No limites a un hijo a tus conocimientos, ya que él nació en otra época.
Rabindranath Tagore
Yo habría creído en los monstruos que viven debajo de tu cama, detrás de tu puerta y dentro de tu armario. Habría luchado con mi arsenal de amor contra ellos, tus ogros sin dientes largos ni cuerpos raros, pero con nombres propios como ansiedad, tristeza y miedo. Habría inflado globos con ellos y los habría soltado hasta perderlos de vista en lo más alto del cielo.
Habría comprendido que tus temores son los míos y habría tratado de afrontarlos, no delante ni detrás de ti, sino a tu lado, para no ocultarte bajo el amor equivocado de una manta tejida con hilos gruesos de protección y recelo. Habría llenado más globos y los habría lanzado a volar muy alto, y muy lejos.
Habría intentado contarte que ser valiente no significa no tener miedo, sino agarrarlo bien fuerte y saltar los dos juntos al mar. Y sobre las olas de la vida te habría enseñado a nadar y a tumbarte boca arriba, dejándote acunar por ellas y mecerte con el viento, y seguir al sol iluminando tu travesía. Y a mirar entre las nubes a los globos surcando el firmamento.
Habría dormido contigo de la mano hasta que se hubiera soltado sola. Te habría confesado que los sueños evocan las mismas emociones que las realidades y te habría alentado a contarlos, cantarlos, escribirlos o pintarlos, para no olvidarlos y así poder trascenderlos. Y los habría metido en globos para que volasen, mucho más allá de la galaxia de los miedos.
No habría juzgado tus lágrimas de desamor, ni habría tratado de convencerte de su ilegitimidad. Todas las lágrimas emanan de la fuente de la tristeza, que no de un cocodrilo, y merecen siempre el mismo respeto, porque lo de llorar no es exclusivo de los niños. Habría abrazado tu llanto por un juego, por una pelea, por un abandono o por un corazón roto. Te habría contado que el dolor te confiere el derecho a enfadarte y a gritar, pero te habría prometido que el mal siempre termina. Y tarda menos cuando lo miras de frente y ves como se aleja en un globo que se marcha de tu vida.
Habría aplaudido y animado tu valentía por no dejar de expresarte en toda forma de comunicación o de arte, bien empapado por la tormenta más feroz, bien abrigado por el sol más deslumbrante. Hay que sentir en todos los sentidos y no privarse de un escalofrío para no ser, paradójicamente, un témpano de hielo. También te habría revelado un secreto: la sensibilidad no es una debilidad, es un superpoder más alucinante que un viaje en globo por el cielo.
Te habría acompañado en el ejercicio de la honestidad como religión de vida, al margen de que hubieras elegido profesar cualquier otro dogma. Te habría advertido sobre la mentira, que es otro monstruo que vive en la boca de las malas personas, de las que es imprescindible mantenerse lejos. Esquivar los dardos que escupen habría sido el mayor secreto de tu éxito en la vida. Éxito que, también te lo habría desvelado, consiste en amar lo que haces, agradecer lo que tienes, disfrutar del tiempo que se te ha dado y ser feliz, por más que llueva una y mil veces. Mentira es que el éxito sean unos papelajos de colores llamados dinero, que los propios humanos inventaron para justificar sus crímenes contra ellos mismos y contra el planeta entero. Se apropiaron de lo que no era suyo y se inventaron el dinero para convencernos de que lo necesitábamos para recuperar lo que tampoco era nuestro, ni lo había sido nunca. Ojalá todo el dinero del mundo vuele en un globo hasta el sol. Y ojalá el globo explote y esa lacra se funda.
Me habría sentido orgullosa de ti si te hubieras negado a vivir según las normas y también si hubieras decidido girar en la rueda de la sociedad, siempre que no hubieras hecho daño jamás. Nunca está justificado herir a las personas o a los animales, ni con actos, ni con golpes, ni con puñales. Ni con las palabras, los instrumentos más versátiles del mundo, la música más melódica y, a la vez, el arma más violenta. Igual que todos los globos que hoy tú y yo estamos soltando a raudales.
Habría intentado no tener que pedirte nada, por haber podido ser capaz de transmitírtelo todo.
