DÍA 37 – NANKURUNAISA

Nadie se baña dos veces en el mismo río, porque todo cambia en el río y en el que se baña.

Heráclito de Éfeso

Cada año, en este día, he querido contarle al mundo cuánto te recuerdo. Algunos años te he escrito a ti, contándote mi historia desde que te fuiste. Otros años le he escrito al mundo, contándole la nuestra desde la suerte de haberla vivido, porque mereces ser recordado por quienes te conocían, y conocido por quienes no gozaron de ese privilegio.

Este año es diferente por muchos motivos. Uno de ellos es que, pronto, habrá pasado más tiempo desde que no estás en este mundo del tiempo en que tuvimos la suerte de que vivieras en él. Tal vez sea un dato fortuito sin mayor trascendencia, pero a mí me da la sensación de que te alejas un poquito más. Pero seguro que es sólo eso: una sensación. Para mí siempre estarás presente. Para mí siempre estás presente.

Hoy se cumplen años de una revolución solar que marcaría mi vida, un tiempo más tarde, en forma de amistad, de aprender a hablar con la mirada, a querer con la risa y a añorar con las palabras. Y hoy, como cada año en este día, quiero recordarte y gritárselo al mundo. Y no se me ocurre mejor forma de hacerlo que contarte a ti —el primero, como siempre—, y también al mundo, que todo ha cambiado. Y compartir la receta, por si a alguien le apetece probarla.

Llevo más de dos años con este blog, que he ido manteniendo de forma irregular e irreflexiva, porque al final sólo ha sido una herramienta terapéutica donde he podido disfrutar de hacer lo que más me gusta, que es escribir, y contar mis vivencias y soltar la imaginación con varios relatos. Y me parece justo, después de pocas ficciones de las que me siento realmente orgullosa y de muchas realidades sobre mi lucha por crecer como persona, contar el final de una batalla cuando al fin se traduce en victoria. Porque no vamos a venir aquí sólo a soltar las mierdas, que aunque siempre estuvieron revestidas de esperanza, eran mierdas al fin y al cabo.

Te cuento que hace unos meses, en Navidad, mi niña interior pidió un cambio de vida como regalo. En la carta a los Reyes, explicaba cuánto se había esforzado durante dos años por no perder la esperanza de ser feliz, por mantenerse positiva, por sacar fuerzas para tirar del carro, por repetirse una y otra vez que todo iría bien. Pero nada iba bien y el carro empezó a pesarle un poco, porque se iba llenando de una carga cada vez más difícil de arrastrar. Y los Reyes le trajeron el mejor regalo del mundo: el tiempo. Ese tiempo que tú y yo nos tragábamos en las noches de verano, cuando mirábamos el reloj y habían pasado dos horas en cinco minutos.

Te cuento que, con ese tiempo, me quité el reloj y los prejuicios. Me costó, pero salí de la inercia de hacer lo correcto y decidí escucharme y hacerme caso a mí. Decidí decidir. Por primera vez en mucho tiempo. Y aparqué el carro del que llevaba tirando dos años. Puede sonar fácil, pero no lo es, cuando cualquiera me habría llamado loca, por ejemplo, por rechazar un trabajo cerca de casa, con un sueldo digno, habiéndome quedado en el paro en los tiempos que corrían. En los tiempos que corren.

No es fácil cerrar los ojos y decidir apuntar a la luna, y no para llegar a las estrellas, sino a la propia luna o más allá. Era eso o quedarme en tierra. Doble o nada. Se acabaron los vuelos baratos a destinos mediocres.

Decidí descansar porque era lo que me pedía el cuerpo. Vivir el presente, como los gatos. Bendita sea la vida de los gatos. Pasé tres meses viviendo como Olivia, durmiendo, comiendo, saliendo y ronroneando a cualquier hora del día o de la noche. Me relajé, me quité la culpa, me quité la rabia, me quité el miedo y confié. O acepté. Tanto que cuando estaba en el momento álgido de un nirvana de relajación, un trabajo me encontró —que no al revés— y no lo pude rechazar, porque era la luna de los trabajos. Y ese fue el premio por arriesgarme a no conformarme con menos.

Visto el éxito en lo profesional de la estrategia de fluir, decidí aplicarla también a las otras áreas de la vida. La técnica es sencilla, aunque nada fácil: sólo hay que dejarse llevar, escucharse bien adentro, centrarse y disfrutar del paisaje. Sin pensar en el futuro. A veces venían fantasmas a meterme ideas absurdas en la cabeza sobre la soledad, el paso del tiempo, el hacerse mayor…. Es verdad. Los fantasmas existen. Pero no les hice caso. No les hago caso.

Y funcionó. Algún día, si me dan permiso, contaré una historia que no es sólo mía. Es la historia de cómo una concatenación de casualidades y fuerzas desconocidas, que me llevaron por caminos insospechados que jamás habría pensado que recorrería, me atrajo hacia una persona con la que, por primera vez desde ti, y después de tantos años, me como el tiempo.

En tu revolución solar te cuento que he viajado a la luna dos veces este año. Una Luna en Leo que me ha vuelto literalmente loca de felicidad y amor, que me ha descubierto que hay tantos mundos como tú quieras crear, que la vida tiene posibilidades infinitas y que cuando parece que se acaba, es cierto: se acaba, pero empieza una nueva. Sé que estarías orgulloso y que te alegrarías por mí.

Tanto que me gusta escribir y ya van cuatro veces que no acierto con los tiempos verbales. Sé que estás orgulloso y que te alegras por mí. Te echo de menos. Feliz Revolución Solar.

2 comentarios sobre “DÍA 37 – NANKURUNAISA

Replica a Anónimo Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.