Con el tiempo todo pasa. He visto, con algo de paciencia, a lo inolvidable volverse olvido, y a lo imprescindible sobrar.
Gabriel García Márquez.
Soledad tiene cuarenta y tantos. Se conserva bastante bien, cuida su imagen y su cabello, y tiene una silueta bonita y proporcionada. No hace todavía un año que su pareja la abandonó de forma repentina. Se quedó sin ilusión, sin Navidad, con la fuerza que había olvidado que tenía y con un tremendo desconsuelo. Arrastrándose pero sin detenerse, lloró y lloró. Y lloró aún más, pero se esforzó en salir adelante, con el apoyo de su familia, de sus amigos y, sobre todo, de su propia mundología.
En este último año casi ya vencido, ha tenido malas experiencias. La verdad es que la vida no es justa y hay personas muy egoístas, que irrumpen en tu vida y, aún sabiendo que lo has pasado mal, hacen uso de ti como si fueras una herramienta. Soledad ha pasado por una separación, muchas horas muertas y dos desilusiones. Es cierto que hizo una limpieza necesaria en casa, se limpió también ella por dentro y afrontó con gran entereza lo que le parecía una película de ciencia ficción. O de terror. Lo menos grave que le pasó fue una pandemia y un confinamiento. Y si a eso le sumamos cambios en el trabajo que no le gustaron —y siguen sin gustarle— y muchas añoranzas y nostalgias, tenemos el cóctel perfecto para la tristeza. Le recetaron antidepresivos, quiso dejarlos demasiado pronto y tuvo que reanudar la dosis inicial. Pero con más tranquilidad los ha ido suprimiendo poquito a poquito y ya está limpia. Aún toma ansiolíticos para dormir, eso sí. Pero ella sabe que siempre acaba saliendo el sol, aunque esta vez esté tardando un poco en amanecer.
A veces la aborda la nostalgia, es cierto, pero no ha perdido la capacidad de ilusionarse. Se ha llevado chascos, pero no piensa permitir que la infravaloren. Se sabe suficiente, pero aún apunta mal y yerra el tiro. A veces se siente un poco sola y solo quiere querer y que la quieran. Le duele considerar amigos a quienes no lo son. Es tan sensible que le sabe mal que otros la borren de sus vidas, o de sus redes sociales, sin explicación o despedida, cuando en el fondo sabe que si es tan poco importante para ellos, ellos quizá deberían serlo también para ella. Que todos nos equivocamos, pero acabar sin un final… Qué pena no tener ocasión de hablar con sinceridad, aunque solo sea para decir adiós. Pero ella no es rencorosa, aunque sepa que merece mucho más.
Se engancha a series, come chocolate con leche y con culpa, pero se lo dosifica todo con bastante competencia. Valora lo que tiene, ama con vehemencia y mentiría si dijera que no es feliz.
Libertad también tiene cuarenta y tantos. Le encanta ir a la peluquería, hacerse mechas, vestirse mona y maquillarse —discretamente y con buen gusto— cada día para ir a la oficina. No le motiva su trabajo, pero sí le gustan sus compañeros —unos más que otros— y le gusta que la miren. Y si tiene que discutir, discute con quien haga falta. Un efecto secundario de perder el miedo es que también se pierde el filtro. No hace todavía un año que la vida decidió ponerla a prueba y, recordando una traumática experiencia de un tiempo atrás, decidió ponerse manos a la obra rápidamente para no volver a pasar por lo mismo. Acudió en busca de ayuda médica, psicológica y autodidacta. Pero se dio cuenta de que las herramientas adquiridas siguen ahí, aunque lleves tiempo sin utilizarlas, y enseguida vio que no necesitaba terapia ni la ayuda de nadie. Solo tiempo, positivismo, ganas, fuerza y paciencia (de esta última ya casi no hay stock. A este ritmo, a enero no llegan las existencias). Y de que dejaría la Fluoxetina en cuanto se encontrase mejor. Y así lo hizo. Drogas, las justas.
