DÍA 26 – EL VESTIDO ROJO

Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes prueban la muerte solo una vez.

William Shakespeare

Había elegido para la ocasión un vestido rojo en organza, con la espalda al descubierto, ceñido a la cintura, con falda en varias capas de tul y una larga cola, que se pegaba a su piel con la brisa marina del atardecer. Lola andaba descalza por la playa en dirección al horizonte de su nueva vida y no pensaba volver la vista atrás. Nunca más.

Le había costado mucho tiempo y muchas lágrimas tomar la decisión, que ahora ya era irrevocable. Se acabó aquella vida. Al final decidió ser valiente y empezar de cero, pasar página y emprender un nuevo rumbo, abandonando los trayectos que no pensaba recorrer nunca más. Trazando nuevos caminos con destino a la felicidad.

El sonido de las olas era relajante, como un dulce somnífero. Libre de equipaje, Lola caminaba despacito mientras recordaba su antigua imagen, que tanto odiaba y tan ajena sentía, y tan cobarde percibía, por no enfrentarse a la vida, por no decidirse a cambiar lo que no le gustaba. Se había dejado llevar durante años por la resignación, sin darse cuenta de que vivir no es solo respirar. Había dejado pasar oportunidades que habían quedado en conjeturas. ¿Y si…? Jamás lo sabría.

Pero nunca más iba a ser una miedosa. Al final lo único que no vuelve es el tiempo. Invadida por una sensación de paz y sosiego mientras se adentraba en el mar de su nueva existencia, se sintió heroica. Pocas personas tenían la osadía de dejarlo todo atrás para salir a buscar la verdadera felicidad en una vida nueva, sin más bagaje que todo lo aprendido.

El vestido rojo se empapó y cambió de color, por aquello del espectro electromagnético formado por las longitudes de onda de los colores. En el agua, el rojo es el que primero se pierde. Apenas a cinco metros de profundidad, aparece verde ante el ojo humano. Y a más metros, todo se funde a negro.


Alberto llegó a casa de Manuel casi sin aliento. La llamada de su mejor amigo, a pesar de que le contaba lo feliz que era y que por fin había decidido afrontar sus miedos, le había dejado bastante preocupado. Algo no acababa de cuadrar. Llamó repetidas veces al timbre, pero nadie abrió la puerta. Nadie contestó a sus voces más que el vecino del portal contiguo, que salió, alertado por los gritos, con las llaves de Manuel en la mano, como ofreciéndose a ayudar pero sin querer, por miedo a lo que pudieran encontrar.

Al entrar en la casa, encontraron a Manuel tendido en el suelo, inerte, sobre un gran charco de sangre que parecía un vestido de alta costura, con la espalda al descubierto, ceñido a la cintura, con falda en varias capas de tul y una larga cola. Junto al cuerpo de su amigo, una carta manuscrita y un pene brutalmente amputado.

Manuel aún sostenía con vehemencia el cuchillo en la mano, debido al rigor mortis o a las ganas de dejar de ser quien era, pero no quería ser. Un cobarde cualquiera, disfrazado de valiente, que murió desangrado, solo y engañado por él mismo, con la convicción de que, en realidad, empezaba a vivir de nuevo.

En la carta, Lola —anteriormente conocida como Manuel— declaraba su amor a su amigo Alberto. Tarde y mal. Se marchó sin atreverse a saber si era correspondida, si era la bella mujer que había ansiado ser para él. Se mató habiendo amado y temiendo ser odiada, pero segura de ser una audaz guerrera, honesta y fiel a su identidad. La pobre infeliz.

¿Y si…?

Jamás lo sabría.


Me vuelvo a ver en la obligación moral de explicar que este es un relato de ficción, con sus atisbos de inspiración en algunas de mis vivencias. Porque sé que hay quien se preocupa o quiere ver más de mí de lo que en realidad hay. Y porque, como me dijeron una vez hace muchos años: «Paula, tienes la odiosa costumbre de dar demasiadas explicaciones». No creo haber mejorado en eso, porque aquí estoy, justificando por qué escribo sobre yonkis, gatos, viejas destinadas a morir solas, cobardes y suicidas.

Escribo sobre yonkis, gatos, viejas destinadas a morir solas, cobardes y suicidas porque es lo que hay en la vida. No soy ninguno de ellos, pero estoy un poco en todos. A veces más, como en Galletas, a veces menos, como en Parecía no cansarse, a veces completamente yo, como en No me mires (basado en hechos 100% reales). Cada personaje es una mezcla de mí y de otras personas que he conocidoel protagonista de Amapolas es un amalgama de seis personas— de las cuales sigo aprendiendo, con el ejemplo, pero también con el contraejemplo.

Lo que me niego a aprender es a no entender la vida desde una perspectiva de justicia, por más que me golpee en toda la boca, una y otra vez, lo injusta que es. Pero cuando pierdes el miedo, tienes una gran parte del camino hecho, por más mierdas con las que tropieces mientras lo recorres en busca de ilusiones que, a veces, son de mentira. Pero no por ello vas a dejar de intentarlo. Las veces que haga falta. Porque si te caes te levantas, pero si te arrastras no te caes, pero tampoco vives. Y vivir —entre otras cosas— es que alguien te toque como toca Mark Knopfler la guitarra.

DÍA 25 – LIBERTAD

La naturaleza de un ser no está en lo que parece, sino en lo que es.

Jaime Balmes

La playa amaneció despejada. Era una mañana de agosto en un pueblo costero, que tenía muchos más habitantes en verano que en invierno, aunque aún era una localidad pequeña que conservaba el encanto de un litoral no adulterado por las construcciones masivas. Las noches serenas dejaban ver la vía láctea desde la playa, sin otra iluminación que la del faro que se avistaba lejano, hacia el oeste, en el espigón. Casi todas las edificaciones eran casitas blancas de no más de dos alturas. El pueblo tenía todo lo necesario para vivir, sin grandes despliegues pero con todos los servicios.

Una joven pareja de enamorados estivales esperaba a ver despuntar al sol en el horizonte, como quien espera impaciente el inicio de la película en el cine, resistiéndose a empezar las palomitas, con la certeza de que jamás olvidarían el alba de aquel día. Querían recordar aquel momento para siempre, por si su amor terminaba, que pudieran grabarse aquella imagen por toda la eternidad. Y desde luego, no se equivocaron. Aquel amanecer los acompañaría en la memoria el resto de sus días, pero no por lo que ellos creían. Porque en cuanto la claridad se hizo patente, vieron un cuerpo inerte en la orilla. Las olas se rompían contra él, que permanecía inmóvil, tumbado boca abajo.

Aparentemente, el mar lo había arrastrado hasta allí. No se veía ninguna embarcación cerca. La policía y la ambulancia no tardaron en llegar, avisados por la joven pareja del anhelo del recuerdo imborrable. Es que hay que tener cuidado con lo que se desea, o en su defecto, pedirlo bien, con el máximo detalle posible. Si no, pueden pasar estas cosas.

Era un hombre de unos cuarenta años, sin documentación y sin otra indumentaria que un bañador rojo con anclas blancas. Tenía pulso. Débil, pero con esperanza. Después de realizarle las maniobras de respiración cardiopulmonar, lo trasladaron rápidamente al hospital más cercano, en una localidad situada a quince eternos kilómetros por una carretera de curvas.


Soledad se despertó con los primeros rayos del sol, directos a sus ojos a través la ventana del camarote. Extendió el brazo para tocarlo. Pero la cama estaba vacía. No era normal que Alberto madrugase tanto. Era un hombre activo y en buena forma, pero lo de levantarse temprano nunca había sido su fuerte.

El velero tenía diecisiete metros de eslora y casi cinco de manga. Era demasiado amplio para los dos solos, pero la oferta era sospechosamente jugosa. El barco se llamaba Alca, como el ave marina, pero el anterior propietario decía que, en realidad, era un pájaro de mal agüero. No les dio detalles, pero se notaba que quería deshacerse de la embarcación por alguna especie de superstición, o la firme creencia de que algo maléfico embrujaba la preciosa goleta. Y tras las pertinentes revisiones e inspecciones técnicas con resultados satisfactorios, se hicieron con ella para hacer una pequeña travesía costeando el Mediterráneo. Él era patrón de barco, así que no necesitaban más que provisiones, vino, tabaco y la guitarra.

