DÍA 27 – CATARSIS

Cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo.

Mario Benedetti

Dices que quieres ser astronauta. Que quieres orbitar la Tierra. Y si pudiera ser, a la velocidad de la luz para retroceder en el tiempo.

Dices que no tienes edad para quedarte con las ganas, porque al final, el tiempo es lo único que no vuelve. Pero el tiempo no es más que un invento de la humanidad —concretamente, de la civilización babilónica— para controlar el cambio: la única constante. Los babilonios contaban con los dedos de las manos. Con el pulgar de una mano, contaban las falanges del resto de los dedos, con lo que podían contar hasta doce. Y con los dedos de la otra mano, contaban cinco veces doce, es decir, sesenta. De ahí que el sistema numérico divida los años en doce meses, las horas en sesenta minutos, los días en veinticuatro horas. Así, lograron que el tiempo fuera inmutable hasta que Einstein demostró que, en realidad, era relativo.

Dices que el tiempo es tu mayor enemigo. Porque sientes que se te escapa. Que no sabes cómo aprovecharlo y crees que lo estás perdiendo. Quieres ser astronauta y orbitar la Tierra. O viajar a Alfa Centauri y volver cuando toda esta mierda haya pasado. Así no se te escaparía el tiempo. Pero no piensas que Alfa Centauri puede haber explosionado sin que lo sepamos siquiera. O lo que viene a ser lo mismo: que la mierda no pasa de largo porque tú huyas de ella.

Mirando las estrellas, viajamos al pasado, porque las vemos como eran antes, y no como son ahora. Si extrapolamos a nivel cuántico el comportamiento del tiempo, sabemos que no es lineal. Y me tendrás que dar la razón. Hace justo un año, hacías las maletas para ir a Disneyland París. Solo un año, y parece que han pasado cuatro. Cómo disfrutó tu niña interior de aquellos tres días en los que el mal tiempo no dio tregua. La emoción con la que aplaudías en el espectáculo nocturno, ¿te acuerdas? Llovía y ni siquiera te diste cuenta. La adrenalina, el entusiasmo y un buen calzado te permitieron caminar sin descanso durante un fin de semana de ensueño.

Es verdad, al cabo de unas semanas, sin motivo alguno, se te fue el mundo al suelo, como diría el gran Pau Donés. Y lejos de arreglarse, has ido encadenando una desilusión tras otra. En lo profesional y en lo personal. Y estás harta del «que te quiten lo bailao» porque, en realidad, estás hasta el coño de que te lo quiten. Admítelo. Porque tu percepción del tiempo hace que las ilusiones duren una milésima parte de las desilusiones que las siguen.

Dices que quieres orbitar la tierra a la velocidad de la luz para retroceder en el tiempo. ¿Qué ibas a cambiar, alma de cántaro? Nada.

Dices que quieres ser astronauta porque has perdido un poco la perspectiva de esta prueba de la vida. Que ya no sabes cuál es la lección y se te está atravesando la puta asignatura. La capacidad de ilusionarte, desde luego, no la has perdido. Eso está genial. ¿Que luego te llevas una hostia? No pasa nada. El universo te trae otra ilusión y tú, con pies de plomo (dices) caminas cautelosa de puntillas sobre ella y, en cuanto bajas la guardia, ¡zas! en toda la boca otra vez. Y así va pasando el tiempo, con sus días de veinticuatro meses, sus horas de sesenta días, sus minutos de sesenta años y un panorama desesperanzador de trescientos sesenta grados. Los babilonios: unos cracks.

Y yo te digo que tienes todo el derecho a enfadarte. Que no te sientas mal por llorar ni pienses que el universo te va a castigar porque con tus malas vibraciones no vas a atraer nada bueno. Pues le dices al universo que te dé un respiro, que te lo has ganado. Y si no le gusta, que se joda. Que te cabrea que jueguen contigo, que te revienta que te importe gente a la que tú no le importas, y que es verdad: no tienes edad ni cuerpo para quedarte con las ganas. Que te dejes llevar y disfrutes con quien sí te ha demostrado que le importas. Y a la mierda las consecuencias.

Te digo que está muy bien ser agradecida por todo lo que tienes. Que el test rápido de la Covid es molesto de narices (nunca mejor dicho) pero ha salido negativo. Que la catarsis física se ha contagiado de la emocional, o al revés, qué más da. Que te dijeron hace poco lo más bonito que te han dicho en años sobre el aroma que emanas desde siempre (y siempre es mucho tiempo). Que brillar está muy bien, aunque atraigas bichos. Y que el tiempo no lo cura todo, porque no existe, pero la vida es cambio. Y cualquier día se arreglan las cosas y se te deshinchan los ojicos. Aprende de la gata, que no sabe lo que es el tiempo, y que no entendió por qué ayer no la dejabas salir cuando vino una extraña a magrearla y a clavarle una aguja. No sabe que lo hiciste por su bien y, aun así, se acurrucó a dormir pegadita a ti toda la noche.

Y entre tanto, sigue siendo valiente, aléjate de los cobardes y vuelve a acurrucarte tú también hasta que salga bien. Compadécete de quienes hacen daño, porque el mal lo tienen ellos, no tú. Desintoxícate de las redes sociales igual que te estás desintoxicando de la fluoxetina. No te obligues a hacer nada que no te apetezca, ni a escuchar consejos absurdos que no has pedido (incluidos los míos). No sientas que estás haciéndolo mal, que tienes dependencia emocional, que no sabes estar sola, que tienes que estar alegre y feliz todo el tiempo y que, si no, necesitas un psiquiatra. Lo estás haciendo bien, lo único que pasa es que no es fácil. Y ya.

No sientas que desaprovechas el tiempo, porque eso es tener miedo de que pase, y habíamos quedado en que vivir con miedo es empequeñecerse y ser infeliz. Que si hay que serlo, siempre es mejor que sea por una desilusión que por no haberte atrevido a intentarlo.

Guarda la ginebra buena para tomarla bien acompañada. El resto te lo puedes ir bebiendo hasta que te devuelvan lo bailao.

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