DÍA 34 – NO

Quisiera sufrir todas las humillaciones, todas las torturas, el ostracismo absoluto y hasta la muerte, para impedir la violencia.

Mahatma Gandhi

Se abrieron las puertas. Es cierto que no esperaba que fueran a buscarlo ni lo recibieran con vítores y pancartas, en la típica estampa de la familia agolpada en la terminal de llegadas del aeropuerto. No esperaba los saltos, las lágrimas de emoción, los abrazos, el equipaje repartido entre todos mientras caminan hacia el coche, algún niño correteando y una abuela en silla de ruedas, que está mitad aquí, mitad quién sabe. Y quizá también un perro.

No, no esperaba nada de todo eso, pero al menos podía haber acudido alguien.

Arrastraba un trolley con sus cuatro pertenencias. Y arrastraba también sus cuarenta y tantos años llevados regular tirando a mal, con la barba escasa y desaliñada, el pelo muy corto y canoso, y la ropa vieja. Vintage no. Vieja. Miró hacia ambos lados varias veces, como un espectador de un partido de tenis, con la esperanza de haberse perdido algún detalle en un ángulo muerto. Aquel gesto le evocó un lejano recuerdo. Pero nadie había acudido a recibirlo ni a llevarlo a ninguna parte.

Claro que aquello no era la terminal de llegadas de ningún aeropuerto. Era el módulo masculino del centro penitenciario San Cristóbal. Y el punto final de sus diez años de condena por agresión sexual.


Con la música bien alta, bailaba y canturreaba ella sola mientras se acicalaba. Treinta y seis bien llevados. Cuerpo normativo —sus esfuerzos le costaba—, piel de mirra, pelo de oro y ojos de zafiro. Aroma a incienso. El mejor regalo de Reyes. Después de un baño hidratante de espuma con sales relajantes, se paseaba con su mejor ropa interior mientras se secaba la larga melena ondulada y abundante, elegía vestido, se aplicaba una discreta capa de maquillaje, sombra de ojos, máscara de pestañas y colorete. Y ese sutil toque de perfume almizclado que emitía sensualidad desde —y hacia— los puntos estratégicos. Era una primera cita y ella no era de esas que lo daban todo en la primera noche. Pero quizá tampoco era de las otras. El caso era que él tampoco la había seducido más que con la insistencia. No había sido ni mucho menos un flechazo. Y como suele ocurrir en estos casos, ella se dijo: ¿por qué no darle una oportunidad?

¿Por qué no darme una oportunidad?

La recogió más tarde de lo acordado y fueron a cenar a un restaurante de decoración algo opulenta en relación con la calidad de la comida. Un quiero y no puedo que él había escogido y que ella recibió con cierta ternura. Él había querido marcarse un tanto y, pese a todo, a todas nos gusta gustar y ella no era una excepción. Al menos él tuvo el valor de ser impuntual, porque tanta perfección al final empalaga, la verdad. Pasaron una cena agradable y poco más. Fueron a tomar una copa después y se despidieron con un largo beso. Él se enamoró locamente. Ella ya había olvidado las mariposas en el estómago de los primeros besos, y no fue precisamente aquel beso el que se las recordara. No sintió nada. Incluso pensó en no volver a verlo nunca más.


Dejó atrás el edificio de la prisión, arrastrando el trolley, la edad y la mierda emocional acumulada durante todos los años de condena, diez en la trena y veinte más en su cabeza. Caminó durante varias horas hasta que llegó a casa de su madre. La señora, viuda, mayor y con algún síntoma preocupante de demencia que nadie se había molestado en confirmar, por no molestar a nadie, había olvidado que aquel era el día en que su hijo salía de la cárcel. Cuando lo vio en el umbral de la puerta lo abrazó, lloró, se lamentó y moqueó hasta atragantarse. Le sobrevino un ataque de tos, seguido de una náusea, pero la tragedia que se mascaba pudo detenerse a tiempo en un ejercicio de contención y autocontrol. Miró a su hijo y entendió que aquel pobre desgraciado no tenía dónde caerse muerto. Y que había decidido caerse muerto justo allí, con ella.

Sabe Dios que el amor de una madre es infinito. Pero sabe también que hay mil y una formas de demostrarlo y que no todas son las más adecuadas a ojos de un hijo. Maneras de querer hay tantas como maneras de vivir. Su relación nunca fue buena en ese sentido, y desde pequeño él había desarrollado una especie de sentimiento de amor y odio mezclados a partes iguales hacia su madre y, por extensión, hacia el resto de las mujeres del planeta. Pero a aquellas alturas, no tenían más remedio que profesarse los afectos, cualesquiera que fueran, bajo el mismo techo de un cuarto piso de ochenta metros sin ascensor.