Se levantó y salió del camarote. Era una mujer atractiva, de cabello largo ondulado, rubio ceniza. No muy alta, con las curvas justas y una radiante piel bronceada por el verano. Parecía más joven de lo que era, no aparentaba más de treinta y pocos. Creativa y especialista en marketing, amaba más disfrutar de la vida que a su profesión. Lo cual está muy bien, pero hay que vivir con los pies en la tierra.

Quizá Alberto estaba en cubierta, componiendo. A Soledad le encantaba escucharlo y mirarlo cuando abrazaba su guitarra. Casi sentía celos, pues deseaba que la tocase a ella con el mismo mimo, el mismo sentimiento y la misma pasión con los que acariciaba la guitarra. Parecía que la amase más que a ella, pese a que tenían siluetas similares. Más que tocarla, le hacía el amor. Con aquella mezcolanza de nostalgia y vehemencia. Como si fuera lo único a lo que poder aferrarse en esta vida. Pero ella sabía cómo seducirlo con unos vinos y unos besos. El resto venía solo. Y poco más compartían, pero ella se empeñaba en amar una idea y no a una persona. Alberto era lo que era, no lo que ella quería. Pero los años van pasando y hay cosas que se asientan aun sin echar raíces. Y luego, claro, se arrancan con mucha facilidad a pesar del transcurso del tiempo.

Recorrió el velero de cabo a rabo —o de proa a popa— pero no encontró a Alberto. Siempre había pensado que Soledad no era un nombre, sino una condena. Y allí, en un barco en medio del mar, sin nadie que lo tripulase, sintió que aquella frase era la mayor verdad que había conocido nunca.


El hombre del bañador rojo con anclas blancas descansaba, inconsciente, en la habitación del hospital. Se encontraba estable, aunque se desconocían las posibles secuelas del ahogamiento. Había que esperar a que despertase. Hasta donde se había podido averiguar, nadie había denunciado ninguna desaparición ni accidente en el mar. En cualquier caso, su temperatura corporal y su piel, levemente azulada en el momento del hallazgo, indicaban que había estado apenas unas horas en el agua. Quizá se había caído de alguna embarcación y había luchado por nadar hasta quedar sin fuerzas. Lo que estaba claro era que no había sido un intento de suicidio. ¿Quizá de asesinato?

Las horas siguientes eran cruciales, tanto para la salud del hombre misterioso como para identificarlo. Ya era media mañana de un caluroso sábado de agosto y, más pronto que tarde, alguien echaría de menos al hombre del bañador rojo con anclas blancas. O encontrarían una embarcación a la deriva. O él mismo despertaría y contaría lo ocurrido. Pero por lo pronto, su identidad y los hechos seguían siendo un misterio.


Soledad jamás había hecho tanto honor a su nombre. No tenía la más remota idea de qué hacer. ¿Saltar por la borda? ¿Intentar tripular el barco? ¿Y la radio? ¿Sabría hacerla funcionar? Ya había intentado lo fácil, que nunca es tan fácil ni tan evidente, o se me acaba aquí el relato. El móvil. Pero no tenía cobertura y no podía ni llamar al 112. Y el GPS la retrataba como un perfecto círculo rojo sobre fondo azul. Un bonito diseño para un perfil profesional o un fondo de pantalla corporativo. Pero vamos, que ahora aquello no era el tema. Era más importante frenar las palpitaciones e intentar respirar más despacio, porque aquella opresión en el pecho no iba a ayudar demasiado. Alberto, dónde hostias estás. ¿No podías desaparecer en un momento más oportuno? Te estamparé la guitarra en la cabeza cuando te vea, pedazo de cabrón.

Estaba tan acostumbrada a que él se ocupase de todo que no tenía recurso alguno. Su único medio era él, y no estaba por ninguna parte. La irracionalidad le hizo abrir armarios, arcones y maletas, como si fuera a aparecer agazapado en algún rincón o escondido en una especie de broma macabra. Pero no había rastro alguno de Alberto. Y que tampoco era contorsionista ni nada. Es como cuando sales de casa en pijama y sin peinar, porque vas un momento al parking a buscar algo al coche y, nada más cerrar la puerta, te das cuenta de que llevas las llaves del coche, sí, pero no las de casa. Te pones a aporrear la puerta, como si alguien fuera a abrirla (viviendo sola) y a decir nooo, nooo, a ver si puedes retroceder un poco en el tiempo y tal. (El relato es ficción, pero este símil es totalmente real. Acabó bien, era relativamente nueva en el vecindario y me di a conocer. La del pijama de gatos. Un pijama muy premonitorio, dicho sea de paso). Bien, pues siguiendo con Soledad y su desvarío, cogió una defensa del barco y empezó a destrozar el mobiliario. Ya no buscaba a Alberto, sino a su propia cordura.

Parecía que la situación no podía ir a peor. Un barco a la deriva con una sola pasajera, sin noción alguna de náutica, enloquecida de puro terror, destrozándolo todo a golpe de defensa. No subestimemos a la providencia. Siempre se puede estar peor. Al tercer golpe sobre un panel de una de las paredes, este se partió en varios trozos, dejando al descubierto un esqueleto humano que se desmoronó a sus pies. ¿Recuerdas ese día que estabas en la playa y te pareció oír un grito desgarrador que procedía del mar? Pues era ella.


El hombre del bañador rojo con anclas blancas despertó de su sueño al día siguiente, en el hospital. Estaba desorientado y, como siempre ocurre en estas historias, no recordaba nada de lo sucedido la víspera. (Soy de recurso trillado, lo reconozco. Amnesia, qué original). No sabía su nombre, ni qué le había llevado a aparecer en aquella playa de aquel pueblo que no conocía, y donde no lo conocían a él, con la alborada de un día de verano.

La policía local lo interrogó en cuanto los médicos lo permitieron, pero el hombre poco pudo aportar a su propia historia. Su estado físico descartaba cualquier posible empeoramiento, pero mentalmente andaba más perdido que un grillo en una pecera.


Soledad jamás había sentido su corazón latir tan deprisa. Tras varios saltitos desesperados, como si los huesos fueran ratas que querían abandonar el barco, sintió que ella también quería abandonarlo. Y abandonarse. ¿A quién debía pertenecer aquel esqueleto?¿Cómo era posible que hubieran comprado un velero con un tripulante de ultratumba? Maldito Alberto. Mucho recurso y mucha elocuencia, pero en menudo fregado la había metido. Lo maldijo con tanta fuerza y tanta rabia, que sus improperios casi se oyeron desde tierra firme.

Salió a cubierta con los ojos enrojecidos de puro miedo, rabia y llanto, por ese orden.

De pronto, vio una embarcación. Un remolcador de puerto se acercaba por estribor, y pronto vio que se dirigía hacia ella. Quizá Alberto se había caído por la borda y había logrado llegar a tierra firme y dar el aviso de que su velero navegaba a la deriva sin tripulación y con una única pasajera. En cualquier caso, empezó a gritar y a hacer señales, por si su hipótesis era incierta. Alberto era un marinero experimentado, habría resultado extraño que se precipitara sin más al mar abierto.


El hombre del bañador rojo con anclas blancas evolucionaba favorablemente. Empezó a sentir recuerdos en forma de lejanas imágenes, que iban cobrando nitidez, en las que viajaba en un velero con su mujer. Ella era una manipuladora chantajista emocional. Sí. Lo maltrataba constantemente, con sus palabras y con sus manos, o con cualquier objeto que resistiera los golpes y sobre cualquier parte de su cuerpo. Era una hija de puta integral. Llevaba años haciéndole la vida imposible, minando su amor propio, mermando su capacidad de reaccionar. Pero todo tiene un límite y nadie aguanta (o no debería) tamañas vejaciones de por vida. Entonces recordó todo.

Todo aquello lo llevó a planear las vacaciones en el barco. Le había costado mucho tiempo ponerlo al día y tenía la excusa perfecta. El velero está en perfecto estado de revista. Nos vamos de crucero los dos solos, a ver si arreglamos de una buena vez esta situación. Y vaya si la arreglaron. Cuando hubieron perdido la costa de vista, ya en alta mar, el hombre del bañador rojo con anclas blancas empujó a su mujer con todas sus fuerzas contra la botavara. El golpe en la cabeza fue tan certero como mortal y una mancha roja empezó a pintar el suelo de granate.

