DÍA 24 – VIAJES

Lo que una vez disfrutamos nunca se pierde, todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros.

Helen Keller

Hace más de veinte años que no te veo. ¿Veintidós ya?

Miento. Creo que hace algunos menos, diecinueve o veinte. Llevaba dos o tres sin verte y un día viniste por sorpresa y nos pusimos al día. Y no te he visto desde entonces.

Espero que estés muy bien. Te escribo para contarte que he aprendido muchas cosas en todo este tiempo.

Hace trece años tuve que escalar una montaña muy alta y escarpada, que marcó un punto de inflexión en mi vida. Dejé todas mis fuerzas en el intento y necesité ayuda. Me costó mucho trabajo y casi dos años, y en ocasiones llegué a creer que nunca lo lograría, pero lo conseguí.

Cuando llegué a la cima de la Montaña del Punto de Inflexión, fui tan feliz que no quería moverme de allí, pero el viento me empujó y me arrastró hasta una extensa y apacible llanura. Y por allí empecé a caminar sin pensar demasiado, porque me pareció un buen lugar por el que avanzar. Fue un paseo largo y agradable en la mayor parte del trayecto. Con algún bache pero con muchos paisajes bonitos y grandes momentos. Un viaje tranquilo que, entre tropiezo y descanso, duró casi diez años. De él, guardo buenos recuerdos que aún me hacen saltar lágrimas de añoranza. Podría evocar también todo lo negativo, que lo hubo, pero para qué.

Otra ráfaga de viento, esta vez huracanado, me lanzó al vacío por un inesperado despeñadero que se escondía en la Llanura de los Diez Años, la cual abandoné de golpe y sin quererlo, para caer en un desolado desierto. Se imponía tan yermo e infinito que pensaba que cruzarlo sería peor que subir la Montaña del Punto de Inflexión. Pero no. Eché mano de mis recursos y aprendizajes, que creía perdidos pero solo dormían, y emprendí la lenta marcha a través de las dunas. No fue nada fácil. Subidas, bajadas, me caigo, me levanto. Un panorama muchas veces desolador. Y en tan solo unos meses, llegué a un oasis. Un paradisiaco refugio donde disfruté de deliciosos manjares y de momentos de éxtasis absoluto. Pero el delirio duró poco. No era un oasis, sino un espejismo. Un día abrí los ojos y me encontré de nuevo en el desierto. Arena estéril en todas direcciones. El presunto oasis se había desvanecido.

Casi me niego a seguir caminando por el desierto. Es que me enfadé un poco por lo del Oasis de la Desilusión, ¿sabes? Porque no entendí qué necesidad había de volver al desierto cuando había vuelto a ser feliz. O cuál era el sentido de olvidar el desierto para luego desplomarme otra vez en él. Aquello de que la vida no es justa.

Es que no era un oasis, Paaaula. Era un espejiiiismo.

Y ahora sigo andando entre dunas y entiendo que el desierto hay que cruzarlo entero, sin atajos, y que aún no sé cuándo terminará este viaje. Pero sí sé que terminará y que cada día queda un día menos.

He comprendido, por fin, eso de que la felicidad hay que encontrarla dentro de uno mismo y no en los demás, ni en los oasis, ni en los espejismos. No te lo creerás pero no acababa de pillarlo. Ahora sé que llegaré a otros oasis —de hecho, creo que estoy avistando alguno…— pero ya no les daré la llave de mi fortuna, porque no puedes otorgar el poder de hacerte feliz a lo que no está en tus manos. Es demasiado arriesgado. Y que cada cual transite por su propio periplo y elija si quiere aprender de él o no. Yo he escogido hacerlo y crecer, aunque a veces tenga que pararme a descansar y a llorar un poco.

Con vituallas de amor y compasión, y sin lastre de rabia o rencor, terminaré mi expedición por el Desierto Sin Nombre. Todavía no tiene nombre —como lo tienen la montaña, la llanura y el oasis— porque aún sigo en él. Necesito verlo desde lejos para darle uno. Ya con perspectiva, seguro que lo bautizo como se merece. Y seguro que lo haré desde el lugar que yo merezco.

Pero quiero creer que tú todo esto ya lo sabes. Te habrás enterado de una forma u otra. Aun así, yo te lo cuento a mi manera. Y te cuento más cosas que también sabes, pero que nunca me cansaré de decirte:

Que nunca he tenido un amigo como tú y doy gracias a la vida por haberme concedido ese privilegio.

Que no olvidaré jamás que el tiempo contigo se medía en cigarros y que pasaba muy deprisa.

Que las palabras no se acababan nunca aunque no fueran necesarias, porque con una mirada nos lo decíamos todo.

Que te echo muchísimo de menos, te pienso y no olvido aquella vez que viniste a verme en sueños. ¿Fue un sueño? Ojalá otro día como ese a cambio de cien años de travesía en el desierto.

Y que deseo que pases un felicísimo cumpleaños, allá tan lejos, en tu isla del cielo, a la que espero llegar al final de mi último viaje para darte un abrazo eterno.

2 comentarios sobre “DÍA 24 – VIAJES

Replica a Marta Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.