Hubo segunda cita. Cenita en un local de moda, de esos a los que vas porque lo recomiendan personas influyentes de las redes sociales y en los que ni meterías un pie de no ser por eso. Mesas altas, luces de colores estridentes, taburetes incómodos, comida rápida y decoración kitsch. Pero dejarse llevar —y traer, y escuchar, y admirar— no albergaba ninguna dificultad, con lo que también hubo tercera cita. Y cuarta. Era la mujer más maravillosa del mundo, le dijeron. La más inteligente, la más sensata, la más bonita. Cómo renunciar a tanto agasajo.

Llegó el día protocolario para consumar la relación. Cuando te invitan un fin de semana a una cabaña en la montaña, aislada y rodeada de nieve, con sus paredes de madera, jacuzzi privado y cama king size, parece que no puedes negarte a la evidencia. Ni a la evidencia ni a nada. Bueno, las citas han sido amenas, él ha sido cariñoso y ha querido impresionarte desde el primer momento. Seguro que será dulce y respetuoso. No digas que no has aceptado seguir con el juego y que no has visto las señales. Simplemente, no has querido verlas. Tus mariposas perdidas. Sus comportamientos erráticos que tradujiste como excentricidades. Su insomnio anacrónico y sus vahídos de sueño a media mañana. Sus constantes devaneos físicos y mentales. Sus repentinas ausencias.

Qué ibas a reconocer tú, alma cándida, los síntomas de un trastorno psicótico inducido por consumo de cocaína.

El entorno era idílico sin duda. Una casita de madera en medio de la nada. Los copos de nieve caían lento, como si una invisible mano gigante espolvorease virutas de coco rallado sobre un volcán de chocolate. (Es que lo de cubrir el bosque con un manto blanco está ya muy sobao). La chimenea encendida, las alfombras de pelo —sintético, no me jodas, que hay cosas que no se pueden tolerar por más lisonja que lleven implícita—, las copas de cava y una merienda-cena al lado del fuego. Y de postre, cinco gramos de farlopa. O seis, ya no sé.

Vamos con todo. La noche de las primeras veces. Alcohol, coca y elocuencia en idénticas proporciones. Raya tras raya, trago tras trago. De entrada parecía estimulante y divertido. Las sensaciones a flor de piel, la mente alerta, la batalla dialéctica servida y aderezada con pupilas dilatadas y la piel en llamas. Con eso y una mirada muy distinta a la que conocías, se abalanzó sobre ti tu dulce príncipe y no dejó margen al comedimiento. Lo quiso todo y todo lo obtuvo. Creíste que era lo correcto, que habías llegado hasta allí con un mensaje explícito y no quisiste contradecirte ni decepcionar. Si vas es porque consientes. Seguro que no había mala intención, era la pasión de su inconmensurable amor por ti y de todos los demás estímulos. Cerraste los ojos y accediste. Accediste a todo aquello a lo que jamás habrías querido acceder en una primera vez. Y quizá tampoco en una segunda, ni en una tercera. O quizá no al menos con aquella persona.

¿Accediste?

Él fingió creer que tus gritos —que nadie más pudo escuchar— nacían del placer más instintivo, de la pasión más primaria. Pero tú chillabas de puro dolor y contenías las arcadas y los reflujos que te provocaban los olores, los fluidos, la expresión con la que te miraba, las babas de los lametones indiscriminados en tu cara. Esquivabas su rostro girando la cabeza hacia ambos lados, una y otra vez, con cada embestida de velocidad progresiva, de chirriantes jadeos y de creciente furia. Que acabe ya, por favor. Por favor. Te habías convertido en un mero objeto y él en un monstruo. (No me gustan las analogías con animales, ellos son nobles por naturaleza y un violador no llega ni a deshecho humano).

Como cualquier otra cosa en la vida, aquello también terminó. Todo se acaba en un momento u otro, aunque la percepción del tiempo que dura sea directamente proporcional a la inmundicia emocional que engendra. El lobo volvió a su disfraz de cordero y sonrió melosamente. Como el sapo que se transforma en el dulce príncipe. Eres muy buena, te dijo. Lloraste de tristeza, de asco, de rabia, de impotencia, de dolor y de vergüenza. Sobre todo, de vergüenza. Y al muy hijo de puta le conmovieron tus lágrimas de supuesta emoción. Solo muchas duchas y muchos años más tarde empezaste a sentirte un poco limpia.


La convivencia nunca es fácil. Y menos entre un ex convicto de mediana edad y su anciana madre, medio cuerda, medio loca. Casi era mejor cuando parecía no estar en sus cabales. Tampoco estaba clara la procedencia de aquellos episodios. Posiblemente vinieran del consumo de alcohol. En realidad, a él tampoco le importaba demasiado. Cuanto más borracha, más contenta y, por ende, más tranquila. Y mientras ella dormía las monas, él se iba consumiendo día tras día entre un cigarrillo y el siguiente, tirado en el sofá, apestando a sucio y engullendo basura en forma de comida y televisión. El resto del tiempo, se gritaban y se lanzaban improperios, escupitajos y piezas de menaje de cocina a partes iguales. La situación no era sostenible pero tampoco parecía ser susceptible de cambio.