El hombre del bañador rojo con anclas blancas ya tenía previsto su empoderamiento por emparedamiento. Introdujo el cuerpo de su malograda esposa en el hueco entre la pared de la bodega y el panel. Selló con fuerza el sepulcro que tanto le había costado construir, limpió los restos de sangre y navegó libre, redimido y feliz hasta el puerto. El siguiente paso era desaparecer, empezar de cero en otro lugar y dejar pasar algo de tiempo. Y una vez asentado en su nueva vida, deshacerse del Alca. Le gustaba aquel nombre. Al final, las aves son símbolo de libertad.

Se cambió de población, de nombre y de vida. Se estableció en un pueblo costero, que tenía muchos más habitantes en verano que en invierno, aunque aún era una localidad pequeña que conservaba el encanto de un litoral no adulterado por las construcciones masivas. Cuando llegó el momento, pasados unos años, no le costó mucho vender el velero. El hombre del bañador rojo con anclas blancas pedía una cantidad ínfima de dinero. No lo suficientemente irrisoria como para despertar sospechas, pero sí lo suficientemente atractiva como para cerrar la operación con la mayor celeridad posible. Una pareja algo más joven que él se interesó enseguida. Ella era publicista o algo así, y él era patrón de barco, músico, fumador empedernido y un punto pedante, con cara de amargado. Y tras las pertinentes revisiones e inspecciones técnicas con resultados satisfactorios, se hicieron con el Alca para hacer una pequeña travesía costeando el Mediterráneo.


Una calurosa tarde de agosto, Víctor decidió dar un paseo hasta el faro que había en el espigón. Sin otra indumentaria que un bañador rojo con anclas blancas, por la ola de calor que azotaba aquel verano, se puso a caminar hasta que le venció el sol. Se mareó y perdió el equilibrio, cayendo como un canto rodado por el espigón hasta el agua. Allí la marea lo empezó a arrastrar y se funde a negro su memoria.

Ahora está en el hospital, y acaba de recordar su historia tras el accidente. Obviamente, les ha ahorrado muchos detalles a las autoridades locales quienes, una vez han comprobado que vive a escasos quince kilómetros de allí, y que no tiene familia, han dado el caso por cerrado.

En la televisión del hospital están emitiendo las noticias, que Víctor mira sin demasiado interés mientras cena. Ha aparecido un cadáver en una playa de una localidad mediterránea, no muy lejana a la suya. Un hombre que responde a las iniciales A. G. C. se ha suicidado disparándose en la cabeza en un velero. Su mujer, S. V. B. ha sido rescatada en estado de shock en el barco a la deriva desde donde el hombre ha caído por la borda, revólver en mano, tras quitarse la vida. Al parecer, en la nave, de nombre Alca, se han encontrado unos restos humanos, pertenecientes a una mujer que llevaba varios años tapiada en la bodega. El juez ha decretado secreto de sumario.

Y Víctor ha empalidecido de repente.


DÍA 24 – VIAJES

Lo que una vez disfrutamos nunca se pierde, todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros.

Helen Keller

Hace más de veinte años que no te veo. ¿Veintidós ya?

Miento. Creo que hace algunos menos, diecinueve o veinte. Llevaba dos o tres sin verte y un día viniste por sorpresa y nos pusimos al día. Y no te he visto desde entonces.

Espero que estés muy bien. Te escribo para contarte que he aprendido muchas cosas en todo este tiempo.

Hace trece años tuve que escalar una montaña muy alta y escarpada, que marcó un punto de inflexión en mi vida. Dejé todas mis fuerzas en el intento y necesité ayuda. Me costó mucho trabajo y casi dos años, y en ocasiones llegué a creer que nunca lo lograría, pero lo conseguí.

Cuando llegué a la cima de la Montaña del Punto de Inflexión, fui tan feliz que no quería moverme de allí, pero el viento me empujó y me arrastró hasta una extensa y apacible llanura. Y por allí empecé a caminar sin pensar demasiado, porque me pareció un buen lugar por el que avanzar. Fue un paseo largo y agradable en la mayor parte del trayecto. Con algún bache pero con muchos paisajes bonitos y grandes momentos. Un viaje tranquilo que, entre tropiezo y descanso, duró casi diez años. De él, guardo buenos recuerdos que aún me hacen saltar lágrimas de añoranza. Podría evocar también todo lo negativo, que lo hubo, pero para qué.

Otra ráfaga de viento, esta vez huracanado, me lanzó al vacío por un inesperado despeñadero que se escondía en la Llanura de los Diez Años, la cual abandoné de golpe y sin quererlo, para caer en un desolado desierto. Se imponía tan yermo e infinito que pensaba que cruzarlo sería peor que subir la Montaña del Punto de Inflexión. Pero no. Eché mano de mis recursos y aprendizajes, que creía perdidos pero solo dormían, y emprendí la lenta marcha a través de las dunas. No fue nada fácil. Subidas, bajadas, me caigo, me levanto. Un panorama muchas veces desolador. Y en tan solo unos meses, llegué a un oasis. Un paradisiaco refugio donde disfruté de deliciosos manjares y de momentos de éxtasis absoluto. Pero el delirio duró poco. No era un oasis, sino un espejismo. Un día abrí los ojos y me encontré de nuevo en el desierto. Arena estéril en todas direcciones. El presunto oasis se había desvanecido.

Casi me niego a seguir caminando por el desierto. Es que me enfadé un poco por lo del Oasis de la Desilusión, ¿sabes? Porque no entendí qué necesidad había de volver al desierto cuando había vuelto a ser feliz. O cuál era el sentido de olvidar el desierto para luego desplomarme otra vez en él. Aquello de que la vida no es justa.

Es que no era un oasis, Paaaula. Era un espejiiiismo.

Y ahora sigo andando entre dunas y entiendo que el desierto hay que cruzarlo entero, sin atajos, y que aún no sé cuándo terminará este viaje. Pero sí sé que terminará y que cada día queda un día menos.

He comprendido, por fin, eso de que la felicidad hay que encontrarla dentro de uno mismo y no en los demás, ni en los oasis, ni en los espejismos. No te lo creerás pero no acababa de pillarlo. Ahora sé que llegaré a otros oasis —de hecho, creo que estoy avistando alguno…— pero ya no les daré la llave de mi fortuna, porque no puedes otorgar el poder de hacerte feliz a lo que no está en tus manos. Es demasiado arriesgado. Y que cada cual transite por su propio periplo y elija si quiere aprender de él o no. Yo he escogido hacerlo y crecer, aunque a veces tenga que pararme a descansar y a llorar un poco.

Con vituallas de amor y compasión, y sin lastre de rabia o rencor, terminaré mi expedición por el Desierto Sin Nombre. Todavía no tiene nombre —como lo tienen la montaña, la llanura y el oasis— porque aún sigo en él. Necesito verlo desde lejos para darle uno. Ya con perspectiva, seguro que lo bautizo como se merece. Y seguro que lo haré desde el lugar que yo merezco.

Pero quiero creer que tú todo esto ya lo sabes. Te habrás enterado de una forma u otra. Aun así, yo te lo cuento a mi manera. Y te cuento más cosas que también sabes, pero que nunca me cansaré de decirte:

Que nunca he tenido un amigo como tú y doy gracias a la vida por haberme concedido ese privilegio.

Que no olvidaré jamás que el tiempo contigo se medía en cigarros y que pasaba muy deprisa.

Que las palabras no se acababan nunca aunque no fueran necesarias, porque con una mirada nos lo decíamos todo.

Que te echo muchísimo de menos, te pienso y no olvido aquella vez que viniste a verme en sueños. ¿Fue un sueño? Ojalá otro día como ese a cambio de cien años de travesía en el desierto.

Y que deseo que pases un felicísimo cumpleaños, allá tan lejos, en tu isla del cielo, a la que espero llegar al final de mi último viaje para darte un abrazo eterno.

DÍA 23 – DESDE AQUÍ

Hasta el mejor de los perros muerde cuando se cansa de que lo maltraten.