Lleva un año movidito. Le hizo falta una separación, una pandemia y un confinamiento para hacer limpieza de trastos y ropa en casa. Y ya venía haciendo falta, así que quizá no hacía falta poner al mundo en jaque para inaugurar la campaña «mierdas, las justas» (igual que las drogas). Pero tras dedicarle un vergonzante número de horas —que jamás confesará a nadie— los armarios quedaron dignamente ordenados. Una alegría que haya cajones vacíos y que los llenos cierren bien.
Aprendió expresiones del castellano que desconocía. ¡Ah, la riqueza del idioma! Nunca sabes lo suficiente. Por ejemplo, resulta que Ya hablamos en realidad significa «eras mi plan B y me vuelvo al plan A y, por supuesto, de lo de hablar, nada de nada, que ya me has servido para lo que quería». Otra: Soy muy sincero y me gustan las cosas claras es en verdad sinónimo de «voy a marear la perdiz hasta decir basta y, con la excusa más tonta, voy a desaparecer cual Houdini». Debe de ser esa figura retórica a la que llaman sarcasmo. O esa cualidad humana a la que llaman cobardía. Pero ella no es rencorosa. Porque sabe que todo eso no tiene nada que ver con ella. Porque ella no quiere más que querer y ser querida, sin complicaciones (ni suyas, ni ajenas). Quien quiera evolucionar, que lo haga, y quien se quiera estancar en sus propias gilipolleces y creerse las historias que se cuenta a sí mismo es muy libre de hacerlo. Una pena, porque el último le gustaba de verdad. Pero ella a él no. Qué se le va a hacer.
Libertad escribe. Escribe lo que le sale de las tripas, se le van las horas con ello y no solo escribe, sino que además lo publica, con todo su papo. Porque no tiene nada que esconder. Porque ella es de verdad, con sus defectos y sus virtudes.
Soledad y Libertad han vivido experiencias similares. Soledad es sensible —que no débil— y se entristece cuando se siente herida. Llora y descansa y vuelve a llorar —como los peces en el río— y no deja de pensar que todo irá mejor algún día. Quizá abre su corazón demasiado rápido y por eso se lleva desilusiones. Y le da un poco de vergüenza haber confiado tan alegremente en personas que solo han jugado con ella. Pero ella es así y no cambiará. Las corazas solo sirven pasa aislarse. Libertad vive el presente, le da igual todo y reconoce que le gusta el hombre equivocado. Y se esfuerza poco en que deje de gustarle. Al final el tiempo pone las cosas en su sitio y está claro quién sale perdiendo. El problema no lo tiene ella, al fin y al cabo. Busca un trabajo mejor, hace entrevistas, las que le interesan también la ignoran y ella ya se lo toma todo a risa. Dice que se debe de haber vuelto invisible y está pensando en cómo aprovechar su nuevo súperpoder. Pero sigue apuntando a la luna para llegar a las estrellas y no cejará en su empeño, por más hostias que se lleve por el camino.
Soledad y Libertad son hermanas y no pueden vivir una sin la otra. Ambas son yo, y yo soy ellas, a días una, a días otra. Porque la soledad es el precio que se paga por la libertad. Y para ponerte a purgar los radiadores a las cinco de la madrugada, porque no puedes dormir sin el Orfidal —pero a veces lo intentas—, tienes que vivir sola, o quizá, tal vez, posiblemente, molestes o tengas que dar demasiadas explicaciones. A la gata le da igual, ella se adapta (además, juraría que no estaba ese día). La libertad es un bien muy preciado y se cotiza al alza. La soledad se disfraza de imposición, pero no deja de ser una elección. Al final la mejor compañía es uno mismo. O así debería ser.
Mañana tengo un evento importante. Algo que me apetece desde hace mucho tiempo y por fin ha llegado el día. Me ha invitado una amiga —de las de verdad, de esas que, aunque pases años sin verla, sabes que está y que siempre estará— y tengo muchas ganas de vivirlo y de contarlo… hasta donde se pueda. (Y ahí dejo mi primer cliffhanger. Flojo, para qué nos vamos a engañar, pero todo es mejorable. Siempre).

Lo supe, y lo dije, hace ya mucho tiempo.
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Ya. Me he inspirado en tu frase. 😅
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