Te habría amado por encima de todas las cosas y te habría regalado todas mis reservas del bien más valioso del mundo. Un bien más bello y exiguo que la piedra más preciosa. El tiempo. Te habría alentado a quedarte con las personas que te obsequian con su tiempo, porque es el regalo más grande y hermoso con el que, quienes te quieren, te honran .
Habría aceptado que tú no eras mío, sino de la vida, desde el momento en que te hubieras desprendido de mí. Habría estado a tu lado siempre que tú lo hubieras querido. Te habría amado muchísimo, si hubiese querido compartir mi vida contigo. Por favor, no me malentiendas. Te pido que no consideres que mi decisión nació del egoísmo, del miedo o de la falta de amor. Quiero que sepas que mi elección emana de mi libertad, pero que de amor, generosidad y tiempo tengo miles de globos llenos. Y que los desato cada día con la fe de que te lleguen, estés donde estés y donde quieras estar.
Solo espero que vivas donde te den mucho amor, pero del de verdad. Que el mundo está lleno de buenas intenciones —como todas las que yo misma te cuento— pero la realidad no siempre termina por corresponderlas y se esfuman como los globos que se escapan de las manos de los niños en las ferias. Si por algo tengo que lamentar el no haber estado contigo es por el temor a que no hayas podido vivir en un sitio mejor que el que yo te habría ofrecido. Pero abrazo la esperanza de que hayas sido y seas muy feliz, de que respires, vivas y ames con todas tus fuerzas y de que seas millonario de esa fortuna tan valiosa que es el tiempo. Que lo disfrutes como si tuvieras muy poco, lo regales como si fuera eterno y lo vivas como si fuera efímero, porque —siento decírtelo— lo es. Un buen día, el tiempo se esfuma, como un globo que sale volando y ya no regresa nunca.
Y antes de despedir esta carta que hoy te escribo a ti, el hijo que nunca tuve, admito cierto egoísmo de sentir una punzada de alivio al pensar que nunca me ocurrirá lo peor que puede pasarle a alguien en la vida. No puedo ni tocar con las puntas de los dedos el dolor de una madre o un padre que pierden a su hijo. Es tan terrible que nadie se ha atrevido siquiera a ponerle nombre. Porque hay cosas que, simplemente, no deberían ocurrir jamás, porque no las merece nadie. Supongo que habría intentado avisarte, a regañadientes —porque no quisiera que perdieras nunca la ilusión—, de que la vida no es justa. No. No lo es. Y que aquello de que todo pasa por algo, mucho me temo, tampoco acaba de ser cierto. Ojalá la tristeza de quienes perdieron a sus hijos pudiera meterse en un globo gigante que se alzara muy alto, y muy lejos.
No te tuve porque no quise, pero te prometo, hijo, que te habría amado por encima de todos los globos que volarán cuando, en otra vida, sí te tenga.
Dedicado a todas las madres y a todas las mujeres que, como yo, han tomado la legítima decisión de no tener hijos, lo cual no nos convierte en menos mujeres ni nos resta en modo alguno la capacidad de amar. Y sobre todo, dedicado a las mujeres que no han podido ser madres, y a las madres que tienen a sus hijos en el cielo, porque son las más fuertes y las más grandes del mundo. Todos mis globos colmados de amor para ellas.

Muy bonito Paula!!
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Precioso texto!
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Gracias 🙏😊
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«No puedo ni tocar con las puntas de los dedos el dolor de una madre o un padre que pierden a su hijo. Es tan terrible que nadie se ha atrevido siquiera a ponerle nombre». En efecto, hay palabras como «viudo, viuda, huérfano o huérfana, o hijo póstumo». Y no hay nada más terrible que imaginar el cuerpo sin vida, pálido e inmóvil, de un hijo o una hija.
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Sí, vivirlo. Y desgraciadamente nadie está exento de ese riesgo. No ha sido el motivo por el que no he querido ser madre, pero al conocer casos cercanos, pienso que es algo que no viviré nunca y, en cierto modo, me alivia.
Gracias por comentar. Me gusta “sentirme leída” ☺️.
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