Patrick Rothfuss

La idea para escribir un relato que pedí por Amazon debe de venir de China, porque aún no me ha llegado. Pero, mientras espero, o salgo a buscar otra, una Playlist me ha sorprendido hoy en el coche con una canción que, hace tiempo, me inspiró una historia. Y la he recuperado. Es de hace siete años y creo que entonces escribía mejor que ahora. Se titula como este post, y dice así:


Como si hubiera sucedido ayer. Suena a tópico, pero puedo jurarte, Pedro, que desde aquí la sensación es totalmente cierta. Recuerdo nuestra boda con todos los matices, los detalles, las emociones, incluso los olores…. Aquí solo se aceptan recuerdos felices. Y yo no tengo más que seis: mi boda y mis cinco hijos.

Veinte años teníamos cuando nos conocimos. Me pareciste un joven apuesto, elegante, con unas maneras quizá un tanto excéntricas, pero igualmente encantadoras. Recuerdo aquella tarde de tormenta en la que prestaste tu chaqueta a una completa desconocida que luchaba, empapada, por abrirse paso entre la lluvia y los charcos. Me enamoré de tu sonrisa y me dejé seducir por tus encantos hasta el final del día, en aquel cálido café de la rambla. Estaba tan deslumbrada que los relámpagos de mi emoción amortiguaron el sonido de los truenos que amenazaban en el exterior.

No recuerdo una época que se me antoje más feliz. Éramos inseparables, ¿te acuerdas? Mis padres te adoraban y la ilusión también los embargó a ellos cuando les pediste mi mano.

El día de la boda estabas inmensamente encantador. Alto, esbelto, con el cabello rubio ceniza, algo largo para los usos de la época, el chaqué gris a juego con tus ojos y tu siempre resplandeciente piel de oliva. El orgullo de la radiante novia y de toda su familia. La envidia de mis primas solteras. La sonrisa pícara entre mis amigas. El día más romántico de mi vida.

Supongo que no es fácil percatarse de algo que ocurre de manera progresiva. O tal vez el amor tan irracional como incondicional actúa como un antifaz ante la evidencia. Pero… qué distinto se ve todo, ahora, desde aquí.

Que quisieras guardar con tanto recelo lo que tú llamabas «tus recuerdos» no suscitó en mí la menor de las sospechas, hasta que me soltaste la primera bofetada. Ese día, no te reconocí, no sabía quién era ese hombre tosco, ordinario y soez que nada tenía que ver con mi flamante marido, a quien tantas personas admiraban y alababan: ese esposo ejemplar que donaba generosamente una pequeña fortuna a los niños desvalidos la Noche de Reyes, ese que tanto se implicaba en causas benéficas para los más desfavorecidos…

Casi parecía que eras dos personas distintas, ¡incluso te cambiaba la voz! En la intimidad del hogar eras vulgar, agresivo, déspota. Desde aquí, también se me antoja difícil determinar en qué momento pasé de hacer el amor con mi marido a cumplir con mi obligación contigo como mujer. Pero siempre era mejor consentir a tus caprichos que soportar tus palizas y tus gritos. Algo bueno nació de aquel horror: nuestros cinco maravillosos hijos, a quienes amo y amaré siempre, también desde aquí.

Recuerdo que salías a horas intempestivas, sin dar explicaciones y sin dar opción a pedirlas. En una de tus excursiones nocturnas, me armé de valor y forcé el cajón de tu escritorio, aquel que contenía tus presuntos recuerdos. Lo ignorabas, ¿verdad? Es una lástima que ahora no escuches mis palabras. Aunque, bien mirado, entonces tampoco lo hacías. Cuál fue mi sorpresa aquella noche cuando encontré lo último que habría imaginado. Nada. No tenías recuerdos, porque no tenías nada que recordar. Preciosa y tierna tu historia del huérfano de buena familia que había perdido a sus padres con tan solo unos años de diferencia; ese cuento que repetías a todo el mundo, que tu madre había fallecido de una enfermedad incurable y tu padre había muerto poco tiempo después, devorado por la pena y la tristeza. Tan tierna y preciosa, tu historia, como falsa.

¡La realidad era tan distinta! Pero desde aquí, se ve más clara. No se te conocía padre, ni madre, ni familia. Habías huido del orfanato donde habías pasado tu infancia, para malvivir en las calles, robando, asaltando y observando durante años a los aristócratas adinerados que te daban limosna cuando te sentabas a contemplarlos. Hasta que, un día como cualquier otro, apareció un hombre con una niña, y fijaste el punto de mira en mi padre, en mí, y en la dote que iba a suponer tu salvación. Nos engañaste a todos y, lo que es peor, a mí me enamoraste.

Maldita la noche en la que se me ocurrió seguirte. Te movías por las calles como un felino, sigiloso, camuflado en la penumbra por si alguien te reconocía. Llamaste a su puerta y se lanzó a tus brazos, la pobre infeliz. Mentiría si dijera que no entiendo por qué ella te amaba. Te amaba porque no te conocía, lo mismo que yo hasta entonces.

Todo ocurrió muy deprisa. Salí corriendo como alma que lleva el diablo. No deja de ser paradójico que la venda que cayó de mis ojos me produjera ceguera, pues no vi, ni siquiera oí, el coche que se me echó encima. Ni que decir tiene que su conductor tampoco me vio a mí. Pero todo ocurrió tan deprisa que apenas me di cuenta de nada. Es cierto, no sufrí. Por primera vez en años, no sufrí.

Sé que inventaste una de tus mil historias para justificar mi presencia en aquella calle aquella maldita noche, que fingiste lamentar mi muerte, y que dedicaste tu vida a seguir con tu duelo de pantomima. Pero también sé que sabes que, por fin, sé quién eres.

Desde aquí, he amado a mis hijos y he velado por ellos. El tiempo no existe donde me encuentro, tal vez por eso aún me siento joven mientras en ti veo a un viejo amargado y arruinado, que no ha sabido ni administrar lo que en su día sí supo robar. Un anciano solo, sin nadie que lo quiera o a quien inspire un mínimo de consideración o aprecio. Sé que jamás volverás a verme porque, cuando llegue tu hora, nadie estará a tu lado y arderás en el infierno. Lo único que lamento es que no podré contemplarlo, desde aquí.


Y hasta aquí mi relato recuperado, a la espera de que nazca el siguiente. La canción que me ha recordado que un día tuve inspiración —y dicen que quien tuvo retuvo— pertenece al ábum Deseo carnal de Alaska y Dinarama, un impecable disco que me regalaron en vinilo en un cumpleaños de la prehistoria y que devoré hasta la saciedad. Y a día de hoy, lo sigo considerando una obra de arte.

DÍA 19 – AMAPOLAS

Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar campo de batalla sin haber luchado.

Napoleón I

Volvía de dar un paseo por los alrededores de su casa. Tal como le había aconsejado su terapeuta, recorrió sus cinco o seis kilómetros diarios caminando a buen ritmo, para generar endorfinas, mejorar la función cognitiva, combatir la ansiedad, curar el insomnio… Ya no tenía veinte años, de hecho casi los doblaba, pero empezaba a sentirse en forma de nuevo. Se sentía orgulloso de su voluntad de hierro y queriéndose por primera vez en años cuando observaba en el espejo aquellos insólitos ojos verdes, la tez morena, el cabello corto, fuerte y ondulado, negro como el carbón con algún destello plateado…

Ya tenía una ruta establecida que primero bordeaba el río, después pasaba cerca del cementerio —si estaba abierto, entraba a caminar entre tumbas, como a él le gustaba llamarlo, y se sentaba en alguno de los bancos de piedra a disfrutar de la paz que se respiraba en el camposanto—, cruzaba por un puente metálico, atravesaba un prado… En total, una hora de ruta al ritmo de una lista de canciones destinada a marcar el tiempo y el movimiento del paseo terapéutico.

Vivía en un entorno privilegiado, en un pueblo de apenas una decena de miles de habitantes, con todas las comodidades, sus grandes superficies, todo tipo de comercios y restaurantes, pero también rincones y rutas en plena naturaleza con admirables paisajes. Parecía que por el simple hecho de vivir allí no tuviera que apreciarlos, como le ocurre a tantísima gente, pero desde que empezó la terapia, todo lo veía con ojos nuevos. Aquel atardecer, el prado le sorprendió con una inmensa extensión de preciosas amapolas de un rojo intenso. Si te agachabas y las mirabas desde abajo, al final parecían unirse en una alfombra espesa e infinita.