Después del fin de semana en la montaña, ella decidió cortar con la relación. Tardó mucho tiempo en comprender que podía haber dicho que no. Que daba igual la cabaña, la cama, la chimenea y la puta nieve.

La puta nieve.

Que tenía derecho a querer menos, a querer otra cosa o, simplemente, a no querer nada. Que los mensajes implícitos son subjetivos y pierden todo el poder frente a los explícitos. Que se puede cambiar de opinión, rectificar, retroceder, y que eso no significa huir. Ni ser una fresca, una guarra o una calientabraguetas. Que una retirada a tiempo es una victoria. Y que decir las cosas en voz alta siempre, sin excepción, las hace más pequeñas.


Qué pérfidas son las mujeres. Que tu propia novia, tu pareja, la persona a la que amas y que, hipotéticamente, te ama, decida joderte la vida porque en una noche de pasión cometiste algún pequeño exceso. Vamos, anda. Ella bien que estaba ahí a seguirte el juego. Con lo que la querías. Lo habrías dado todo por ella. Despertaba tu amor más tierno y también el más intenso. Te gastaste medio sueldo en un fin de semana romántico y la muy puta va y te deja tirado al día siguiente sin más explicación. Aunque poca explicación hacía falta. Estaba bien claro: era una guarra, una buscona que solo quería divertirse a tu costa y se rio de ti desde el minuto cero. Y tú detrás de ella como un pardillo. Si es que de tan bueno, eres tonto. Pues que la jodan. Ella se lo pierde. Nunca va a encontrar a otro que la quiera como tú.

Sabe Dios que ninguna mujer más va a volver a jugar con tus sentimientos. Se acabó el perrito faldero. A partir de ahora, solo citas informales y sin tanto miramiento. Si al final todas son iguales. Fingen ser recatadas y pudorosas, pero luego te comen la polla y te hacen de todo sin apenas rechistar. Hasta que das con una malnacida que te pone una denuncia y todo se precipita. Y de repente te encuentras encerrado en una celda bajo el yugo del juicio de la ley y de los demás reclusos. Todo por no reconocer que tenía tantas ganas como tú, pero claro, es más fácil calentar al personal después de beber más de la cuenta y luego hacerse la estrecha. No iba a quedar como la zorra que es delante de su familia y sus amigos. Y solo por eso, tú te llevas diez años en el trullo, así sin más, como si fueras un puto delincuente. Así va la justicia en este país.

Pero, al final, todo llega. Lo bueno y lo malo.


Con mucha ayuda, cariño, fuerza y valor, ella consiguió comprender lo que realmente había ocurrido aquella oscura noche en las montañas. Y empezó a respirar cuando dejó de culparse.

Pasado un tiempo, rehizo su vida y conoció a un hombre maravilloso que le devolvió las mariposas, la ilusión, las ganas y todo lo que se había dejado en aquella maldita cabaña en la nieve. No recuerdo exactamente cómo, pero supo que él, finalmente, pagaría por lo que le había hecho. La sentencia fue firme: una condena nada menos que de diez años. Menos mal que existe la justicia en este país.

Y pasó página. Ayudó a otras mujeres a ser libres y a defenderse de los monstruos sin alma que habitan ocultos entre las buenas personas. Que te puedes poner la ropa interior que quieras, salir con quien quieras, pasar una noche con quien quieras y eso no te obliga a nada. A absolutamente nada.

Pasaron los años y olvidó la fecha en la que él sería liberado de prisión. Pero el tiempo, aunque en realidad no exista, es inexorable y, al final, todo llega. Lo bueno y lo malo.

Una noche de luna llena, volviendo a casa después de una cena con amigas, no vio la sombra que proyectaba el hombre de cuarenta y tantos años llevados regular tirando a mal, vestido de negro, con la barba escasa y desaliñada, el pelo muy corto y canoso, escondido a la vuelta de la esquina.


Y por fin llegó el día en que volvió a verla. Habían pasado más de diez años, pero a sus cuarenta y pico, estaba más bella que nunca. Irradiaba confianza, felicidad y una luz que hacía ensombrecerse a la mismísima luna llena que brillaba aquella noche. Después de tanto tiempo, moría por volver a abrazarla y confesarle que, a pesar de todo, no la había olvidado. Que la amaba, que la perdonaba y que, esta vez, no pensaba dejarla escapar.

3 comentarios sobre “DÍA 34 – NO

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