DÍA 26 – EL VESTIDO ROJO

Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes prueban la muerte solo una vez.

William Shakespeare

Había elegido para la ocasión un vestido rojo en organza, con la espalda al descubierto, ceñido a la cintura, con falda en varias capas de tul y una larga cola, que se pegaba a su piel con la brisa marina del atardecer. Lola andaba descalza por la playa en dirección al horizonte de su nueva vida y no pensaba volver la vista atrás. Nunca más.

Le había costado mucho tiempo y muchas lágrimas tomar la decisión, que ahora ya era irrevocable. Se acabó aquella vida. Al final decidió ser valiente y empezar de cero, pasar página y emprender un nuevo rumbo, abandonando los trayectos que no pensaba recorrer nunca más. Trazando nuevos caminos con destino a la felicidad.

El sonido de las olas era relajante, como un dulce somnífero. Libre de equipaje, Lola caminaba despacito mientras recordaba su antigua imagen, que tanto odiaba y tan ajena sentía, y tan cobarde percibía, por no enfrentarse a la vida, por no decidirse a cambiar lo que no le gustaba. Se había dejado llevar durante años por la resignación, sin darse cuenta de que vivir no es solo respirar. Había dejado pasar oportunidades que habían quedado en conjeturas. ¿Y si…? Jamás lo sabría.

Pero nunca más iba a ser una miedosa. Al final lo único que no vuelve es el tiempo. Invadida por una sensación de paz y sosiego mientras se adentraba en el mar de su nueva existencia, se sintió heroica. Pocas personas tenían la osadía de dejarlo todo atrás para salir a buscar la verdadera felicidad en una vida nueva, sin más bagaje que todo lo aprendido.

El vestido rojo se empapó y cambió de color, por aquello del espectro electromagnético formado por las longitudes de onda de los colores. En el agua, el rojo es el que primero se pierde. Apenas a cinco metros de profundidad, aparece verde ante el ojo humano. Y a más metros, todo se funde a negro.


Alberto llegó a casa de Manuel casi sin aliento. La llamada de su mejor amigo, a pesar de que le contaba lo feliz que era y que por fin había decidido afrontar sus miedos, le había dejado bastante preocupado. Algo no acababa de cuadrar. Llamó repetidas veces al timbre, pero nadie abrió la puerta. Nadie contestó a sus voces más que el vecino del portal contiguo, que salió, alertado por los gritos, con las llaves de Manuel en la mano, como ofreciéndose a ayudar pero sin querer, por miedo a lo que pudieran encontrar.

Al entrar en la casa, encontraron a Manuel tendido en el suelo, inerte, sobre un gran charco de sangre que parecía un vestido de alta costura, con la espalda al descubierto, ceñido a la cintura, con falda en varias capas de tul y una larga cola. Junto al cuerpo de su amigo, una carta manuscrita y un pene brutalmente amputado.

Manuel aún sostenía con vehemencia el cuchillo en la mano, debido al rigor mortis o a las ganas de dejar de ser quien era, pero no quería ser. Un cobarde cualquiera, disfrazado de valiente, que murió desangrado, solo y engañado por él mismo, con la convicción de que, en realidad, empezaba a vivir de nuevo.

En la carta, Lola —anteriormente conocida como Manuel— declaraba su amor a su amigo Alberto. Tarde y mal. Se marchó sin atreverse a saber si era correspondida, si era la bella mujer que había ansiado ser para él. Se mató habiendo amado y temiendo ser odiada, pero segura de ser una audaz guerrera, honesta y fiel a su identidad. La pobre infeliz.

¿Y si…?

Jamás lo sabría.


Me vuelvo a ver en la obligación moral de explicar que este es un relato de ficción, con sus atisbos de inspiración en algunas de mis vivencias. Porque sé que hay quien se preocupa o quiere ver más de mí de lo que en realidad hay. Y porque, como me dijeron una vez hace muchos años: «Paula, tienes la odiosa costumbre de dar demasiadas explicaciones». No creo haber mejorado en eso, porque aquí estoy, justificando por qué escribo sobre yonkis, gatos, viejas destinadas a morir solas, cobardes y suicidas.

Escribo sobre yonkis, gatos, viejas destinadas a morir solas, cobardes y suicidas porque es lo que hay en la vida. No soy ninguno de ellos, pero estoy un poco en todos. A veces más, como en Galletas, a veces menos, como en Parecía no cansarse, a veces completamente yo, como en No me mires (basado en hechos 100% reales). Cada personaje es una mezcla de mí y de otras personas que he conocidoel protagonista de Amapolas es un amalgama de seis personas— de las cuales sigo aprendiendo, con el ejemplo, pero también con el contraejemplo.

Lo que me niego a aprender es a no entender la vida desde una perspectiva de justicia, por más que me golpee en toda la boca, una y otra vez, lo injusta que es. Pero cuando pierdes el miedo, tienes una gran parte del camino hecho, por más mierdas con las que tropieces mientras lo recorres en busca de ilusiones que, a veces, son de mentira. Pero no por ello vas a dejar de intentarlo. Las veces que haga falta. Porque si te caes te levantas, pero si te arrastras no te caes, pero tampoco vives. Y vivir —entre otras cosas— es que alguien te toque como toca Mark Knopfler la guitarra.

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