Las vainas de las semillas de ciertas variedades de amapola contienen morfina de forma natural. Esa morfina se procesa y da lugar al alquitrán negro, más conocido como heroína. También se puede cortar con otras sustancias como almidones, azúcares o quinina, creando así un polvo blanco y amargo. Fin del paseo. Me voy a casa.

Tardó la mitad de lo habitual en recorrer el último tramo del itinerario diario, desde el prado hasta su casa. El ansia le allanó el camino y le aligeró la marcha. Entró, y sin apenas respirar, se lanzó sobre el primer cajón de la cómoda del salón. De allí sacó una bolsita de celofán y un encendedor. Fue al baño por una jeringa y una goma gruesa, y a la cocina por una cuchara. Dios, llevaba ya muchos días sin meterse. ¿Esa era su voluntad después de tanto esfuerzo? ¿Con qué excusa? ¿Las amapolas? Valiente autoengaño.

El último. Esta vez de verdad. Y lo dejo. Lo juro. A la mierda los progresos, la terapia, las caminatas y las endorfinas. Vació el polvo blanco que contenía la bolsita en la cuchara. Encendió el mechero debajo y la alquimia lo transmutó en una sustancia del color de la miel del naranjo. Casi podía oler el azahar. A pesar del temblor de la exaltación, tuvo el suficiente cuidado para no desperdiciar ni una gota de aquel maná cuando lo cargó en la jeringuilla. Cogió la goma y se la ató con fuerza en el brazo. Localizó la vena enseguida y se clavó la aguja con una corriente trifásica emocional de placer, dolor y culpa. Movió el émbolo ligeramente hacia arriba y luego lo empujó con firmeza, hasta que la jeringa quedó vacía y seca. Como su alma. Miserable.

Por suerte, el efecto era prácticamente inmediato. El viaje desde la sangre hasta el cerebro es supersónico y disipa la culpa y el remordimiento durante el trayecto. La heroína devenida en morfina encuentra su lugar en los receptores opioides y genera una poderosa avalancha de placer. Primero euforia y luego analgesia. Todo desaparece y te asalta una paz que te impide recordar los anteriores intentos infructuosos de tomar conciencia y enfrentarte a tus problemas. Te invade la amnesia y olvidas el dolor, la desesperación, las náuseas, los vómitos, las diarreas… Y también la angustia, la ansiedad, el pánico, la devastación y la revelación de que eres un deshecho humano. Olvidas que ya casi lo tenías, que estabas fuera, y que te has desviado de nuevo al mal camino con el primer pretexto de mierda que has encontrado. Que todo lo que has sufrido no habrá servido de nada, y que has retrocedido mil pasos por culpa de las putas amapolas. Va, no te mientas. No han sido las amapolas, ha sido lo cobarde que eres. Que te has querido engañar creyéndote fuerte y, a la mínima excusa, has escondido la cabeza bajo el ala y has escapado de tu responsabilidad. Lo fácil es huir hacia delante para no mirarte al espejo y luchar contra ti mismo y por todo lo que te llevas por delante, como a las personas que te quieren…

Menos mal que ahora no te acuerdas de nada de todo eso y estás en paz. Se adormece el cuerpo, se desacelera el corazón, estás en una nube con una sonrisa idiota en el rostro. Respiras cada vez más despacio. Qué son las endorfinas de un paseo comparadas con el delicioso sueño de un buen viaje.

Olvidó que era un cobarde. Olvidó el riesgo que corría. Olvidó el dolor que se había provocado y el daño que haría. Se olvidó el mundo y se sumió en un dulce y narcótico sopor. Y mientras dormía, también se olvidó de respirar. Lo encontraron tres días más tarde, cuando echaron la puerta de su casa abajo, después de varios intentos vanos de localizarlo.

Su cadáver exhibía una amplia sonrisa, dedicada a su familia y a todos los que habían confiado en él y le habían querido.

El último. Esta vez de verdad. Y lo dejo. Lo juro.

DÍA 17 – NÚMEROS

Muchísimo es mi número favorito.

Woody Allen

7. Son los posts del blog que son de ficción. FIC-CIÓN. Que hay quien no me cree cuando digo que los relatos son inventados. No negaré que se inspiren en realidades que conozco, porque, sinceramente, ahora no me voy a poner a documentarme sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre la caza del gran tiburón blanco y peligros que comporta. Es cierto que la realidad que estamos viviendo supera con creces a muchas ficciones, y yo le sumo mi periplo personal, que también tiene su aquel. Pero lo que cuento como propio es propio y lo cuento porque quiero compartirlo. Lo que no cuento es porque es mío y quizá me gustaría compartirlo, pero creo que no debo. Y los relatos sobre trenes y tormentas y casas y vecinos son eso. Relatos. Ficción. Ni voy a deshacerme de ningún hombre conchabada con nadie, ni mucho menos voy a acabar mis días sola y rodeada de gatos. Qué duda cabe.

3. Con la de hoy, van tres veces que me tiño el pelo en confinamiento. Así como reflexión: o me lo dejaba sin teñir desde el día cero, o ya me sumerjo en la rutina de teñirme cada tres semanas, día arriba, día abajo. Pero a medio —¿medio?— confinamiento, decidir dejarte las canas es tontería. Por no mencionar que le vas cogiendo el aire y, aunque hoy ha habido un daño colateral y una subsiguiente baja (un pantalón de pijama), luego te miras al espejo y, hostia, te sientes mucho mejor. Y aún no me he gastado ni la mitad de lo que me cuesta una sesión en la peluquería. Claro que tampoco llevo un buen corte bob, ni mechas, ni balayage, ni baby-lights, ni leches. Tinte rubio-oscuro-por-la-parte-de-donde-yo-me-sé y ya me puedo dar con un canto en los dientes. Pero teñirse en confinamiento es de guapas.

25. Han sido los minutos de cardio que he hecho en casa. Porque si 25 minutos leyendo o viendo una serie pasan rápido, haciendo ejercicio seguro que también, ¿no?… Pues no. Ya lo decía Einstein, que el tiempo era relativo. Cuánta razón. Han sido los veinticinco minutos más largos de mi vida. Tengo otras rutinas completas de doce minutos que trabajan todo el cuerpo, pero me he venido arriba con esta. Considerando que hace mucho tiempo que no hago ejercicio nunca, quizá debería ir más despacio. Que limpiar el polvo con el plumero y la música a todo trapo, cantando y bailando, y pasar la aspiradora a lo Freddie Mercury seguro que también cuentan como deporte. Ea.

4. Me he decidido por fin a hacer limpieza de ropa. Cuatro horas me he pasado. Como tengo tiempo, un trozo de armario cada día. Pues me va a faltar ERTE o me van a sobrar armarios. Que no he hecho un 10% de todo lo que tengo que hacer y ha salido una bolsa de basura de las grandes de ropa para descartar y dos bolsas menos grandes para donar. Siempre he reconocido sin pudor y sin consciencia que soy acumuladora, pero quizá debería plantearme la posibilidad de padecer un síndrome de Diógenes en estado temprano. O no tan temprano, porque se me han almacenado años de ropa y voy un poco tarde. Me han hecho falta una separación, una pandemia y un ERTE. Lo próximo ya era una guerra nuclear o una invasión extraterrestre, ya no me la podía jugar más. Espero que me dure la iniciativa hasta terminar bien lo que he empezado y no hacer remiendos como en otras ocasiones. Esta vez sí. Que la motivación está ahí. Que estoy muy motivada. Sujétame el cubata.

20. La hora que he elegido —sin darme cuenta— para hacer viajes a los contenedores de basura. Gran elección, las ocho de la tarde. Vivo en una planta baja que está en un edificio paralelo a otro, con una zona comunitaria ajardinada en el centro donde los niños juegan cuando se puede y hay bancos y parterres. Muy bonito todo. Las ventanas de los dos edificios dan a esa especie de «paseo central». Y no hay cosa más gratificante que ir haciendo viajes para deshacerte de cosas y que te vayan aplaudiendo. Bravo. Ya era hora. Muy bien, Paula. (Bueno, creo que los aplausos no eran para mí, pero por un momento, he fantaseado con esa idea y me he sentido muy apoyada y valorada. No he saludado a lo Rafa Nadal porque me ha dado vergüenza, pero gracias, vecinos. Os debo una copa).

