hombre del bañador rojo con anclas blancas evolucionaba favorablemente. Empezó a sentir recuerdos en forma de lejanas imágenes, que iban cobrando nitidez, en las que viajaba en un velero con su mujer. Ella era una manipuladora chantajista emocional. Sí. Lo maltrataba constantemente, con sus palabras y con sus manos, o con cualquier objeto que resistiera los golpes y sobre cualquier parte de su cuerpo. Era una hija de puta integral. Llevaba años haciéndole la vida imposible, minando su amor propio, mermando su capacidad de reaccionar. Pero todo tiene un límite y nadie aguanta (o no debería) tamañas vejaciones de por vida. Entonces recordó todo.

Todo aquello lo llevó a planear las vacaciones en el barco. Le había costado mucho tiempo ponerlo al día y tenía la excusa perfecta. El velero está en perfecto estado de revista. Nos vamos de crucero los dos solos, a ver si arreglamos de una buena vez esta situación. Y vaya si la arreglaron. Cuando hubieron perdido la costa de vista, ya en alta mar, el hombre del bañador rojo con anclas blancas empujó a su mujer con todas sus fuerzas contra la botavara. El golpe en la cabeza fue tan certero como mortal y una mancha roja empezó a pintar el suelo de granate.

El hombre del bañador rojo con anclas blancas ya tenía previsto su empoderamiento por emparedamiento. Introdujo el cuerpo de su malograda esposa en el hueco entre la pared de la bodega y el panel. Selló con fuerza el sepulcro que tanto le había costado construir, limpió los restos de sangre y navegó libre, redimido y feliz hasta el puerto. El siguiente paso era desaparecer, empezar de cero en otro lugar y dejar pasar algo de tiempo. Y una vez asentado en su nueva vida, deshacerse del Alca. Le gustaba aquel nombre. Al final, las aves son símbolo de libertad.

Se cambió de población, de nombre y de vida. Se estableció en un pueblo costero, que tenía muchos más habitantes en verano que en invierno, aunque aún era una localidad pequeña que conservaba el encanto de un litoral no adulterado por las construcciones masivas. Cuando llegó el momento, pasados unos años, no le costó mucho vender el velero. El hombre del bañador rojo con anclas blancas pedía una cantidad ínfima de dinero. No lo suficientemente irrisoria como para despertar sospechas, pero sí lo suficientemente atractiva como para cerrar la operación con la mayor celeridad posible. Una pareja algo más joven que él se interesó enseguida. Ella era publicista o algo así, y él era patrón de barco, músico, fumador empedernido y un punto pedante, con cara de amargado. Y tras las pertinentes revisiones e inspecciones técnicas con resultados satisfactorios, se hicieron con el Alca para hacer una pequeña travesía costeando el Mediterráneo.


Una calurosa tarde de agosto, Víctor decidió dar un paseo hasta el faro que había en el espigón. Sin otra indumentaria que un bañador rojo con anclas blancas, por la ola de calor que azotaba aquel verano, se puso a caminar hasta que le venció el sol. Se mareó y perdió el equilibrio, cayendo como un canto rodado por el espigón hasta el agua. Allí la marea lo empezó a arrastrar y se funde a negro su memoria.

Ahora está en el hospital, y acaba de recordar su historia tras el accidente. Obviamente, les ha ahorrado muchos detalles a las autoridades locales quienes, una vez han comprobado que vive a escasos quince kilómetros de allí, y que no tiene familia, han dado el caso por cerrado.

En la televisión del hospital están emitiendo las noticias, que Víctor mira sin demasiado interés mientras cena. Ha aparecido un cadáver en una playa de una localidad mediterránea, no muy lejana a la suya. Un hombre que responde a las iniciales A. G. C. se ha suicidado disparándose en la cabeza en un velero. Su mujer, S. V. B. ha sido rescatada en estado de shock en el barco a la deriva desde donde el hombre ha caído por la borda, revólver en mano, tras quitarse la vida. Al parecer, en la nave, de nombre Alca, se han encontrado unos restos humanos, pertenecientes a una mujer que llevaba varios años tapiada en la bodega. El juez ha decretado secreto de sumario.

Y Víctor ha empalidecido de repente.


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