La vida oscila entre el dolor y el hastío.
Arthur Schopenhauer
Y pese a ser un triunfador, vivo aterrorizado por mi mayor enemigo. Me posee. Me vampiriza y me somete a constantes abusos. Es invencible, no da tregua. Necesito saber si podré respirar después de mi último aliento.
Nací un cálido día de primavera de hace poco más de cincuenta años. Varón, algo más de tres kilos, un parto relativamente rápido y una madre tan feliz como asustada. Me pusieron el nombre de mi padre, quien, a su vez, llevaba el nombre de mi abuelo. Todo muy costumbrista, muy normal y muy corriente.
Tuve una infancia relativamente feliz en un pueblo de la periferia, de varios miles de habitantes. Crecí en una época en la que los niños jugaban en la calle, saltaban en los charcos y llevaban pantalones cortos en invierno. Con calcetines altos y de lana, eso sí. Es que cuando la vida era en blanco y negro, las gripes no eran como las de ahora.
En la adolescencia, viví mi primer amor. Era preciosa, inteligente y divertida. Se llamaba Alba. Larga melena pelirroja, piel que hacía honor a su nombre, rociada de pecas, ojos verde boreal y sonrisa traviesa. Rezumaba amor y oxitocina de pies a cabeza. Ni la flor más bonita desprendía aquel aroma tan dulce. Tuvimos una apasionada historia atestada de primeras veces. No sé por qué renuncié a las siguientes en busca de nuevas primeras veces con otras personas. La estupidez me indujo a pensar que me estaba perdiendo algo. Entonces no fui consciente de su sufrimiento ni pensé —como pienso ahora— que quizá dejé escapar allí al amor de mi vida. Porque las cosas vienen cuando vienen, no cuando uno quiere. Y si quieres las tomas y, si no, las dejas (como las lentejas) pero toda decisión tiene sus consecuencias, ya sean con verduras o con chorizo.
No volví a saber de ella hasta que, años más tarde, me enteré de que había muerto. Una enfermedad cruel que, en pocos meses, convirtió su piel blanca en pergamino gris, sus voluptuosas curvas en áridas líneas rectas, su mirada en un abismo y su corazón en una piedra. Alba solo tenía veinticinco años cuando se le acabó el tiempo.
Cuando ocurren estas tragedias, no puedes evitar pensar en ti. Así es como trabaja el ego. Te preguntas si al final te había perdonado. Te preguntas si te has ahorrado un sufrimiento o si perdiste una oportunidad. ¿Qué habrías hecho de haber sabido cuánto tiempo os quedaba? ¿Habrías continuado con ella? Al final todo el mundo muere y todos tenemos exactamente las mismas probabilidades: o morimos hoy, o morimos otro día. ¿Habrías elegido ser más feliz durante solo unos años? ¿Merece la pena si luego tienes que caer a los infiernos?
¿Es sensato cambiar felicidad por tiempo?
Estudié la carrera de derecho y me casé con mi novia de la facultad. Tuve dos hijos, y al mayor le pusimos mi nombre, y el de mi padre, y el de mi abuelo y —con toda probabilidad— el de mi nieto. Elisa, mi mujer, ha sido muy buena conmigo. Creo que me ha querido más que yo a ella. Creo que no se merece esto.
Pasaron los años, sin pena ni gloria. Trabajo anodino, existencia rutinaria. Los niños crecen, afortunadamente sanos, la hipoteca se paga, el matrimonio sobrevive. No nos falta de nada. Lo que en estos tiempos se conoce como «triunfar en la vida». La gran estafa del siglo XXI.
Y pese a ser un triunfador, vivo aterrorizado por mi mayor enemigo. Me posee. Me vampiriza y me somete a constantes abusos. Es invencible, no da tregua. Necesito saber si podré respirar después de mi último aliento.
Mi mayor enemigo es el tiempo. No se detiene, no te da permiso, no te deja parar a descansar. Es como un inmutable reloj de arena al que no puedes dar la vuelta. Entonces lo golpeas fuerte, lo rompes y juntas las manos, intentando hacer acopio de las partículas que caen, entremezcladas con los trozos de cristal, que te cortan y se te escurren entre los dedos. Y vas cerrando los puños para intentar retener el tiempo, pero cuanto más fuerte aprietas, más penetran los cristales en tu piel y más daño te causan. Hagas lo que hagas, lo vas perdiendo sin remedio. Y cuanto más pierdes, más duele, más hiere y más sangras.
Esa sensación de haber malgastado un saldo indeterminado de vida me ha superado. He probado todo tipo de recetas físicas, espirituales y químicas, y ninguna aplaca la ansiedad de una existencia insustancial. Angustia por aburrimiento. Manda cojones.
Nací un cálido día de primavera. Tuve una infancia relativamente feliz. En la adolescencia viví mi primer amor, y no volví a saber de ella hasta que, años más tarde, me enteré de que había muerto. Estudié la carrera de derecho, me casé con mi novia de la facultad, tuve dos hijos, soy un triunfador fracasado y vivo aterrorizado. Hasta aquí, los fotogramas que dicen —y es cierto— que ves justo antes de morir. Acabo de darle la patada al taburete y siento la presión de la soga en el cuello. El tiempo, mi pertinaz enemigo, me ha obsequiado con esta película de mi insignificante existencia. Pero la sensación de asfixia no es más intensa ahora que antes, os lo juro. Una y mil veces, prefiero morir sintiendo que vivir muriendo.
Elisa y mis hijos no se merecen esto.
Parece que me va a estallar la cabeza y que mi cuerpo se ha petrificado mientras me balanceo como un péndulo. Pero la constante presión en mi pecho amaina a medida que me va faltando el oxígeno. Y de repente, por primera vez en mucho tiempo, siento una deliciosa y casi olvidada sensación de paz.
Alba está frente a mí. Más bella que nunca, sonríe y me tiende la mano. La tomo y, en un fundido a negro, transito.
Al final, juntos —no podía ser de otra manera— hemos conseguido vencer al tiempo.

Guapa!
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Un partidazo soy 😝
(Gracias, quien seas 😘)
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