1. Precisamente, una copa de vino tinto al día es lo que recomiendan los expertos, por aquello del resveratrol, de los antioxidantes, de reducir el colesterol malo, de retrasar el envejecimiento —mierda, ya voy tarde—, de las endorfinas, de las infecciones de la boca… El milagroso maná de color granate en vidrio que cura todos los males (al contrario que la banda de música del mismo nombre sin cuya existencia la vida es posible, créeme). Y aquí posteando un día aprovechado, en el que apenas he parado para comer y dormir el antihistamínico media horita —limpieza de armario + alergia a los ácaros = ya sabemos cómo acaba— me tomo mi copita con alegría e inspiración. La buena noticia es que el ataque de alergia ha sido leve en comparación con otras veces de mucho menor exposición al alérgeno. Ah, el vino, ese elixir prodigioso.

389. Así, a ojo, porque no he tenido tiempo de contarlas, las hormigas que se han acumulado en un momento porque hoy Gatogordo —mi gato visitante— no ha querido la merienda. Y a la que me he despistado, había un minúsculo y profuso ejército haciendo acopio del pienso de alta gama que el gato ha rechazado, como en el poema de los sabios de Calderón de la Barca. Amo a los gatos pese a su soberbia. Es herencia familiar, como lo de escribir y lo de ser borde, paciente y altamente sensible.

100.000.000. Las ganas que tengo de verte.

DÍA 16 – LA PUERTA

La muerte es un desafío. Nos dice que no perdamos el tiempo… Nos dice que nos digamos ahora que nos amamos.

Leo Buscaglia

Rosario tenía noventa años recién cumplidos. Vivía sola en una gran casa, imparcialmente dividida en dos viviendas: la suya, grande, espaciosa y orientada al norte. Era una construcción añeja, con escasos muebles antiguos y las reformas mínimas para habitarla con cierta dignidad, pero muy sombría y terriblemente fría en invierno. Tenía una sola planta con estancias amplias, ya que Rosario necesitaba moverse con un andador, pues la edad había hecho estragos en su mermado cuerpo. No adolecía de nada y penaba de todo. Rosario era la imagen tipo de una abuela que ya se ha apergaminado en su denostada ternura. Como el tronco agrietado de un cerezo que ya no va a florecer nunca más.

La otra vivienda, pequeña y estrecha, era antagónica a la de Rosario. Diminuta pero luminosa, con una decoración coqueta y recientemente reformada por su nueva inquilina. Andrea, contable, de 32 años de edad, con una reciente y dolorosa ruptura a sus espaldas, alquiló la casa a buen precio para empezar una nueva vida tras su separación. De estatura media, cabello castaño ondulado, complexión delgada y ojos verdes, era una joven guapa pero con las ojeras y la lividez de un trauma reciente, aún pendiente de resolución. Esperaba que un nuevo hogar en un nuevo lugar significase un reinicio desde cero, y que una nueva vida se abriese ante su aparentemente infinito desconsuelo. Con mucha imaginación y poco presupuesto, había logrado darle un aire moderno a la minúscula vivienda… excepto por aquel largo pasillo que terminaba en una puerta que no podía cruzarse porque estaba cerrada, ya que comunicaba directamente con la casa de su vecina, una nonagenaria que hablaba sola, que apenas recibía la visita de un único pariente —un sobrino, parecía ser— que acudía a verla por compromiso y que, en la imaginación de Andrea, se frotaba las manos pensando en una inminente herencia. La señora caminaba con la ayuda de un andador que necesitaba urgentemente un buen engrase, pues las ruedas emitían un estridente chirrido a cada paso de la anciana. Y las paredes parecían de papel, con lo que Andrea pasaba tardes enteras escuchando el rechinar del tacatá y a la señora disertando como si se dirigiera a un niño pequeño. La senectud resulta tan cruel como eterna para el que la vive.

Rosario, como todos los viejos, moraba en una soporífera rutina. Se levantaba pronto, se dejaba cuidar por una joven asistenta que le hacía la compra y las tareas del hogar, la ayudaba a asearse, y se marchaba a media tarde dejando la cena preparada. A la hora del aplauso sanitario, la señora prácticamente había digerido la colación y para cuando la luz del día mudaba a sombra, se iba a dormir, para repetir la misma rutina al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Un día de aquella extraña primavera sin abril, entre chirrido y chirrido del condenado andador, Andrea escuchó al otro lado de la pared una fuerte discusión entre la asistenta de la anciana y el presunto sobrino ávido de herencia, tras la cual, la muchacha salió escopetada con una bolsa de mano y lágrimas en el rostro. Andrea la vio marchar y jamás la vio volver. Supuso que el sobrino la había despedido a cuenta del hipotético testamento, no fuera a caer la eventual fortuna en manos indebidas.

A partir de entonces, las visitas del sobrino no proliferaron como habría cabido esperar, pero los estridentes chirridos del andador desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche eran claro indicativo de que la señora estaba bien. «Bien». Ella seguía hablando sola con su filogenético lenguaje infantilizado y caminaba de un lado al otro con su fiel estridencia ortopédica.

La puerta al final del pasillo de casa de Andrea era estremecedora. La joven ya se había empezado a adaptar a su pequeño hogar y a su nueva vida, pero no superaba la visión del largo y angosto pasillo que terminaba en una puerta que conducía a la nada, y era cualquier cosa excepto una luz al final del túnel. Más bien al contrario, era como una tenebrosa entrada a un abismo de monólogos seniles y tétricos chirridos. Andrea había leído en alguna revista de decoración que pintando de un color vistoso el techo y la pared del fondo —la puerta, en el caso que nos ocupa— de un largo pasillo, este se ensanchaba visualmente y se eliminaba el efecto terrorífico (bueno, esto último quizá no lo leyó, pero le pareció coherente con el trampantojo que recomendaban los expertos). El problema es que la aterrorizaba solo el hecho de acercarse a la puerta que cerraba el paso al ecosistema de la vieja parlanchina y su rechinadora andadera.

Fueron pasando los días, y Rosario malvivía de las conservas y poco más que le acercaba su indeseable sobrino en sus escasas visitas. Su decrepitud empezó a multiplicarse exponencialmente y su estado empeoró visiblemente pese a que nadie la viera, a excepción de aquel desalmado sin corazón que acudía a su casa esporádicamente y a desgana. Ella hizo lo que pudo, como hacemos todos, pero siempre llega un día en que ya no se puede más. Se despertó una madrugada, deshidratada y sedienta, y se levantó para ir a beber agua. Empezó a caminar lentamente hacia la cocina, con su leal chirrido acompañándola y, a los cinco o seis pasos, se desplomó.

Esa noche, hacia las tres de la madrugada, Andrea despertó al oírse un fuerte golpe seco. Tenía el sueño ligero pero había empezado a tomar ansiolíticos que a veces engañaban a sus sentidos. Estaba soñando con el inconfundible sonido del andador, lo cual no resultaba extraño, porque lo tenía metido en la cabeza todo el tiempo. Pero el golpe la despertó. ¿Tal vez no había sido un sueño? Se sentó en la cama y aguzó el oído. Silencio sepulcral. (Odio recurrir a expresiones tan manidas, pero es que no se me ocurre un adjetivo original. Se aceptan sugerencias. Ah, y ya que estamos: sí, aguzar el oído es correcto, no «agudizarlo»). En fin, que me disperso… A lo que iba: tras unos minutos de incertidumbre, Andrea se volvió a tumbar, se dio media vuelta y cayó dormida de nuevo. Los ansiolíticos tienen eso. Especialmente cuando hace poco tiempo que los tomas.

A la mañana siguiente, sábado de un mayo ya tardío, sobrino histriónico, policía, ambulancia y funeraria, en ese orden, fueron desfilando por la estrecha calle donde compartían casa —que no hogar— Rosario y Andrea. Los aspavientos y llantos del sobrino eran tan sobreactuados como falsos cuando, tras certificar el médico la muerte de la anciana, los funerarios la introdujeron en la bolsa mortuoria para trasladarla al tanatorio. Andrea era muy impresionable y pasó varias noches en vela después del suceso, gracias a su progresiva habituación a los ansiolíticos y a la imagen del saco con la vieja muerta dentro, que no se borraba de su mente ni con alcohol ni con pastillas.

Una semana después del óbito de Rosario, la vida transcurría con una inusitada tranquilidad. Nadie se había personado en su domicilio para vaciarlo o limpiarlo. El sobrino debía de tener trámites más urgentes que realizar. Andrea seguía con su rutina y parecía que al fin iba a lograr acercarse a la puerta del final del pasillo, para darle un toque de color, o siquiera para vencer su irracional miedo (tan irracional como todos los miedos, pero es cierto que unos lo son más que otros) a un rincón de su propia casa. El día en que decidió armarse de valor quizá no fue el más adecuado, pero las personas somos así: tenemos el don de la oportunidad.

Ya había anochecido. Caminando lentamente y asentando con aplomo en el suelo cada uno de sus pasos, Andrea avanzaba por el pasillo con la desconfianza de quien se mueve sobre terreno pantanoso, temerosa de dar un traspié y hundirse en el lodo o en su propia vergüenza. No había acabado de reprenderse mentalmente a sí misma, por tonta y por miedosa, cuando empezó a escuchar con perfecta claridad el chirrido del andador de la vieja muerta. Ñiic. Ñiic. Ñiic.


—Abuela, tengo hambre… —protestó Mac.

—Ya lo sé. Pero ya no nos queda de comer y tendríamos que hacer algo para conseguir alimento —respondió Bella—. Zoe, ¿ya no te queda nada para darle a tu hijo?

—No, mamá. He buscado por toda la casa y ya no queda nada comestible —contestó Zoe.

—Pues algo habrá que hacer o moriremos todos de hambre.

Zoe, Victoria y Peter eran tres hermanos. Compartían rasgos faciales, eran innegablemente parecidos, pero tenían el pelo de diferente color. Peter negro azabache, Zoe rubio, y Victoria llevaba unas mechas algo caóticas en distintos tonos. Su madre, de plateada cana, a la que familiarmente llamaban Bella, hacía honor a su apelativo cariñoso, porque era mayor pero conservaba una espectacular y elegante belleza. Majestuosa, diría yo.

Zoe tenía un hijo, Mac, que empezaba a sobrellevar su nueva realidad con cierta dificultad. El hambre es como el miedo, mala consejera. Y juntos crean un tándem que puede llegar a sacar lo mejor y lo peor de cada uno. Te agudiza (ahora sí puede valer) el ingenio o te paraliza. Según te pille. Afortunadamente, a los cinco miembros de esta peculiar familia les ocurrió lo primero.

Todos ellos compartían casa, tenían espacio de sobras y todas las comodidades que pudieran necesitar, pero debido a la reciente crisis, se habían quedado sin sustento. Y con una abuela y un pequeño, aquello no podía prolongarse eternamente. Sin recursos y sin ayuda, no podrían subsistir mucho más tiempo. Para cuando los desalojasen, quizá ya sería demasiado tarde para ellos.

Pero Bella, que contaba con la experiencia y la sabiduría de su avanzada edad y su privilegiada inteligencia, tuvo una excelente idea para solucionar su problema y sacar a su familia del apuro. Si todo salía bien, ya no volverían a pasar hambre nunca más. La matriarca trazó el plan, dio unas detalladas instrucciones al resto de la familia, y haciendo honor al buen equipo que formaban, se pusieron manos a la obra, todos a una.

—¿Todos en sus puestos? —preguntó Bella. —Bien, a la de tres. Una, dos y tres. ¡Adelante!


Ñiic. Ñiic… Ñiic. Ñiic.

Andrea estaba transparente de tan pálida. Petrificada, a dos pasos de la puerta del final del pasillo, escuchaba aterrada el rechinar del tacatá de la vieja muerta. No había bebido, no había tomado ninguna pastilla, había dormido y comido razonablemente bien, y nada hacía presagiar que pudiera sufrir alucinaciones o algún brote psicótico. Y en efecto, no era así, porque el chirrido era tan alto y claro como los latidos de su corazón, que le retumbaban por todo el cuerpo. Justo al otro lado de la puerta. Ñiic. Ñiic. El maldito único primer día en que se había atrevido a acercarse. Ñiic. Ñiic.

Tenía dos opciones: salir huyendo hacia no se sabe dónde, o avanzar dos pasos más (que se le antojaban kilométricos) hacia la puerta, tocarla, aplastar el oído contra ella, cerciorarse de que no era su propia mente la que que hacía chirriar el andador en su cabeza y, por una vez en su vida, enfrentarse a sus miedos y lanzarse hacia delante, como si no tuviera nada que perder. Porque, en realidad, lo que tiene que suceder, sucede, con miedo o sin él. En realidad, nunca hay nada que perder y ya puestos a elegir…

…Andrea se abalanzó contra la puerta cerrada que separaba su universo del universo remoto de Rosario. ¿Dije cerrada? ¿Lo había llegado a comprobar alguna vez? ¿Qué decíamos del don de la oportunidad? Seguramente aquel no era el mejor momento para comprobarlo. Porque la puerta no estaba cerrada, ni lo había estado jamás. Y al recibir el empellón de Andrea, se abrió, y con la inercia, la joven cayó de bruces en el averno del vejestorio, el chirrido y los monólogos. Y cuando levantó la cabeza, apenas pudo dar crédito a lo que estaba viendo.


— ¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos! —gritó Mac.

Bella no podía con su alma tras el titánico pero fructífero esfuerzo. Ella, sus tres hijos y su nieto —que poco pudo ayudar, pero ganas le puso— habían aunado estrategia, perspicacia y fuerza para empujar varias veces aquel cacharro del demonio, cuyo estridente sonido detestaban y que jamás pensaron que, un día, les salvaría la vida. Con suerte, alguien los escucharía.

Victoria, Zoe, Peter, Grizabella y Macavity se llevaron el susto de sus vidas cuando se abrió aquella puerta que nunca habían visto abrirse y una humana se precipitó de boca al suelo, justo delante de sus hocicos. Grizabella estaba demasiado cansada y mayor para salir huyendo, y Macavity era lo suficientemente pequeño como para no conocer el miedo. Victoria, Peter y Zoe salieron por patas y se ocultaron detrás del primer mueble que encontraron, pero la gata mayor y el cachorro se quedaron allí, mirando a Andrea con la misma cara de sorpresa con la que ella los miraba a ellos, junto al andador que habían estado empujando.


La puerta ya no volvió a cerrarse. Andrea alquiló la casa de Rosario, tras varias negociaciones con el sobrino de marras, que resultó ser en realidad un mal hijo que no había recibido más herencia que aquella tétrica vivienda llena de gatos, un perjuicio más que un provecho y, desde luego, mucho más de lo que merecía aquel indeseable. Andrea se deshizo del andador que tanta angustia le había provocado y que ya había cumplido con sus dos cometidos en la vida, y adoptó a los cinco gatos de Rosario como a sus propios hijos. Hijos felinos, entiéndaseme. Todos con sus plaquitas identificativas colgadas del cuello. Se sintió algo culpable cuando empezó a hablar con ellos y comprendió que la pobre anciana no hablaba sola. Sentirse sola, sí, pero hablar, hablaba con sus gatos.

Con el tiempo, los dos mundos se fundieron en uno solo, y la armonía fue impregnando la casa, que ahora sí era un hogar. Grizabella murió al poco tiempo, pero después de ella vinieron otros. Y muchos otros después.


Muchos años más tarde, Andrea decidió cerrar la puerta. Necesitaba más ingresos y puso en alquiler la parte de la vivienda que ella misma había ocupado en su juventud, y se instaló con sus gatos en la zona más amplia de la casa para poder desplazarse con más comodidad. Entre otros trastornos propios de la vejez, Andrea había desarrollado problemas de movilidad y tenía que desplazarse con la ayuda de un andador.

Qué sádico hijo de puta, el destino.

DÍA 13 – ACRÓSTICO

Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.

Pablo Neruda

Señala hoy el calendario el día de Sant Jordi. Un día muy especial en mi tierra, donde en circunstancias normales hay mucho movimiento, gente paseando entre puestos de rosas y libros por las calles para que los enamorados encuentren una forma —o una excusa— para decirse que se quieren.

A pesar de vivir un confinamiento en aislamiento de toxicidad mediática, por aquello de conservar la salud mental y de vivir bajo la premisa de mantener una atención al presente lo más plena posible, en tal fecha como hoy es imposible no rememorar una vida entera de paseos, de libros y de rosas en abriles soleados y que empiezan a oler a verano.

No puedo evitar recordar un cuento, una leyenda, o una historia que conozco bien. Quizá la versión que acude a mi cabeza está un poco adulterada por la subjetividad y por la imaginación, pero al final un cuento es eso: un cuento. Y cada uno cuenta los cuentos como mejor le parece.

Transcurre esta historia en un pueblo de montaña, donde vivía una princesa, rodeada de naturaleza y de familia. Su vida se esfumaba feliz, porque muchos años antes, su caballero Sant Jordi, su salvador a todas luces, la había rescatado. Qué más podía desear una princesa que un apuesto galán que la salvase, a lomos de su caballo y blandiendo una protectora espada contra todos los males, sobrevenidos y venideros, que la acechaban.

Jamás pensó el caballero que podría derrotar a todos los fantasmas que rondaban a la princesa. Pero así lo hizo, y se ganó su amor y su confianza. Empezaron a salir a pasear por el monte, por el bosque y por la orilla del mar. Se fueron conociendo y finalmente se casaron, fueron felices y comieron perdices, y pizzas y todo lo que compraban en el supermercado. Salían de restaurantes, iban al cine, a la playa, de excursión, al teatro… o se quedaban en su casa disfrutando de su jardín, de su piscina y de la infinita programación digital que las plataformas de televisión ofrecían, abusivas en precio pero necesarias para evitar la basura gratuita.

Otra vida parecía imposible. Nunca habría concebido la princesa un hijo, como nunca habría concebido una vida sin su Sant Jordi salvador. Su historia transcurrió entre una infravalorada rutina y sus obligaciones profesionales y personales como princesa y caballero. La princesa se dejaba cuidar, querer y mimar. El caballero la cuidaba, la quería y la mimaba. Y esa idea de felicidad se instaló a vivir con ellos. Y esa idea de felicidad se fue transfigurando lentamente, de manera que la princesa y su caballero se acostumbraron a ella sin darse cuenta de que algo estaba cambiando.

Rápidamente, los años pasaron. La princesa quería a su caballero y su caballero la quería a ella. Pero, al contrario de lo que sucede en los cuentos convencionales, aquello no era suficiente para tener una vida plena y feliz. Dejaron de vibrar en la misma frecuencia, pero la princesa estaba tan inmersa en su papel de princesa que no imaginaba una vida sin su Sant Jordi salvador. Y el caballero estaba tan embebido en su rol de salvador que quiso salvarla demasiado. Tanto, que el agotamiento lo venció. Y desfalleció.

Desde ese momento, la princesa empezó a vivir con terror lo que el caballero vivía con hartazgo. Hasta que, un buen día, el caballero renunció a la vida de palacio y a su princesa y a todo el universo que habían creado juntos. Y desapareció. Y la princesa creyó morir.

Ira, pánico, culpa y dolor fueron los sentimientos que decidieron quedarse a hacer compañía a la princesa cuando el caballero partió. Ella lloraba y rezaba por que su Sant Jordi se diera cuenta de cuánto perdía, por que recapacitara y por que volviera a rescatarla una vez más. Pero un buen día, la princesa comprendió que la única persona que podía salvarla era ella misma. Que a la ira, al pánico, a la culpa y al dolor los había llamado ella sola. Que no necesitaba protección, ni amuletos, ni salvadores. Que se amaba más de lo que nadie la había amado jamás, porque le sobraban motivos para ello. Y luchó con su propia espada, a lomos de su propio caballo. Y venció. Y un buen día apareció un dragón con el que estableció un estrecho y precioso lazo rojo, de cinta ancha y con muchas vueltas, que recordaba mucho a una rosa. De ahí la costumbre de regalar esa flor cada 23 de abril. Desde ese día, la princesa gobierna su vida, la disfruta, la engulle, la bebe sedienta y traga hasta las últimas consecuencias. Y siempre que puede, hace el amor apasionadamente con el dragón, que la hace sentir como una reina.

DÍA 12 – SERENDIPIA

Las casualidades son las cicatrices del destino. No hay casualidades, somos títeres de nuestra inconsciencia.

Carlos Ruiz Zafón

Hoy, fruto de una casualidad, se me ha ocurrido el mini relato que sigue a continuación, basado en una utopía sobre el actual confinamiento, según la cual existiría la posibilidad de ser más feliz en un estado de alarma, de incertidumbre, de pandemia y de miedo que en una vida aparentemente normal. La casualidad que me ha inspirado el pequeño cuento —que no sé si realmente es una casualidad— la explicaré al final.

Allá va:

Tenían quince años. Fue su primer amor, todo ternura. Caricias tímidas, mundos por descubrir, despertares a las emociones y a las sensaciones. Una experiencia tan necesaria como bonita y dolorosa, a partes iguales. Porque no hay amor sin desamor, no hay felicidad sin tristeza, no hay un nosotros sin un yo, que después se queda solo. Y se transmuta en olvido, y así se termina el primer amor, el único —permíteme el pleonasmo— primer amor.

En tiempos de confinamiento, sobran horas para recordar, contarse historias, descubrir verdades, mentiras, sentimientos y deseos. Tomando un vino en la terraza, ella recordaba sus antiguos amores, sus desengaños, sus aventuras y sus errores. Habían pasado treinta años desde aquellos primeros besos. Treinta años de vivencias, de relaciones, de historias bonitas y tristes, aderezadas con alguna lamentable tragedia. Estudios, trabajos, amores, amigos, rupturas, dolor, alegría y, sobre todo, aprendizajes. Porque es imperioso aprender para seguir avanzando.

Y miles de kilómetros recorridos, varios amores y otros tantos desengaños después, fruto de una casualidad tan improbable que no tuvo más remedio que suceder, allí estaban los dos. Treinta años más tarde. Entre sábanas, oxitocina y besos, que tenían el mismo dulce sabor que a los quince y que creían, equivocadamente, haber olvidado. Visitas clandestinas en pleno confinamiento y sin salvoconducto, que hacían de la triste realidad de la pandemia una fantasía distópica, y del dolor sanado una nueva realidad, alternativa tal vez, pero más auténtica que todo lo demás.


Sería precioso vivir un confinamiento así.

Hoy he empezado una nueva serie, Tales from the Loop. Disfrazada de ciencia ficción, enseña más sobre las emociones humanas que muchos libros de autoayuda. No es trepidante ni rápida, pero tiene algo que hipnotiza. No sé exactamente el qué.

Yo no sé si creerme eso de que los móviles nos espían escuchándonos por los micrófonos —dios, espero que no— pero los acordes de piano de la música de esta serie me han recordado muchísimo a los de la banda sonora de otra serie de culto, tan excelente como infravalorada, como fue The Leftovers (2014). Protagonizada por un Justin Theroux tremendo en todos los sentidos, la considero una verdadera obra maestra.

¿Pues no es casualidad que haya entrado en Facebook (lo cual no suelo hacer últimamente) y la red me haya propuesto unirme a un grupo de la serie The Leftovers, que terminó hace como cuatro años? O bien es verdad que los móviles nos escuchan —y, por ende, que tengo buen oído, porque yo en ningún momento he comentado en voz alta con el móvil ni con la gata que fíjate cómo se parece esta música a aquella otra—, o ya es casualidad. Mucha casualidad.

Deliciosa, la banda sonora de The Leftovers:

DÍA 11 – HOLA

Entre las flores te fuiste. Entre las flores me quedo.

Miguel Hernández

Quería —y de hecho, había empezado— escribir una entrada sobre las despedidas. Pero lo acabo de borrar todo. Dicen que crecer es aprender a despedirse, lo cual explica mucho de mi mundo interior y de la niña que llevo dentro, a la que no pienso decir adiós jamás.

He borrado que es más fácil decir hasta pronto que adiós, aunque ese pronto sea de mentira. Que es más fácil hacerlo a solas, con un te quiero y con un gracias, porque quien se despide con ira o rencor, en realidad, no se está despidiendo.

He borrado que se puede llorar, que se puede sonreír, que se puede elegir el momento y hacerlo durar o hacerlo breve.

He borrado que decir adiós se hace volando y dejando volar. Respirando hondo y en paz. Tomando una copa de vino, escuchando música, cantando, tumbada, sentada, tomando el sol o bajo la lluvia. Se dice adiós cuando se está preparado, aunque la preparación nunca sea completa.

Y lo he borrado todo, porque al final —lo reconozco— odio las despedidas.